El tema que nos provoca esta noche está basado en una pregunta que no está completa. Los medios: ¿espacios para convivir o espacios para agredir? Debo añadirle: ¿Lo son? ¿Lo deben ser? Si son afirmativas las respuestas, entonces, ¿por qué? Me propongo responder a estas preguntas desde mi perspectiva personal, no sin antes definir el significado que utilizaré para las palabras medios, convivir y agredir.
Convivir supone una interacción social de interdependencia en un escenario compartido. Hoy la tecnología nos permite derribar fronteras geográficas al delimitar ese escenario de convivencia. Más son los propios participantes, los que física o virtualmente definen los márgenes de esa interacción.
Agredir implica un estado mental que lleva a una conducta que puede provocar daño. El resultado de dicho comportamiento puede ser con intención o por omisión. La acción de agredir es una manifestación de comunicación, que puede incluir elementos verbales y no verbales. Por lo tanto, en la agresión podemos encontrar los elementos básicos de la comunicación humana: emisor, receptor, mensaje, canal, ruido, contexto y la a-veces-olvidada retroalimentación o feedback.
Medios es tal vez la palabra que nos convoca. Hablar de los medios como un todo, uniforme y homogéneo, sería tan incorrecto como hablar del público en términos de “masas”. Prefiero opinar en esta ocasión particularmente sobre los medios masivos electrónicos que transmiten en Puerto Rico. Pero aún así sería injusto referirme de manera uniforme, por ejemplo a “la radio” en un país donde hay licenciadas sobre 120 frecuencias de transmisión, con extensa variedad de estilos de programación. Así que trataré de responder las preguntas sobre la convivencia y la agresión enfocándome en las emisoras de radio de mayor audiencia y en algunas transmisiones de televisión, igualmente preferidas por la audiencia según los instrumentos de medición usados en la Isla.
También debo diferenciar entre medios y prensa, entre dueños, productores, programadores y periodistas. Estas palabras a veces se intercambian en el furor del debate público produciendo igualmente afirmaciones injustas. Los medios en Puerto Rico, son empresas, mayormente comerciales. Negocios que al igual que otros en un sistema capitalista, tienen como objetivo ganar beneficios para sus dueños. Esta meta les es tan importante como las otras reconocidas funciones sociales deinformar, educar y entretener. Para lograr estas tres últimas, tienen que operar, y ellos añadirían, que de forma lucrativa.
El producto de esta empresa no es necesariamente su contenido, sino la audiencia que ese contenido atrae. Es ese público cautivado el que será “vendido” al publicista, principal fuente de ingresos, a veces, sin importarle al anunciante el contenido de lo que esa audiencia ve o escucha. Por lo tanto, en un país con tanta competencia por la atención de la gente, los medios buscan ser atractivos y pertinentes para la mayor cantidad de personas dentro de un perfil socioeconómico que les permita alcanzar sus objetivos fiscales.
El medio, como empresa, o sea, sus ejecutivos, determinan el tipo de contenido y estilo, cual anzuelo para pescar audiencia. Pero no a cualquiera, sino aquella audiencia que estratégicamente han definido como la que mejor se puede vender. Son estos los que definen, en última instancia, la línea editorial, el personal de noticias, los talentos, los temas, en fin, la agenda de su empresa. Pocas veces estos ejecutivos salen a la luz pública. Los que vemos y escuchamos son los que ellos han escogido para ponerle cara a su medio. Y con más o menos autonomía según el medio, vemos como los protagonistas de nuestra realidad mediática son los locutores, los reporteros, los analistas, las celebridades, los chismosos y desde hace algunas décadas, el público que llama para opinar.
Las emisoras de radio en Puerto Rico que mayor audiencia pescan se pueden dividir en dos grupos principales, según su estilo de programación. De una parte están las FM’s caracterizadas por programación de entretenimiento musical salpicada por comentarios y entrevistas de corte farandulero más o menos vulgar, a cargo de celebridades o pícaros locutores. Cumplen con informar de manera superficial, vana, tonta, pero evidentemente entretenida para un importante segmento de nuestra población, mayormente joven.
