|
Elver Dugo Taims |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
ESTILETE |
|
Columnas por Ramón Edwin Colón Pratts Envía tu comentario a colonrodriguez@prtc.net |
|
|
|
|
|
|
Desfachatez |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
26 de mayo de 2008 |
|
|
Siempre le he dicho a mis hijos, que existen muchos motivos para no dar.
Desde los más racionales hasta los más fantasiosos. Algunas, los más a la moda, las comunes son: pide para comprar drogas, no tiene necesidad, que se vaya a trabajar, buscón, para qué pare tanto, no es cierto que tenga SIDA, no es cierto que esté cojo, virado o retorcid De todos modos, dar o no dar, resulta doloroso ver a tanta gente pidiendo, casi siempre para su sustento, el que sea. Su vestimenta, gesto de necesitado y apariencia general es particular, por lo que, sin mucho esfuerzo, podemos saber quién es pordiosero genuino y quién es un farsante. El que pide, casi siempre con súplica, que es el grado más elevado de la solicitud, merece la conmiseración del que recibe el requerimiento de la dádiva. Como en todo, hay reglas básicas en la dialéctica del pedir y dar. No se puede pedir con arrogancia, ni luciendo holgado, ni imprudentemente. Tampoco se da con coraje, sin respeto, con desprecio o indiferente. Pero la regla de oro es: el que pide no tiene y el que tiene, no pide. Sencillo.
Pues, como en este país todo se desvirtúa y cuando de apropiarse de la iniciativa de otros, no hay trabas de clase alguna, ahora resulta que en cuanto semáforo existe, tenemos a la ventanilla del auto y tocando de puerta en puerta a un nuevo indigente mendicante, pordiosero simulado y falso, que en lo desvergonzado y atrevido de su pedimento pretende desplazar a nuestros auténticos mendigos. Se trata de esa clase adinerada, escogida, selecta y ladrona de la vida, que se conglomeran como los miembros de la Asociación de Bancos de Puerto Rico, la Asociación de Banca Hipotecaria y otros antojitos criollos del mismo talante.
La verdad es que hay que tener una buena pareja. Estos ladrones por definición (hasta hace poco era pecado vivir del dinero, esto es, de los intereses ya que por ética básica se vivía del trabajo propio) que esquilman al pueblo día a día, que le quitan sus pertenencias, autos, casas, enseres y su vida por puras razones de lucro, ahora se han convertido en los grandes defensores de los consumidores. En caras páginas enteras de los periódicos nacionales, suplican en un llantén acéfalo que se derogue una ley que los perjudica a ellos, y para no lucir muy bajunos y desfachatados, alegan que también afecta a sus clientes.
Según la lógica simplona, mediocre, vil y baja de los banqueros, ladrones con licencia licenciosa, la ley que aumenta los honorarios a los notarios, los va a llevar a la quiebra y por carambola, va a perjudicar tanto al pueblo consumidor, que no podrán volver a financiar nada trayendo consigo consecuencia apocalípticas, evidentemente, que para el bolsillo de los banqueros.
La nueva ley no ha cambiando nada, excepto un aumento de $50.00 en otorgamientos de instrumentos sin cuantía. Lo otro que cambió fue que, en adelante, se le prohíbe a los bancos robarle al público y a los notarios, los aranceles que ellos cobraban y se embolsicaban para su beneficio. A los pobrecitos se le acabó este robo desfachatado (le dejaron los otros) que inflaba desmesuradamente sus carteras. En adelante no serán ellos los que cobre los honorarios ajenos: los recibirán los que los trabajan.
¿Por qué si la economía está tan mal, cosa que no dudo, los indigentes banqueros no dejan de cobrar las comisiones de un dos por ciento que reciben por algo que nadie acaba de entender y que es otro afrentoso robo al bolsillo del consumidor? ¿Cómo es posible que un banco cobre una comisión de un dos por ciento por tramitar su préstamo? ¿No es suficiente con los intereses interesados que cobran además de los otros accesorios que le incluyen a la clientela en el tumbe del trámite bancario?
A la propuesta de eliminar la nueva ley que no les permite robar, propongo que se elimine el cargo de las comisiones que ellos cobran porque sí y que su cobro se convierta en delito grave. Además, ya que según ellos este país está en bancarrota, les sugiero, y eso pido que lo hagan voluntariamente, que bajen un medio por ciento a todos sus préstamos y concedan una pequeña moratoria de seis (tan solo seis) meses para pagar sus préstamos usureros.
