Las autoridades de la Organización Mundial de la Salud (OMS), analizaron el jueves con empresas farmacéuticas y especialistas los pasos para comenzar la elaboración de una vacuna contra la gripe porcina.
“Las compañías farmacéuticas están listas para comenzar la elaboración, pero como el virus muta constantemente, surgen interrogantes” señalaron los especialistas.
Una de esas interrogantes la provocó la tesis de un científico australiano que sostiene que el virus pudo haber sido creado en un laboratorio.
Tras varios días de análisis, la OMS descartó la teoría y aseguraron estar muy tranquilos, “porque las pruebas realizadas muestran que el virus se originó en la naturaleza”.
Ante el anuncio de una vacuna contra el virus de la gripe porcina: CUIDADO. No es la primera vez que se inventa una vacuna contra un virus creado en un laboratorio de armas biológicas.
El 5 de enero de 1976, varios centenares de reclutas llegaron a la base militar Fort Dix, Nueva Jersey, para recibir las siete semanas de entrenamiento obligatorio antes de ingresar al ejército. A su llegada, fueron inmunizados contra la gripe común utilizando la cepa de la temporada de 1975.
El 23 de enero, un oficial médico a cargo notificó a las autoridades sanitarias locales y del estado que tenía en aislamiento dos casos de gripe porcina y que sospechaba de un brote.
El 3 de febrero uno de los afectados, el recluta David Lewis, desobedeció las instrucciones y participó en un ejercicio nocturno. Durante el mismo, Lewis sufrió un colapso y murió en la enfermería pocas horas después en la madrugada del 4 de febrero.
A finales del mes de febrero, sumaban 230 los reclutas infectados y las autoridades sanitarias advirtieron que el brote registrado en la base podía ser mortífero si la enfermedad se propagaba a la población en general.
Como resultado del brote de gripe porcina en Fort Dix, el 31 de marzo el presidente Gerald Ford envió un memorándum a todos los jefes de departamentos y agencias de gobierno anunciando el National Influenza Inmunization Program.
“Debido a lo grave de este virus, es mi esperanza que todo hombre, mujer y niño en el país sea vacunado antes que termine el año”, señalaba el Presidente Ford. “Nuestra meta es asegurarnos que la vacuna contra la gripe esté disponible en las facilidades de salud pública, hospitales, escuelas y en las oficinas de médicos a través del país y que la mayoría de los americanos puedan sacar provecho de ella”.
Luego de muchos desaciertos y experimentos clínicos “fast track”, la vacuna estuvo disponible el 1 de octubre de 1976.
Pero el remedio fue peor que la enfermedad.
A las pocas semanas de comenzar el proceso, se le atribuyó a la vacuna haber causado decenas de muertes y más de 500 casos del síndrome Guillain-Barre, una enfermedad que afecta los nervios del cuerpo y que ocasiona debilidad muscular, dolor e incluso parálisis de los músculos faciales, del tórax y de las piernas. Ante esta realidad, el gobierno de los Estados Unidos detuvo el programa el 16 de diciembre de 1976.
Las críticas no se hicieron esperar.
El 21 de diciembre, el New York Times calificaba como, “un fiasco, una debacle, un error espantoso, un Vietnam médico”, el invento de una epidemia de gripe porcina.
Pero el disparate de Fort Dix tuvo su secuela.
Bajo la administración de Jimmy Carter en 1977, el nuevo secretario del Departamento de Salud, Educación y Asistencia Social, Joseph Califano, levantó la moratoria impuesta el 16 de diciembre de 1976 y recomendó reanudar la vacunación, esta vez sólo a grupos de alto riesgo. Entre ellos, a razas y grupos étnicos minoritarios.
Como grupo étnico minoritario de alto riesgo, miles de niños puertorriqueños a principios de 1977 fueron obligados a participar en un proceso de inmunización, a sabiendas de que la vacuna era defectuosa.
En marzo de 1977, con 104 demandas a cuestas por negligencia, para un total de $111 millones, el gobierno de los Estados Unidos canceló la campaña de vacunación contra la gripe porcina.
Por su parte, el Departamento de la Defensa para contrarrestar la indignación, (y las demandas), de las personas afectadas por la vacuna, difundió la versión oficial de que el brote de Fort Dix, “pudo haber sido causado por el ingreso del virus de un animal a una población humana bajo estrés, en contacto cercano con instalaciones militares saturadas de gente y durante el invierno”.
Pero nadie se llame a engaño, los reclutas en Fort Dix no estuvieron en contacto con un cerdito infectado. Tampoco el estrés los hizo vulnerables a las infecciones y mucho menos el invierno tuvo algo que ver.
Para armar el rompecabezas que permite precisar lo que pasó en Fort Dix, es necesario tomar como base el informe, “Research in Chemical, Biological and Radiological Warfare (1960)”, presentado por el Departamento de las Fuerzas Armadas ante el Comité de Ciencias y Astronáutica del Congreso de los Estados Unidos.[1]
En el informe, el Departamento de la Fuerzas Armadas ilustra con ejemplos específicos el papel clave que juega la guerra biológica en el marco de la estrategia nacional.
“La guerra biológica es mejor alternativa que la guerra explosiva que destruye a las personas, pero también arruina sus posesiones materiales como edificios y máquinas. Si es introducida de manera limitada por un saboteador, podría servir como un suplemento a las amenazas naturales a la salud”, estipula el documento oficial. “A gran escala, sin la ayuda de epidemias, la guerra biológica también podría ser utilizada como la forma de afectar a una población grande”, añade.
Según el documento, hasta enfermedades bien conocidas podrían tener efectos poderosos si son usadas contra aquellos que no están acostumbrados a ellas. Para lograr ese efecto “poderoso”, el Departamento de las Fuerzas Armadas recomienda en su informe el método de la diseminación por medio de aerosoles, “de manera que las víctimas deseadas respiren directamente los agentes”.
Respecto a la importancia de la guerra biológica desde el punto de vista de sus posibilidades, el documento afirma que también existe la probabilidad de que algún laboratorio desarrolle una variante por mutación que sea más virulenta que las formas naturales.
“Si todo esto estuviera en manos de una nación atacante, que a la vez contara con los medios de protección inmunizantes para protegerse, el resultado sería aplastante”, concluye el informe.
No puede haber duda de que en su informe ante el congreso en 1960, el Departamento de las Fuerzas Armadas recomienda el uso de los virus como agentes letales. Sin embargo, algunas personas pueden pensar que el tema quedó en papeles.
Eso no es correcto.
En una vista congresional el 28 de septiembre de 1994, el Departamento de la Defensa admitió la existencia de programas de experimentación biológica durante la Guerra Fría.[2]
Según su ponencia, entre 1954 y 1976 el Instituto de Investigación Médica en Enfermedades Infecciosas del Ejército llevó a cabo veintiún proyectos “clasificados” de Guerra Biológica con más de dos mil militares.
El fiasco de 1976 en Fort Dix, pudo haber sido uno de esos proyectos.[3]