De otra parte tenemos las AM’s, “lidereadas” por las cadenas llamadas noticiosas, repletas de analistas, comentaristas de noticias, locutores de titulares, reporteros de calle y periodistas de cabina. La audiencia de este grupo es mayor en edad. En ambos grupos se insertan llamadas o correos electrónicos con la opinión de un minúsculo sector de su audiencia. En ambos casos se puede acceder a la programación también a través del Internet.
Este es el escenario de convivencia que provee la industria radial en la Isla a la mayoría de su audiencia. Sin ánimo de simplificar la ecuación, debo suponer que si la mayoría escucha estos estilos y contenido, es porque llena sus intereses, necesidades y expectativas. A menos que usted sea investigador de los medios o masoquista, no puedo explicar el por qué se sometería como audiencia a un medio que no le gusta, habiendo tantas otras alternativas.
Por su parte la televisión, no tiene menos competencia, ante la variedad que ofrecen los sistemas de cable y satélite. Pero el panorama es más complicado en el aspecto gerencial. Las principales emisoras responden a corporaciones extranjeras donde las preferencias del mercado boricua no siempre coinciden con las estrategias de programación para abaratar costos, distribuyendo contenido por todo el conglomerado de afiliadas en los Estados Unidos. Es muy costoso responder a los intereses particulares de la audiencia local, por lo que se programa con elementos homogéneos para públicos de habla hispana mucho más amplios. Aquí los estudios de medición de audiencia demuestran que a la mayoría de nosotros, eso nos gusta.
Los espacios locales de convivencia que estas cadenas proveen se limitan a los noticiarios, algunos programas de entrevistas y comentarios, concursos y transmisiones especiales. Aún la llamada emisora del pueblo, TuTV, alimenta sus ondas con programación enlatada, por razones evidentemente económicas.
El “David” de este escenario es TeleOro, el cual no puedo dejar de mencionar. Siendo una emisora proselitista a favor de la fe católica, manejada por sacerdotes, con pasillos llenos de figuras que nos recuerdan los conventos y parroquias, y un presupuesto ridículamente pobre, se ha aventurado a proponer programación de convivencia, que sin estar ajena a elementos sutilmente agresivos, busca representar, hasta cierto límite ideológico, la diversidad de nuestra cultura.
¿Proveen estos medios un espacio de convivencia? Sí. ¿Es ese espacio apropiado para que el puertorriqueño vea reflejada su idiosincrasia, donde pueda manifestar sus preocupaciones, donde pueda obtener información útil para tomar libremente sus decisiones personales y colectivas como pueblo?
No es fácil responder pues tendríamos que definir esa construcción que llamamos “interés público”. Ni el mismo ex jefe de la agencia federal que controla estos medios electrónicos en la Isla, y que obliga a trasmitir en el interés público, lo pudo definir. Los medios mayormente se enfocan en el gusto del mercado, no en el interés del público. O sea, en lo que la audiencia que ellos buscan quiere y no lo que el ciudadano debe conocer o disfrutar para su bienestar. Pero incluso, el tratar de definir en un pueblo lo que le conviene, es materia de debate. ¿Quién decide lo que es bueno para mí o para mi comunidad?
Hagamos un corto ejercicio de introspección. ¿Cuáles son sus espacios favoritos en la radio y televisión boricua? ¿Por qué? ¿Qué le dan? ¿Cómo influyen en sus opiniones y comportamiento? Consistentemente las encuestas, (y que quede claro que tengo reservas sobre este método de evaluación), identifican a los preferidos dentro de un mismo patrón de programas.