Por último, dejen ese lloriqueo que no les luce y recuerden que ustedes no cualifican con uno de los requisitos del pordiosero: ustedes tienen, no sean desvergonzados.
Y por poco se me olvida: Fortuno, que creo que tiene su origen en fortuna, no se le ocurra cambiar la ley por el mero hecho de que su esposa y usted, viven de los banqueros. | | | |
|
|
|
|
|
|
|
Hilaridades |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
7 de mayo de 2008 |
|
|
Hay asuntos en los que no tercio. La política estadounidense, es uno de ellos. A riesgo de que los cultos me desculturen, no lo hago porque no sé ni pío del tema, y aunque dicen que debe importarme, no me importa. Pero como no me mando, los que verdaderamente mandan me espetan a diario una sarta de cosas de las que no quiero cuenta, y me abacoran. Eso está pasando con la Hillary y el Obama. No quiero saber nada de ninguno de los dos, pero hasta cuando me le escapo a los pacientes para buscar la fiambrera en el timbiriche de la esquina (todavía a cuatro maracas con refresco incluido), me tropiezo con algún paisano bembeteando de asunto tan descolorido,insípido, remoto y desconocido.
Aunque no lo quiera, me obligan a descuidar el pensamiento y a refunfuñar entre dientes, casi hablando, amargándome la media hora de fila y comida. Ahí comienzo a opinar con el gesto, sin quererlo, y me sonrío de lado, de cara entera, pero sin asomar los dientes, y me volteo poco a poco, sigilosamente, tratando de que no me conviertan en cómplice de una expresión, coautor de una frase, ayudante del tema, alicate del dislate ajeno, carga bate del desentendido. Pasa con todos, y como irremediablemente estoy entre ellos, en el emburujo casi hablo sin decir nada, afirmo sin pestañear y asiento disintiendo.
Siento que me tiran al charco. Pues para que nadie hable por mí, por culpa de mi cadavérico silencio, asunto que en esta nadería contagiosa me preocupa tanto como la candidatura yanqui, aquí va esta, a ver si, en adelante, hago la fila en paz. Algunos puertorriqueños algunas veces no debemos hablar de algunas cosas. Los que siempre hemos creído en la soberanía, palabra que hay que rescatar antes de que Aníbal la acabe de desgraciar privándola de su castidad desde un escabel de cantante, no deberíamos estar metiendo la cuchara en cuanto plato nos pasa por el lado. Quique Ayoroa me decía que un amigo de él le decía, que es como más humildemente se dicen las cosas que uno quiere decir, que mientras más malas se pongan las cosas allá, mejor para acá.
Pues para que no quepa la menor duda, si fuera a estar, pero que no estoy ni insinúo que nadie lo esté, estaría con la Hillary. Esa es una señorona guapota, con todo y patas de gallina y sonrisa de Sila, con una historia de verdad, no por la edad, sino por sus andanzas. De ella se dice un paquetón de cosas, asunto que habla muy bien de la experiencia de la candidata para candidatear. Hasta ahora, ha demostrado ser una fiel devota de lo que debe ser devoto un candidato allá. Siempre ha sido leal al que ahora es su paje, aunque dicen algunos deslenguados que en su vida hubo peligrosos momentos neutros que no deben importar ante un cigarro público en genuflexión, algunas bocanadas y amenazas de ADN y otros asuntillos bomberiles para despistar. Esa señora es la que debería ser. Sí, debería ser porque lleva un paquetón de años en ese empeño y ha tenido que aguantar públicamente y en privado lo que nadie aguantaría por estar donde quiere estar y ese esfuerzo heroico hay que reconocerlo, admirarlo y hasta respetarlo. ¡Albricias!
