Todo esto comienza con una llamada que recibo de mi cuñada, temprano en la mañana. La conversación fue, más o menos de esta manera:
--¿Te enteraste, nena? Viene tormenta.
--¿Tormenta? ¿Estás segura?
--¡Claro! Pon el “uedel chanel”, ponlo.
--Pues te dejo, voy a ponerlo.
De ahí en adelante se armó el trabuco. Salgo corriendo a poner el canal del tiempo, y lo primero que veo es una mantarraya amorfa arropando todo el Caribe con un ojo torvo que me mira amenazante con fanfarria de ventoleras, rayos y centellas. “¡Ea, madre, este sí que es grande” pienso, y la cabeza se me llena de cosas.
No pierdo más tiempo, apago el televisor y me lanzo como una fragata para la alacena.
Lo único que ha logrado sobrevivir intacto, a mi lucha existencial por ganarle horas al reloj, días al calendario y espacio al ajetreo diario, es una lata de “carne bif” y un paquete de macarrones agorgojados. ¡Ni una sola lata de salchichas! ¿Cómo pretende un mortal en su sano juicio, afrontar un huracán de tamañas proporciones sin una sola lata de salchichas en la alacena? Dejo a mi esposo, a quien mi nerviosismo ha puesto ya como un puerco espín, desmantelando la terraza al aire libre de muebles y equipo, recolectando las tormenteras y probando la planta eléctrica, y me lanzo a toda pastilla para el supermercado.
Lo que encuentro allí es una guerra civil en pleno desarrollo. Las góndolas están prácticamente vacías. Regados por el piso, logro recoger algunos artículos, pisoteados y amogollados por la batahola humana que acaba de atacar con más poder destructivo y voraz que el que pueda traer el huracán que vi en el “weather channel”. Las colas en las cajas registradoras son monumentales. Invaden los pasillos de las góndolas y llegan hasta los refrigeradores de las carnes, dándoles la vuelta a los puestos de verduras y pasando por el área de los carritos de compra, que dicho sea de paso, el único rengo y desmantelado que quedaba, alcancé a agarrarlo yo.
Desesperada y contagiada automáticamente por aquella febril muchedumbre, logro abrirme paso, renqueando con mi carrito de compras por entre gente. Cuando llego al puesto de las galletas, me encuentro con una lucha cuerpo a cuerpo entre dos señoronas gordas y deslenguadas por la última lata de galletas que quedaba en pie en la góndola saqueada.
--¡Es mía, tócala y te arranco el moño!—escuché que una de ellas gritó.
--¡Jesús!—Se santiguó otra que acertaba a pasar por allí.
Azorada, pegué un frenazo y retrocedí. No fuera a ser que en vez de galletas, encontrara un galletazo.
La meta era llegar hasta la góndola de la leche UHT, la “carne bif” enlatada y, sobre todo, las salchichas. El esfuerzo que tengo que hacer para lograr vencer el hormiguero humano es sobrehumano. Hasta que por fin logro avistar la góndola. El corazón se me pone a saltar cuica dentro de la caja del pecho. ¡No queda una sola lata de salchichas en pie! A excepción de tres latas de alubias, (“¿a qué sabrán y con qué se comerán?”, me pregunto desconsolada mientras la tiro en el carrito), otra aporreada de habichuelas marca diablo y tres de frijoles negros, no queda nada en aquella góndola triste y solitaria como una maleta perdida en un andén.
Pego un reversazo y me dirijo hasta la sección de repostería. Ya no me detengo a examinar nada. Logro echar mano de un paquete de algo, y antes de que alguna mano malhadada me lo arrebate, lo tiro en el carrito y parto corriendo a conseguir la leche. Allí tampoco tengo suerte. Lo único que logro encontrar es una lata de leche en polvo Klim. La zampo en el carrito en contra de mi voluntad y movida por la necesidad. Después de todo, dudo que pueda prepararla ya que ni una batidora tengo. Y es que me trae sentimientos encontrados la leche Klim. Cuando era niña me metía debajo de la cama, donde mi madre la escondía de los seis tragaldabas que tenía por hijos, a comérmela por puñadas. Ahí fue que aprendí, por un puro e inefable golpe de inteligencia prematura, que Klim era Milk alrevés. Me descubrí cuando quise compartir el hallazgo con mi madre y me di de narices con la varilla de guayabo que guardaba en la solera de la cocina para momentos especiales.
--¡Con que eres tú quien se come la leche!—fueron las palabras que como colofón doloroso acompañaron la memorable azotaina. ¡Las recuerdo como ahora! Desde ese día le tomé ojeriza a la leche Klim.
Dejando de lado mis nostálgicas elucubraciones, retomo la desenfrenada búsqueda de cualquier cosa masticable que no necesite refrigeración, que sustituya a las salchichas, que sirva el propósito noble de ayudar a resistir un disturbio atmosférico de grandes proporciones, y sobre todo, que hubiese sobrevivido al otro disturbio emocional que se estaba desarrollando allí, y que dejó las góndolas vacías y al capitalista dueño del supermercado brincando en una sola pata de felicidad.
Para que el cuento no se haga largo, resumo que terminé en las colas para las cajas registradoras, con un paquete de panecillos viejos, un cartucho magullado de paella valenciana, una lata de alubias, una de habichuelas marca diablo y otra de frijoles negros, un paquete de baterías triple AAA para las cuales no tengo en casa ningún equipo que le sirva, y una lata de leche en polvo Klim que aborrezco. ¡Ni una sola lata de salchichas!
Esa tarde, luego del noticiero de las cinco, exhausta, tirada en una estiba de muebles y cajas de cachivaches escucho, por la radio, al Gobernador dar la terrible noticia de que el huracán había girado súbitamente su rumbo y que ya no pasaría por Puerto Rico. En ese mismo momento suena el teléfono. Es mi cuñada.
--¡Que chavienda! Ya no viene el dichoso huracán, y yo que tenía gente invitada para pasarlo en casa. Dominada, chicharrones con ñames, cervecitas frías y todo.
Sobre el mostrador de la cocina, veo que la asquerosa lata de leche en polvo Klim me guiña un ojo.