Gran parte de la información que incorporamos en el desarrollo de nuestros conocimientos y pensamientos la obtenemos de algún tipo de medio masivo. Sabemos que éstos tienen una importante influencia en nuestro convivir como pueblo. Pero, ¿acaso son omnipotentes, dejándonos a la merced de los gatekeepers que deciden estratégicamente sobre lo que debemos ver y oír? Yo creo que no.
Los medios producen un contenido que creen que nos atrae, por que así hacen dinero. Muchos programas educativos y edificantes sucumbieron por los ratings, ante nuestras decisiones como audiencia de verlos o no. Por lo tanto, si son un espacio de convivencia, un escenario de intercambio social, no podemos verlos como meros dictadores del mensaje. Aunque el medio es parte del mensaje, como decía McLuhan, no podemos como audiencia relegar nuestra responsabilidad y poder para provocar acciones que mejoren el contenido conforme a nuestras expectativas.
Los medios son una cancha privada, en la cual, nosotros la sociedad, para jugar, tenemos que llevar la bola y la raqueta o el bate. En un lado de la cancha el liderato de la opinión pública, gobierno, instituciones, comercio, en el otro la audiencia. Pero como en cualquier buen partido, cruzamos la cancha, cambiamos de lugar, según el rol social que juguemos. Los líderes también son audiencia y nosotros, el pueblo, podemos asumir liderato en una democracia y reclamar espacio en los medios.
Los medios ganan si nosotros ganamos. Ellos proveen el espacio, y nosotros definimos cómo queremos usarlo para nuestra convivencia. Si no los usamos, no tienen razón de ser. Son el canal del mensaje, un mensaje que definimos nosotros como sociedad, que varía de lugar en lugar, de contexto en contexto; que definimos por consenso no por imposición. Pero si no expresamos nuestra opinión y ejecutamos la acción, entonces estamos cediendo nuestro derecho de participación.
Si partimos de que los medios son y deben seguir siendo un espacio para el intercambio social de nuestras ideas y acciones, entonces la próxima pregunta sería si nuestra convivencia es agresiva. ¿Reflejan los medios lo que es nuestra realidad o la dirigen?
Si estamos aquí, discutiendo si los medios son espacios para agredir, es porque en alguna medida tenemos esa impresión. Algo en los medios nos sugiere que se está haciendo daño. No voy a hablar de la programación de entretenimiento con elementos violentos que tanto se ha discutido e investigado. Tampoco voy a entrar a discutir si la percepción del nivel de violencia en la sociedad está reflejada de forma correcta en los medios. Ambos temas son muy importantes, pero no me compete en esta ocasión abordarlos.
Voy a comentar sobre lo que podemos identificar como agresividad en el contenido de los medios que he seleccionado. Si partimos de que la agresividad es el estado mental que nos impulsa a hacer daño y que es una expresión genuina y, para algunos teóricos, natural del ser humano, debemos preguntar, ¿quienes son los emisores del mensaje agresivo en nuestros medios? ¿Quiénes son sus víctimas?
Para complicar un poco más el asunto, debemos preguntar si es el mensaje agresivo, como expresión, uno que merece protección como derecho constitucional. ¿Es justificable o necesaria la expresión agresiva de una sociedad en un contexto particular? ¿Da la expresión agresiva el tono contundente para reclamar justicia?
Si buscamos los detonantes sociales del comportamiento agresivo, vemos que se destaca la desigualdad, la injusticia, la frustración, la percepción de estar en riesgo o amenazado, el deseo de prevalecer sobre otros y la competencia. Si vemos el estilo de convivencia que se refleja en los medios que hemos mencionado, diríamos que los puertorriqueños tenemos suficientes agravantes para explicar nuestras expresiones de agresividad.
¿Alguno de ustedes siente frustración por la situación política y económica del país? ¿Ha sido o cree que puede ser víctima del crimen? ¿Ha sufrido discrimen? ¿Cree que los que piensan distinto a usted sobre política o religión están mal? ¿Es apasionado en la competencia deportiva o política? ¿Quiere ser rico, famoso y poderoso? Si respondo a base de lo que escucho y veo en medios locales, diría que la respuesta es “Sí” en todos los casos. Si añado la falta de conocimiento y destrezas para manejar conflicto, la respuesta es la agresividad.