Pero ahora resulta que no, que llega de no sé dónde un hombre con menos biografía que José Alfredo, que ni parece gringo ni evoca películas de vaqueros y quiere iniciar el juego desde la tercera base sin nunca haber agarrado el bate ni el cigarro, ni la exposición, ni nada, esperando a que los cuadranguleros lo empujen. Los que desde la izquierda coquetean con el poder colonial y le hacen el juego a cualquier enredador de conceptos, trabalengüeros de la razón, los que se encandilan con discurseos mongos y cancioncillas de avivamiento, deben repudiar al que, como un Pedro estadounidense cualquiera, alejó y negó tres veces al ministro Jeremíah, su compadre. Todo porque dijo públicamente lo que entre ellos íntimamente hablaban y soñaban como discurso del futuro y proyecto de vida. Deben execrar al que impávidamente, después de que pasó por la Isla y se llevó un billetaje, dio la espalda a los periodistas, como un Frank Sinatra en épocas de gloria, y cuando le inquirieron por el asuntito del patriota Aníbal, le ordenó a un soplapote que preguntara, ¿qué Aníbal? ¡Demonios, ese es el que se zumbó a la calle por ti antes de que lo negaras! Y para mí, que soy un desentendido de tantos profundos entendimientos, los parloteadores de altos vuelos y exhibición de fina sensibilidad de tela de cebolla, no deben dudar en distanciarse de ese artefacto. Basta saber que cuando le preguntaron por la cuestión colonial dijo que respetaría la determinación de los colonizados, como si hubiera dicho que en asuntos de liberación no se metía
Recordé sus panas esclavos y se me pegó el vellón. Maldito embaucador de disimulado gesto lateral como sacándole el cuerpo a todo. ¡Malditos tus discursos y los que te aplauden! ¿Es que no ven que Pierluisi lo aclama?
¡Obama, eres más Hillary que Obama! Y por esa falta de pantalones en la búsqueda del embriagante poder, en mi despreferencia prefiero a la que siempre ha sido ella, aunque que me importe un pito. | | | |
|
|
|
|
|
|
|
¿Por qué no te callas? |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
13 de noviembre de 2007 |
|
|
Para mí, y debería ser para todo el mundo, el rey de España no es otra cosa que un común mortal con iguales apetencias y necesidades naturales a las de cualquiera otro. Es un poco más alto que el promedio, como el bobo de Lola, por lo que debe comer y digerir más. Se caracteriza por lo lento, ladrón (no hay obra pública o privada donde no guise, por aquello de la reverencia y el servilismo voluntario de sus vasallos) y por una falta escandalosa de capacidad para todo, excepto para atragantarse de vino caro y empacharse de manjares exóticos. Más en serio que en broma, sus súbditos afirman que aprendió a gatear y a hablar ya casi en la preadolescencia y que los hoyos de la cara se los hizo aprendiendo a comer con tenedor. Dice la voz popular de sus siervos, que a sus sacrificados viejos se les hizo difícil enseñarle los modales básicos de la corte, por lo que el mapo siempre lo seguía. Su escaso pelo enrizado le resta un poco a su pureza lacia por lo que se puede pensar en un negro resbalón del pasado no muy remoto
Como hombre, es una vergüenza pública para los que nos hemos fajado honradamente con la vida en búsqueda del sustento, en la actuación decorosa y en la aportación comprometida con la consecución de una vida mejor para nuestra descendencia. El tipo nunca ha dado un tajo, vive de los demás, y por una aberrante tradición piramidal que ellos alegan que apunta al cielo, es adulado y ensalzado. Algunos ibéricos, pocos, con acentuado déficit neurológico, se babean por él y se extasían con su presencia. El monarca pertenece a esa raza de vividores en vía de extinción, que por su comodidad, vagancia y falta de vergüenza, por muchos siglos han proclamado estar ungidos por la gracia divina para perpetuarse en el poder consumiendo lo que los demás producen sin dar nada a cambio. Es un bochorno, o lo que es peor, un parásito social que aún subsiste por imperdonables olvidos guillotinares.
Pues como Dios los cría y ellos se juntan, el presidente Rodríguez Zapatero, que por lo que va demostrando en el ejercicio de su oficio, heredó más de su madre, lo trajo a exhibirlo vulgarmente borracho a la Cumbre Iberoamericana. Acá, en Latinoamérica, tajada del mundo que fue ultrajada, vejada y destruida vilmente casi hasta las cenizas, por los que empuñaban un mosquete con una pequeña cruz en la mira para coger puntería, hay que tener cuidado cuando sus visitantes representan tantas cosas macabras. Un escritor nuestro, por aquello de salvar un poco la historia y expresar algo amoroso y bueno, decía que los muy malditos se lo llevaron todo y nos dejaron el idioma. Pero se llevaron el nuestro, que no éramos mudos, acompañado de todo lo demás y allá quedó parte de nuestras riquezas para satisfacer a los aberrantes embelecos majestuosos. Se acostumbraron tanto a matar, que cuando acabaron con los nuestros y salieron corriendo como gallinas asustadas, terminaron matándose entre sí para continuar su práctica sanguinaria hasta el Valle de Los Caídos. ¡Que viva la civilización, Mussolini, Hitler y Franco!
