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Siempre me ha maravillado la magia de la navidad. En la navidad ocurren cosas inexplicables. Si no, ¿qué otra explicación tendría el hecho de que año tras año, para la misma fecha, nazca un niñito que nunca crece a pesar de tener ya dos mil ocho años?
Preguntas similares me han acosado perpetuamente a través de los años. De pequeña, nunca pude comprender cómo los Tres Reyes Magos con todo y camellos cargados de sacos de regalos podían colarse por las rendijas de las tablas de madera o por la ventanita de la cocina que Mami dejaba abierta con aquellos fines. Me maravillaba que pasaran tanto esfuerzo sólo para dejarnos debajo de la cama, junto a la caja de zapatos con yerba y agua, algunos dulces plagados de hormigas y tres centavitos a cada uno de los seis hermanos. Nunca pude comprender su malaleche. Confrontaban tremenda dificultad para entender las cartas nuestras, donde le pedíamos muñecas con pelo de verdad, patines, bicicletas, carritos de cuerdas, escopetas que disparan perdigones, revólveres con baqueta, flautas y pitos. Y eso, que practicábamos nuestra mejor letra y sin un solo borrón. Sin embargo comprendían al dedillo las de mis primos, los hijos del tío Fello, quien tenía tienda, una hacienda cafetalera y el único auto del barrio. A ellos les traían de la A a la Pe todo lo que le pedían. ¡Que alguien me lo explique!
Por eso, ya entradita en años como estoy, tan pronto llega la época navideña, las mismas preguntas para las cuales aún no tengo respuestas, me siguen acosando con la tenacidad de un San Bernardo. Por ejemplo: acabo de llegar de un viaje de una semana y encuentro al lado de mi computadora cartas a tutiplén, escritas por mis nietos, dirigidas a: Santa Cló y los Reyes Magos, Cielo, Puerto Rico, 00926. Y me pregunto, ¿cómo será de despistado el cartero, que teniendo una dirección tan clara e inconfundible, y hasta código postal como Dios y el Servicio Postal mandan, pudo equivocarse de destinatario? ¡Cosas de la Navidad!
Me cuesta comprender la magia de la navidad. Porque debe ser asunto de magia, a veces hasta de magia negra, creo yo, eso de que para comienzos de diciembre desfilen por nuestra casa la parentela completa. Marmotas depredadoras les llamo. Llegan, toman las habitaciones por asalto y no se van hasta después de las octavitas. En el interim, saquean alacena, nevera y paciencia. Encima esperan encontrar un regalo debajo de la cama el día de Reyes.
Y qué decir de mis amigas, a quienes observo durante el año entero matarse a lechugas y yogurt, pero tan pronto llega diciembre son las primeras en las filas de los bufets en los cachetes navideños. Es como magia. Será que en diciembre, y como un inexplicable acto de esa maravillosa magia de la navidad, se curan del colesterol, la presión arterial, los humores biliosos, el ácido úrico, el reflujo esofagástrico y las libras de más.
De que otra manera, si no, podríamos entonces comprender el hecho de que nos matamos quejándonos de lo difíciles que están los tiempos; de la falta de dinero; de los precios del petróleo; del IVU y otras calamidades, pero el día después de Acción de Gracias, nos lanzamos en desenfrenada carrera a los centros comerciales a comprar, comprar y comprar. “Mi mamá no pudo comprar pavo para la cena del jueves, porque el dinero que había era para comprar el plasma que tiraban el viernes en especial” nos contaba la vecinita.
¿Y qué de los talentos histriónicos y las habilidades musicales que brotan en esta época como de los matojos? Cada quien, maraca en mano, improvisa un espectáculo musical en los lugares menos esperados: trenes, autobuses semáforos, pasillos, aceras. Y en un abrir y cerrar de ojos despluman al más despabilado. Pareciera como si la magia de la navidad dotara de talentos a aquellos que tienen la capacidad para inventárselas en el aire. ¡Cosas de la navidad!
¡Ah, la navidad!, que pone de manifiesto la inocencia de los que no queremos encontrar respuestas. ¡Qué siga naciendo el niñito sin edad! ¡Qué lleguen las marmotas depredadoras y asalten los sagrados recintos! ¡Qué dejemos de lado las lechugas y los yogures, para emprender con saña y alevosía el exterminio total de lechones, pasteles y morcillas! ¡Qué se sigan haciendo los suecos los Reyes Magos, Santa Cló y el cartero! ¡Qué los conciertos de cacharros nos distraigan de los embotellamientos y el aturdimiento! Continuaremos año tras año, como obra y gracia de la bendita magia de la navidad, riendo unos, llorando otros y embrollándonos todos.
Diciembre 2008
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