Muchos de los programas de las emisoras que mencioné tienen un contenido agresivo en su mensaje, tanto verbal como no verbal. El marcaje en el lenguaje, el tono y volumen, la forma de designar a las personas, incluyendo los estereotipos, pueden ser expresiones agresivas. Los escuchamos en la radio de voz del locutor de un vacilón mañanero que se burla del hombre cuya mujer le es infiel, del locutor de titulares que llama padrote a quien por convicción tiene un estilo de vida no tradicional, del periodista que acosa cual presa al político de turno, del comentarista deportivo que arremete contra el equipo perdedor que frustró sus expectativas, del analista que dogmáticamente acusa, del oyente que llama para insultar al otro, del predicador que nos amenaza tenazmente con que nos quemaremos todos en el infierno si se casan los gays. Y los escuchamos… y nos divertimos!
Muchas de las voces de la radio y programas similares en la televisión, nos sirven de catarsis para nuestras frustraciones. Si Rubén Sánchez maltrata al político, ¡qué bueno!, se lo merece y como yo no le puedo caer encima, pues que se sufra la entrevista. Me gozo la humillación, el desquite, lo que yo quisiera hacerle y no puedo. Si La Comay lo cogió fuera de base, ¡pues que se fastidié!, para qué no se cuidó e hizo las cosas bien.
Es irónico, pero en esa expresión agresiva hay cierto valor ético de que paguen con humillación los que hacen las cosas mal. Son la hoguera o cadalso virtual de nuestro tiempo. Son castigos sociales adaptados a la tecnología mediática.
Y entonces, ¿quien es el que está mal? ¿El mensaje o el mensajero? ¿El medio o el emisor? O a caso todos los receptores que disfrutamos de esa catarsis. O nadie está mal y es solo nuestra naturaleza humana reaccionar agresivamente cuando nos vemos amenazados… y vivimos en amenaza constante.
“Un cocotazo a tiempo lo endereza”, decían nuestros viejos. La agresividad es socialmente aceptable en algunos contextos. No es acaso ese mismo método el que aplicamos a diario para enderezar al político o al adversario. Ser agresivo contra el tirano, contra el infiel, contra el opresor, contra el invasor… ¿es justificable? ¿Quiénes son los buenos y quienes los malos? ¿Quiénes merecen el castigo? ¿Son los medios los que le identifican o solo son vehículo para informarlo? Preferimos al político agresivo al que denominamos como “mongo”. Convertimos la agresividad en un valor social positivo.
A veces el objeto contra el que proyectamos nuestra agresividad es simbólico. La caseta de guardia en Vieques, destruida la noche del retiro de la Marina, los reclamos de que destruyan Paseo Caribe, el derrumbe de la estatua de un dictador, el vandalismo en un salón de clases, la eliminación del mural de Coquito o el de Mayagüez contra el abuso policiaco, o el ataque a las Torres Gemelas. Todas son imágenes que hemos visto en los noticiarios. Agresión contra lo que está mal, según el punto de referencia, del cristal con que se mire. Terrorismo, vandalismo, liberación, castigo, libre expresión. ¿Es justo? Depende de las consecuencias. ¿Para quién? Construimos y repetimos eufemismos para justificar la agresión.
Este discurso agresivo no se limita al componente informativo ni al de entretenimiento de los medios. El discurso comercial con el que nos bombardea la publicidad también refleja la agresividad en nuestro estilo de vida. Los anuncios donde se resuelve la competencia aniquilando al otro o donde se diluye el mensaje sobre las cualidades del producto estimulando un consumismo apasionado, lejos del pensamiento crítico, son los más efectivos. La industria publicitaria, esa misma que sostiene a los medios gracias al patrocinio a sus productos, es una de las que más invierte en investigación sobre el comportamiento del consumidor. O sea, esos anuncios funcionan porque han probado que nosotros respondemos a ellos. ¡Y ni hablar de la agresividad que constituye nuestro comportamiento consumista como depredador de los recursos del planeta! Me resisto a pensar que la publicidad en medios es la única responsable de esto. La compra la hace usted y la Teoría de la Aguja Hipodérmica, de que los medios influían sin nosotros darnos cuenta ya hace rato se derrotó.