Pasó lo que a estas alturas de la historia pasa porque el tiempo pasa y no hay rey que lo aguante: Chávez, un presidente de esos que casi silvestremente, la naturaleza, la conciencia y el dolor van pariendo en nuestra América, le hizo un pequeño comentario a Zapatero. Tan sólo mencionó, que el anterior presidente español, aquél al que le decían Aznar, no por relacionarlo con asnos sino porque así se llamaba, para posicionarse y coger pon con el poder, hizo corillo y colaboró y apoyó junto a los estadounidenses el golpe de estado en Venezuela. Y Zapatero, hombre fino que no le agrada que a sus panas del poder le digan verdades amargas, se calzó, que es igual a que se enzapató. En un trabalenguas exquisito, muy parecido a las cantinfladas de Aznar, le dijo que quería respeto para su ex presidente, porque su ex presidente fue elegido democráticamente. Ahí no lo pude evitar, y se me salió un profundo suspiro de admiración.
La lógica de votación mayoritaria de Zapatero, con todos sus pespuntes, leznas y gubias, dice que a los mandatarios elegidos por votación hay que respetarlos. Ese razonamiento de pacotilla, de quincalla política, tipo Primitivo Aponte, quiere decir nada más y nada menos que a los electos democráticamente, que no es otra cosa que sacar a como dé lugar el más alto por ciento de votos, hay que respetarlos porque sí. No importa si lanzan bombas, matan a mansalva, se alían con asesinos internacionales, mercadean con la decencia, roban y representan la escoria de la humanidad, hay que respetarlos como habría que respetar a un Bush cualquiera. ¡Genial, sencillamente, genial!
Por poco lo olvido: mientras Zapatero hablaba como europeo ofendido que quiere repartir el pan del conocimiento con una jeringonza de párvulo atrevido, de su lado surgió la ebria figura del vago y vividor reinoso, y bajando de la diestra del Padre y con la autoridad que le brindaba la imbecilidad, le dijo a Chávez: ¿Por qué no te callas?
Y Chávez, Chávez, no se calló... ni se cayó. | | | |
|
|
|
|
|
|
Los artículos incluidos a continuación nos llegaron a través del correo electrónico el 3 de septiembre de 2007. Veía con una nota en la cual nos decía que nos enviaba los artículos adjuntos luego de que nos indicara que llegaba a nosotros referido por José Enrique Ayoroa Santaliz, ese inmenso ser humano, titán de la lucha por la independencia patria, compadre de uno de nuestros colaboradores, indiscutible amigo, amante padre, insigne columnista, quijote isabelino, ponceño por adopción y... abogado (¡algún defecto tenía que tener!).
Aunque no tienen fecha, entendemos que los que no están vigentes, nos sirven de referencia histórica sobre los personajes mencionados o las situaciones y anédotas relatadas.
