Elver Dugo Taims
un periodiquito periódico independientemente independiente de sátira política puertorriqueña

Entre la estufa y el ordenador

Por: Tina Casanova

16 de mayo de 2008

Muevo y remuevo la olla donde hierven las habichuelas. Mientras tanto la llegada de Severiano a San Juan me da vueltas en la cabeza. Corro a la computadora y escribo una línea. Sí, debe estar ahí, frente a la bahía, desorientado y nervioso, estrujando el papel escrito con el carbón de las minas de Sotondrio. Pero… ¿Y ahora? Tiene que ser una llegada espectacular, donde la combinación irracional de dos sentimientos radicalmente opuestos choquen en su cerebro produciendo un panorama de fuegos articifiales: su incertidumbre por la situación absurda que atraviesa y el deslumbramiento de haber realizado un sueño añejo que mucho tiempo atrás había sido relegado a las remotas regiones del olvido en su cerebro.

Huelo caldo derramado. Corro a la cocina y bajo el fuego a las habichuelas. Pero es… ¡el arroz! ¡He olvidado bajar el fuego, y ya comienza a oler a ahumado! Si por lo menos pudiera ubicar a Severiano en un plano de realismo mágico que lo transportara a Carolina, así tan simplemente y que encajara en la trama como la pieza perfecta de un rompecabezas.

Revuelvo caldo, pongo la sartén, y ¡oops! el pescado aún no termina de descongelarse. Es ese el pito que no logro ubicar, el del micro anunciando el final de su faena.

¿Cómo llegará a Carolina? Tiene que llegar y caer así, sin más. Y la sorpresa del otro. “¿Mi sobrino?” preguntará asombrado. Y luego la confusión de Severiano y todo el mogollón que se formará tratando de darle veracidad a su truculenta historia.

Suena el teléfono y corro a la sala. Es una estudiante de una escuela en un remoto pueblito de la Isla. Le han dado de tarea, hacer una entrevista a un escritor y me ha escogido a mí. Quiere venir a entrevistarme mañana. Agarro la agenda, mañana no puedo, ni pasado, ni el otro pasado ni….

Regreso a la cocina. Aderezo el pescado lo coloco a vapor y,…es la década de los cuarenta. ¡La dichosa década de los cuarenta! Ya la había manoseado a mi antojo en Como paloma en vuelo y ahora tendría que volver sobre mis pasos y rastrearla con Severiano Cabal sobre mi conciencia. Asturiano, de aquella villa perdida entre las faldas del Sueve que todavía no sé cómo llamarla, apenas un mocoso de dieciséis años, inmigrante huyendo del horror de la guerra civil.

Regreso al ordenador. Garabateo dos o tres líneas, dejo el asunto fijado, el boceto, rescatar la idea antes que vuele y caiga en el vapor que sale de la olla donde se cocinan las habichuelas.

Esto de cocinar me vuelve loca. Pero es como una maldición, siempre caigo en la trampa. Me encanta cocinar, pero me revienta perder el tiempo precioso que le debo a mi conciencia frente al ordenador. Eso de tener las tramas de las novelas bulléndome debajo del moño y tener que estar parada frente a la estufa meneando las habichuelas.

Corro de nuevo a la computadora y escribo dos líneas más. El carro público, no hay otro remedio. El carro público que llevará a mi personaje a enfrentarse con su destino. Ahí va, montado en un carro público rumbo a Carolina en busca de un hombre que jamás ha visto en su vida. Y con la imagen de una niña atrevida en la oscuridad de un hórreo en Gijón atravesada en su cerebro.

Escucho el grito de mi padre procedente del piso de abajo. Tiene noventa y dos años y como si tal cosa. Bajo el fuego a la olla de las habichuelas y corro escaleras abajo a atender la demanda. De nuevo la gotera. Forcejeo con la llave del fregadero y logro atajar la gotera que lo vuelve loco. Se tranquiliza y regresa a su siesta. Y yo corro escaleras arriba, machaco ajos en el pilón antiguo, aún cuando tengo el sofrito que compro en el mercado. Jamón, pimiento y ajíes, ¡ah! los benditos ajíes, herencia de nuestros jíbaros, esos mal llamados indios y peor catalogados taínos por el ignorante invasor. Es ese el secreto de mis habichuelas, pero nadie lo sabe: ajo fresco y ajíes dulces. Es la carta en la manga de mi habilidad culinaria.

El fregadero que pare trastes. ¡Dios! ¿Es que todos los fregaderos del mundo tienen la capacidad de parir trastes? ¿O es solamente el mío? Friego y refriego, y mientras más friego, más trastes aparecen. Vasos, calderos, platos y cubiertos se acomodan con sus caras sucias en fila india y aparecen de nadie sabe donde.

Me seco las manos y regreso al ordenador. No hay forma en que pueda enfrentar a Severiano con su destino en este momento. No se me ocurre otra cosa que dejarlo en el carro público y cerrar el capítulo con la descripción del pueblo de Carolina. No hoy, me digo en voz alta para tranquilizar mis ideas, no hoy.

El olor a pescado me viene a buscar y me devuelve a la cocina. Apago la estufa y retiro las habichuelas del fuego. Le echo el chorrito de aceite de oliva, ese es el otro secreto, y las muevo un instante. Meneo el arroz y pelo los plátanos maduros. El pescado ya está en su punto. Y suena el teléfono de nuevo. Me lo acomodo al cuello, entre el hombro y la oreja y continúo trasteando en la cocina.

Y es ahí, precisamente, en una frase que deja escapar sin saberlo, la persona al otro lado de la línea. Con el teléfono aún acomodado entre la oreja y mi hombro, escuchando sin oír la cháchara al otro lado del hilo, tecleo una línea, una sola línea que salvará el escollo entre Severiano Cabal y mi angustia existencial.
 

Envía tu comentario a tinacasanova@gmail.com

 

 

Patrocina a nuestros auspiciadores.
Ellos hacen posible que recibas el TAIMS gratis.

All articles herein copyright; "Elver Dugo Taims".