No somos una cultura de paz. No somos siquiera una cultura que respeta la justicia. Una cosa es lo que somos y otra lo que imaginamos ser. Para llegar a eso, hay que actuar. Como pueblo, tenemos que buscar un consenso donde el beneficio de uno no implique perjudicar a otro. Estamos lejos de tener mecanismos eficientes y efectivos para dirimir nuestros conflictos, personales y colectivos.
Los medios reflejan eso. Pero también tienen la opción de reflejar soluciones. Algunos lo hacen. ¿Son esos medios los que patrocinamos y convertimos en nuestra fuente primaria de información? O, ¿preferimos la catarsis sin acción social? ¿Preferimos que el analista impetuoso, agresivo y altisonante nos grite que somos unos eñangotaos y nos diga cómo debemos opinar?
Preferimos el melodrama que nos enseña el manejo de conflicto trillado y agresivo, ya sea en la telenovela o en el reality show. Aprendemos desde muy chicos a imitar comportamientos agresivos en la televisión y el cine, donde siempre gana el que más da, porque los padres así lo permitieron. Nos divertimos de jóvenes con las sandeces de los locutores de radio y sus bromas sexistas. Glorificamos la figura del malo en géneros musicales, del más que manda, del que tiene más mujeres, y lo convertimos en el modelo de la publicidad.
El nuevo reportero de medio electrónico tiene poco tiempo para expresar su historia y poco trasfondo para contextualizar. El elemento de conflicto prevalece sobre el del interés público o trascendencia. “Si no entiendo lo que me dices, te pregunto de lo que dice el contrario y los pongo a pelear”, parece ser el método más eficaz para lograr titulares. La imagen agresiva prevalece sobre el contenido profundo y trascendente, porque así nos gusta.
Nuestra convivencia es agresiva y los medios lo reflejan, no lo imponen. Se lo permitimos con nuestro patrocinio. Los usamos como símbolo del comportamiento que socialmente es punitivo y que no nos atrevemos a ejecutar. Dejamos al medio que le dé por nosotros a quienes queremos dañar, sea al político, al infiel, al homosexual, al extranjero, al diferente… Es parte del estilo de convivencia social que hemos escogido como pueblo. ¡Y estos medios no son, o no deben ser nuestra única fuente de formación social!
Si queremos unos medios diferentes, tenemos que ser una sociedad diferente. En los años 70’s se popularizó una frase que decía, “… y si dan una guerra y nadie viene?” Enfatizaba de forma sencilla el que cada cual tiene opción, responsabilidad sobre lo que hace.
Los medios, como empresa y como institución social, tienen una responsabilidad, no solo con ellos mismos, sino con el entrono en el que hacen negocios. En una época donde esos mismos medios han puesto de moda la Responsabilidad Social Empresarial, sería bueno que sus dueños comenzaran a definir una política administrativa socialmente responsable. Donde el contenido no solo sea un azuelo para atraer audiencia, sino que sea un recurso para establecer reputación y prestigio. Que no se conformen con ser los primeros. Que se atrevan a ser los mejores.
Pero los medios no pueden hacer esto solos. No son nada sin la audiencia. Así que la responsabilidad tiene que ser compartida. Ellos ponen la mesa y nosotros el banquete. Ellos el espacio y nosotros el contenido. Ellos el canal y nosotros el mensaje. Los medios no son el villano de esta historia. El villano es la dejadez y la irresponsabilidad de cada uno de los que componemos esta sociedad.