Invitgamos a nuestros lectores a leer los artículos de Ramón Edwin Colón Pratts, que puede hacerlo dándole pa'bajo (a la página)... ¡Que los disfruten! | | | |
|
|
|
Más artículos por Ramón Edwin Colón Patts |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
La Culpa es Huérfana |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
5 de septiembrede 2007 |
|
|
Hace 25 años, en Pueblo v. Acevedo Escobar, el Tribunal Supremo, máximo custodio de los derechos constitucionales, con intención disimulada, derramó las primeras lloviznas que provocaron los resbalones de hoy. Allí, unos agentes de drogas, recibieron una aparente información de un aparente confidente que decía que un aparente traficante traficaría en la madrugada de un día cualquiera una aparente droga ilegal. Ellos, que decían que aparentemente no tenían tiempo para obtener una orden de allanamiento y registro, aparentemente arrancaron en “fa” en varios vehículos, con aparentes armas largas para aparentemente velar al que aparentemente traficaría. Los eficientes aparentosos, tuvieron la aparente suerte de divisar el vehículo perverso en aquella noche oscura. Lo siguieron, y por lo que el Tribunal Supremo creyó, amorosamente y delicadamente lo detuvieron. Bajaron de sus vehículos sin rotular y se acercaron al carro maldito. Dice el Tribunal que el conductor iba acompañado de una dama. Los agentes que ocupaban los dos carros que seguían al otro malo, con armas largas y todo, pidieron al conductor sus documentos. Le dijeron que abriera el baúl y según continúa diciendo el Tribunal, el conductor malvado accedió. Así lo dijo el Tribunal: accedió. Uno de los agentes, como el perfumista de Süskind, de fino y largo olfato, cuando el baúl se abrió, frotó su imaginación y pudo percibir que de aquella lámpara de latón brotaba un fuerte e intenso olor a mariguana. Arrestó al conductor y con trémulas manos inocentes procedió a abrir un hermético y pecaminoso bulto rojo que resultó contener en su interior... ¡mariguana! El Tribunal dice que “Supuestamente el imputado resistió el registro y hubo que usar fuerza. Se le hicieron las advertencias y él... manifestó que su acompañante era inocente de todo.” O séase, como dice Nelson, en aquella noche oscura, el hombre no se resistió a detenerse, a bajarse, a entregar los documentos, a abrir el baúl, a que le metieran los ojos y las manos entre sus cosas, pero con todo y dama que lo acompañaba, bravamente se resistió al registro y ¡ay bendito!, se tuvo que utilizar fuerza para resolver ese pequeño detallito.
El hombre malo al que detuvieron buenamente, le solicitó al Tribunal Superior que suprimiera la evidencia encontrada y ocupada ya que no había dios que creyera la historia de los buenazos agentes. El juez de instancia, que sabía más que todo eso y que también tenía buen olfato, suprimió la evidencia porque, evidentemente, la estiba de paquetes para justificar la intervención era un cuento mongo que no aguantaba la brisa del silbido de un insecto. Para ese entonces, ya el Supremo en 1961, en Pueblo v. Luciano Arroyo, había establecido la norma de que “los jueces no debemos, después de todo, ser tan inocentes como para creer declaraciones que nadie más creería”.
Usted se imagina lo que pasó: lleno de lágrimas porque no le creyeron a sus muchachos, el fiscal acudió al Supremo y se quejó de la supresión de evidencia, pidiendo que el cáñamo índico mal habido, permaneciera en el proceso. Aquella noble e inteligente gente de buenos sentimientos, que nunca han conducido un vehículo en una noche oscura por una solitaria carretera rural acompañados de una dama, ni han visto muchas armas largas a esas horas tomentosas empuñadas por unos muchachitos con autorización para usarlas, creyeron el cuento de la suave y legal intervención de los agentes. Validaron la ocupación revocando al juez que vio declarar a los que declararon y decidió no creer lo que nadie más creería. El Supremo creyó lo que leyó aunque los jueces, después de todo, no deben ser tan inocentes como para creer lo que nadie más creería.
Después, ocurrió lo que ocurrió. Por las instrucciones subliminales en las decisiones del Supremo, los demás jueces (las excepciones no hacen la regla, pero las hay), sin importar lo que los agentes declararan, creían sus testimonios como verdades lapidarias. Conocían el caso del perfume y han visto al Presidente del Supremo ser citado, convocado y reunido por el Superintendente de la Policía para escuchar que los jueces no lo ayudan a resolver el problema de la criminalidad, que no avanzan a condenar y fijan fianzas y penas pequeñas. También lo han visto reaccionar a la super queja. Entonces, comenzaron a creer los descarnados testimonios en los que todo ocurría igual. Iguales, igualitos, unos más iguales que otros, idénticos, cansones, fraudulentos, sin aderezo, sin imaginación, sin colorido, sin pique, escuetos, bobolones, adulterados, flojos, de engañifa e incoloros y obviamente, inverosímiles.
Aclaro: los primeros que los creían eran los fiscales. Luego permitían que se declarara lo que se declaraba. Hasta se inventaron un ¿usted va a ver “eso” licenciado? Si de descongestionar el tribunal se trataba, mientras los agentes se reían, algunos decían (o lo hacían sin decirlo): si lo vemos y le creo al agente, le impongo la pena máxima. ¡Qué tiernos! Todo ello con algún olvido olvidadizo de los más elementales (pequeños, diría yo) derechos del ciudadano.
