Un escritor debe ser auténtico. Aún cuando se burla de un suceso serio debe serlo. En eso radica la tragicomedia. En eso radica la grandiosidad del llanto detrás de la risa. Esto en cuanto a la buena literatura que busca trascender más allá de los niveles superficiales de la parodia o burla de una situación que el medio de la televisión logra con tanto éxito a nivel superficial. En qué radica entonces la diferencia tan sutil entre ambas . Muy sencillo. En la literatura como en toda manifestación artística debe estar presente su finalidad primordial que es crear belleza. Aún al describir las situaciones más horrendas, el arte logra trascender la fealdad e imponer la belleza de lo “terrible” por así decirlo.
Ejemplos claros de esto es el tratamiento literario de temas escatológicos ( nos referimos al término en su acepción más amplia que incluye la eliminación del cuerpo de sustancias elaboradas que buscan la purificación de la sangre). Este tema que roza los límites entre lo grosero y lo atrevido, lo que produce asco y lo atrayente es muy delicado al tratarse específicamente en la literatura por depender este arte de la palabra que muchas veces es muy limitada para incluir las incontables dimensiones a las que queremos llevar al lector. Es por eso que el escritor debe hilar muy fino al emplear estos temas en el marco literario.
Y todo esto depende de la autenticidad con la que se describa una situación. Si de verdad el que escribe SE LA CREE o si por el contrario y muy internamente busca burlarse de algo o de alguien y lo escribe sin verdaderamente creerse ese momento desde el punto de vista de ese personaje que atraviesa por la vivencia que se intenta plasmar con la palabra. El escritor que logra identificarse con el personaje y a la vez se burla de la situación que intenta narrar, es entonces EL PERSONAJE el que se burla y no el personaje del NARRADOR EN TERCERA PERSONA que siempre es como un Dios: OMNISCIENTE. Narrador y personaje logran, entonces, una maravillosa fusión invisible. Cuando se logra esa identificación profunda entre ese narrador y el personaje, entonces la situación que se intenta presentar de forma parodiada o burlona se convierte en un acto de transmutación donde es el personaje quien se burla de sí mismo y a nivel estético se puede logra esa grandeza contenida en la tragicomedia y donde la fealdad o la truculencia podrían llegar a convertirse en un viaje hacia el placer estético.
A ver si damos un ejemplo. En la novela de Mario Vargas Llosa, LOS CUADERNOS DE DON RIGOBERTO se tocan temas escabrosos y vinculados a la escatología en su acepción más amplia como señalamos antes. Están presentes el tema del incesto con los amores entre Fonchito, el hijo de Don Rigoberto y su madrastra Lucrecia. El magistral narrador logra mediante esa autenticidad de la que hablamos explotar al máximo la eroticidad de una relación que para todos resulta un tabú y si no, al menos de una incomodidad apabullante. Pero, la autenticidad con la que el narrador( liberándose de los prejuicios de su inventor) se manifiesta hacen que esa relación sea tan creíble como para que el lector sienta hasta cierta vergüenza de que pueda llegar a sentirse erotizado con lo narrado. El erotismo que siente el lector trasciende lo carnal inmediato y entra en el ámbito de lo estético y ahí se reivindican todos los tabúes y se supera todo tipo de aproximación puritana. Estamos entonces ante un narrador genial.
Cuando todos estos planos de profundidad se limitan a un narrador que describe situaciones de manera burlona, aún cuando tenga el manejo extraordinariamente fluído de la lengua en la que escribe, entonces no habremos trascendido la inmediatez que nos imponen las palabras y sus dimensiones chatas.
Este es el caso de la novela de Kalman Barsy LA VAGINA DE PLATÓN. Barsy se que da en los primeros planos, dimensiones superficiales de lo narrado, no porque carezcan de validez estética sus planteamientos narrativos, sino porque el lector le huele su postura hueca y falsa carente de autenticidad. Es como si al narrador (que no es el escritor,) se le ocurriera narrar una situación sin otra razón detrás que la de la burla. Eso es lo que el lector en primera instancia siente y es por eso que podría sentir cierto rechazo a lo leído sintiéndolo como algo truculento que podría , inclusive, bordear en despertar cierto asco.
La mejor manera de comprobar lo que estoy diciendo es leer los pasajes de LOS CUADERNOS DE DON RIGOBERTO cuando se describe la obsesión erótica de Manuel por escuchar el chorrito del orín de una mujer “caer cual cascada rumorosa” sobre una taza , un acto que para él es tan erótico que podría incluso provocarle sensaciones eróticas desde la más suave ternura hasta la sensualidad de un erotismo cuya gama de posibilidades el escritor deja a discreción de cada lector. Cuando el lector se enfrenta a este momento, es sólo la capacidad del escritor de desdoblarse sin reparos y sin juicios en un personaje-narrador que no tiene límites morales y que describe con AUTENTICIDAD esa concepción erótica de otro personaje. Y cuando terminamos el pasaje podemos incluso palpar la posibilidad de que el acto de orinar de un ser deseado y amado pueda erotizarnos. Es ahí donde estética y vida se unen y es ahí donde radica la genialidad de un artista.
Vayamos a la escena de la bañera de Sonia, personaje de la novela de Barsy, lugar donde acontecen un deseo y preparación de suicidio conjuntamente con pensamientos eróticos sobre sus amantes que llevan, finalmente a esta mujer a masturbarse y a no suicidarse. Estupenda situación para crear una de las mejores escenas eróticas de la literatura. Barsy, a mi entender, se queda en la burla y la deja “soltando pedos en el agua”, desperdiciando, no hay otra manera de decirlo, la grandeza de ese trágico momento.
En su novela “fallida que no arranca”- como señala la reseña de Carmen Dolores Trelles en su reseña en El Nuevo Día del domingo 10 de febrero de 2008 - entiendo que no existe ni tan siquiera la sátira. En ésta, a través del humor, se censura y se critica un aspecto serio de la realidad que nos hace pensar profundamente sobre la seriedad de lo burlado. Barsy no logra esto en el tratamiento de la burla que hace de todos los conceptos de la llamada “New Age”, del mundo tan profundamente complejo de las infidelidades tanto de parte del hombre como de la mujer ni del hombre vividor ni de los militantes de izquierda que se dedicaron a la ardua tarea de las labores diplomáticas de los años 70. Su burla es hueca, chata y de poca profundidad lo que la convierte en una superficial parodia de grandes verdades. Es en este sentido, aparte de cualquier fallo estructural, que la novela se queda en un conato de múltiples posibilidades. Sonia, Cuqui, Luismi, Marcelo, Jay son todos embriones de personajes tragicómicos que se quedaron en lo acartonado, superfluo, convirtiéndose realmente en estereotipos sin profundidad cuyo único objetivo fue el servirle al autor para disfrazar mediante la ficción las posturas verdaderamente machistas y de un misoginismo oculto que no nos dice otra cosa del escritor que no sea especular sobre la posible envidia que siente de la autenticidad con la que la mujer encara sus vivencias en un mundo dominado por los juicios asesinos de los hombres.
Invitamos a Barsy a que abrace esa autenticidad femenina –si es que le interesa el tratamiento de lo sexual y lo erótico- autenticidad que emana por galones narradoras de la categoría de Gioconda Belli y Mayra Montero y narradores de la categoría de un Mario Vargas Llosa, quien se atrevió, con éxito, a presentar ese lado femenino de la mujer que en su categoría de diosa del amor y provocadora de las pasiones eróticas más complejas desarma a los hombres con su desnudez.
Y ahora a leer para que sea usted quien opine.