Entonces, pasó lo que pasó. Como les creían cualquier bobería, los agentes comenzaron a fabricar los casos en la comodidad del hogar, en la oficina, en el auto, en el cine, en un sórdido callejón o en el caserío o residencial pobre de su preferencia. Donde mejor le pareciera al agente. ¿Para qué trabajar haciendo las cosas bien si todo da igual? Como en este país se salva el listo, pues no trabajemos y convirtámonos en artífices del embeleco fácil.
Ahí tenemos a los agentes: arrestados por haberse metido a industriales de la falsedad. La pobrecita culpa es huérfana. Los que hemos caminado un poco por los largos e incómodos pasillos de la justicia, sabemos que hicieron lo que hicieron porque en su casa nunca los regañaron ni disciplinaron cuando llegaron con un objeto ilegal. La soga, amigo, la soga parte por lo más débil. Como siempre, nadie, nadie, se atreve a decir nada. | | | |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
La Rossellada de Ileana |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
|
Comprando los periódicos y el pan caliente del domingo en la mañana, me encontré con un paisano de esos que siempre permanecen en el poder sacando provecho de cualquier gobierno porque son como el muñeco de los siete traseros. Para arrancarme de cuajo la felicidad de pan caliente dominical y día libre, me endilga un "se siente un cambio positivo en el país". Yo, que tenía el vellón pegado por el espaldarazo de Ileana Colón a su pana Jorge Collazo El Imprescindible, le dije que no se podía sentir el cambio, ya que por las expresiones de Ileana lo que se siente es brisa de fascismo con toques de Romero El Pequeño. El comerciante médico, que se las da de genio por tener mucho dinero, y se vanagloria de lo listo que ha sido en su pesetera existencia subsidiada, auto-denominándose ramplonamente: "hombre de negocios", dice que "por algo he llegado donde estoy", como si "estar" fuera sinónimo de "ser". Pues este hombre de bien (que de umbral a una trastada, siempre esgrime el mugroso escudo de "los negocios son negocios", de confesión semanal y comunión ocasional) a lo "sucosumuco", como papagayo, para de paso chavarme la vida, y estar con la más cargada en su más reciente acomodo crematístico, sin ningún rubor, me dice que Ileana tiene razón.
Me pasó lo mismo que aquel acre domingo cuando El Nuevo Día me dañó el inicio de semana con un comentario estúpido, tipo Conversando con Antonio Luis y sus perros satos y realengos, sobre las dos casas de Elián. El pueblerino elemento (que aún con toga, borla, birrete, esclavina, billetes mal habidos y enredos del alma, vive mirando hacia atrás, como el que pide pon en carretera solitaria) a boca de jarro, sin ningún empacho y con airecillo de intelectual, me dijo lo que me dijo. Ya que me alteró la paz en forma inmisericorde y escandalosa con tamañas palabrotas, le dije que la santa Ileana nuestra, esa que aceptaba nombramientos siempre y cuando no tuviera que responder a la Oficina de Ética Gubernamental, imitaba perfectamente bien a aquel simplón ya olvidado cuando decía que el que se oponía a su enmienda constitucional para eliminar el derecho absoluto a la fianza, era un criminal porque sólo a ellos le perjudicaba la enmienda.
En este país, cada día hay que alzar más la voz. Claro está, los que pretenden continuar con sus fechorías se quejan de los tonos altos y fuertes. Cuando se hace un comentario cierto de algún espécimen protegido por el dinero, título, profesión, apellido o gobierno, se esgrime una indignación de oficio que pretende acallarnos con un "me ofenden", "me difaman" y "me desacreditan". Pregúntele a los líderes populares y penepés que están presos por corrupción qué palabras utilizaron para defenderse cuando los acusaron. ¡Ay Fajardo! Lo que pasa es que aquí pululan los embustes, y siempre he creído que Ileana, la Santa Ileana, es uno de ellos. Desde que asumió aquella pose de mujer de acero, que repartía el bacalao a todos por igual, pero que aguantaba algunos informes municipales por no perjudicar al PPD; desde que, con su arrogancia y mentalidad de dos más dos da cuatro, comparecía a la televisión a decir trincaderas morales que posteriormente demostró que ni ella las creía; desde que, con sus listas y ficheros de todopoderosa contralora, persiguió a empleados y a todo el que cuestionaba sus sagradas ejecutorias; desde que, humildemente, proclamó sus calificaciones de reválida de derecho, su vida, su obra y otras tonterías más de piquetes y ribetes publicitarios; me resistí a tragarme ese paquete. La publicidad me pareció demasiado glaseado para la mezcla.
Lamentablemente, tenía razón, y cuando de pecados se trata, odio tenerla. Ahora, resulta, que la impoluta, egregia, impecable e ínclita doña se convierte en carga bate de Fortaleza, y defiende hasta el ñeque al angelito Jorge Collazo, y de paso se mezcla, regodea y confunde con tipo tan bajuno, patán y fuerza de cara. Ese bebé de probeta de las escuelas de espionaje estadounidense, vulgar chota, soplón o fisgón oficial a quien eufemísticamente le llaman agente de inteligencia, no necesita de una rosellada de Ileana para defenderse. No es un zar, pero es un zaragata. Basta con su porte, estilo, gestos, arrogancia, pobre vocablo, menos elocuencia, y esa repetición absurda de que es imprescindible, aderezado con "el más que sabe" para darnos cuenta de que el tipo no necesita de roselladas en voz de Ileana
. El zaragata es tan malito que, sin tener ley ni confirmación, ya se llevó en redada publicitaria a la pobrecita mujer que sin quererlo se le chispoteó un poco del alma cuando dijo lo que dijo exteriorizando su tierno, noble y puro ser. La pobre carpeterita frustrada que se colocó en la ruta de salida, aunque dure tanto como Ferré, se dio un lujo que nadie puede darse después de haber cultivado su imagen con tanto esmero ante cámaras, periodistas y publicistas. ¡Tanto tiempo y esfuerzo perdido!
Señora, siguiendo su lógica de profundidad de dedal derramado o de piso mojado, es tan peligroso lo que usted redondamente afirma, que alguien le puede contestar con sus palabras: "el que está con Jorge cree en el carpeteo, el encubrimiento, el chanchullo y hasta en el asesinato". ¡Dios nos libre de dos Collazos!
| | | |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Vanidades |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
|
Extrañé ver el retrato de aquel señor de rostro de felicidad eterna que encontré en Barajas, España, un invierno de hace unos años. Me le fui acercando en una fila de pasaportes extranjeros, y cándidamente, pregunté. La contestación, violenta como la reacción por una falta al honor, no se hizo esperar: ese es nada más y nada menos que el REY. Ya cerca de la foto a colores tres por cinco, sentí que aquél hombre tranquilo, sonrisa Mona Lisa y mirada estudiada, se fijaba en todos los que lo veían. Llevaba una cinta bandera que atravesaba en diagonal su chaquetón oscuro que parecía alquilado al Camerino. Tropecé con él en todos los lugares que visitaba, como si fuera candidato rico en campaña eleccionaria. Vestía la misma ropa y apariencia. Desacostumbrado a tanta presencia oficial, la foto me llegó a molestar, fastidiar y reventar. El día de regreso, una señora muy molesta, utilizó aquella primitiva arma de la niñez, tipo Pedro con Melo, y le sacó la lengua. La vanidad no tiene límites. En eso consiste precisamente, en su infinita vacuidad. Me despedí del Rey recordando la burla infantil de la señora y en su continua presencia plana con toda su cinta y traje oscuro del Camerino.
Ya en el avión, y en venganza sutil, le dije a la aeromoza, que huía de su país porque no aguantaba más retratos de su rey. Educadamente, y con inocente sonrisa, la joven contestó: "son cosas de reyes". En el aire, dormitando en ese letargo crepuscular en guardarraya con el sueño, pensé o soñé que detrás de los ojos del rey se escondía un lente que no importaba a dónde fuera, me estaba mirando, persiguiendo, acosando, grabando, fotografiando, amenazando, hostigando, fiscalizando, influenciando, maltratando y reventando. La vieja División de Inteligencia de la Policía de Puerto Rico salió corriendo de algún lugar y se me atravesó en el pensamiento. Te velo, te sigo y te retrato. Fisgones oficiales, pensé.
En sueño de avión, música en canales de audífono desechable y todos los esfuerzos por lucir cortés y amigable, después de la imprudencia con la joven del cielo, llegué al aeropuerto. Caminé por un feo pasillo de alfombras y techo aplastante. Apresuré el paso para salir de las entrañas de aquel gongolón que era como salón de recuperación después del cansado viaje, y con perfecto bulto de viajero, me coloqué en larga fila con todas mis libras y experiencias nuevas. Me fui acercando al agente federal que te mira mal y te deja pasar después de escrutarte con ojos de lector cansado y, según caminaba, me acercaba a un retrato tres por cinco a color, que con sonrisa de Gioconda permanecía impávido en la pared del fondo. Era de quien usted se imagina: del gobernador. Un poco extrañado, recordé aquella primera impresión en España y, levemente,sonreí de lado. Luego del recogido de maletas maltratadas, etiquetadas y vejadas, me dirigí al estacionamiento con la esperanza siempre trunca de encontrar el automóvil. Estaba, pero tenía pegado un cartelito con letras rojas que decía: "Favor de pagar en la oficina". (Estaba en tierra! Fui al lugar indicado y ¿saben a quién encontré al abrir la puerta? No lo saben. Nuevamente encontré todo un retrato del gobernador. Pagué, y me largué del lugar a olvidarme de los retratos y a rehacer la rutina del trabajo y la vida en este país de ladrones gubernamentales, pero sin reyes oficiales.
De vuelta a las faenas diarias, y cumpliendo un requerimiento injustificado, tuve que visitar el Centro Gubernamental para conseguir un plano en ARPE, una certificación del CRIM, una del CFSE y otra de Hacienda. Entré al edificio y en el vestíbulo tropecé con una foto, sencilla y llanamente: del gobernador. Luego de ese primer encuentro, me dirigí a las simpáticas oficinas mencionadas y para no repetir mucho, ustedes saben de quién encontré un retrato en cada una de ellas. Para mayor alegría, en una había seis.
Salí con la encomienda hecha, pero mascullando improperios y perturbado, malhumorado y avergonzado por descubrir que lo conspicuo no siempre es notado y que hay que ser bien canalla e insensible para exponer a alguien durante ocho horas de trabajo a un retrato del gobernador. En el camino, pasé frente a una agencia de viajes, de esas que venden sueños, alegrías y distancias, y recordé al rey y sus fotos. Tuve el enorme deseo de regresar al aeropuerto a esperar a la aeromoza del carro aéreo para disculparme. Ya en mi hogar, descansé de las fotos y en ese letargo crepuscular, al igual que antes, entre pensando y soñando, recordé la enseñanza milenaria de la paja en el ojo ajeno y en la joven que tan noblemente entendió que yo no entendía. "Son cosas de reyes".
¿Para qué una foto del gobernador en cada esquina? La morbosa presencia oficial de muchas fotos iguales invierten la mirada, ellas te miran y tú te sientes observado, molestado, espiado y perseguido. De eso se trata, sólo de eso. Es la imposición oficial que, inevitablemente, produce una sensación de acoso cuando percibes que el poder te está velando.
Luego busqué, pero no encontré, a la joven aeromoza. Donde quiera que esté, disculpe, señorita, tenía usted razón: "son cosas de reyes".
| | | |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Madrastra |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
|
El agradecimiento es una de las expresiones más nobles del espíritu, y el rencor, lo contrario. Por el motivo que fuera, que aparentemente fue de pantalones y minifaldas, una actriz que actuaba de mala, se encariñó del papel y supuestamente ordenó matar a su esposo. Él fue uno de los grandes precursores de esa maravillosa contribución a la sociedad que es el espectáculo televisivo enajenante, degradante y de mal gusto. El señor se murió completamente. Le propinaron tubazos, lo apuñalaron, y de ñapa, lo quemaron dentro de su propio carruaje. Al poco tiempo, después de cantarle al muerto que cuando un amigo se va deja un espacio vacío, agarraron a la artista, y luego de ventearla en todos los medios noticiosos y celebrarle un famoso juicio dantesco, la encarcelaron imponiéndole una pena, de esas graciosas que aquí se dictan, de unos tres o cuatrocientos años. Por lo chistoso de la pena o por culpa de los malditos apuros nuestros de cada día, tan solo cumplió catorce. Con el estigma formal de la culpabilidad judicial y el tatuaje del vía crucis publicitario grabado en su memoria, entre barrotes y distancias, vivió el teatro de lo absurdo, el dolor del recuerdo, la amargura de la soledad y tal vez, el arrepentimiento.
Un oscuro hijo del muerto, que no componía nada y de cuya existencia nadie daba cuenta, salió de la nada cogiendo pon con la madrastra y el occiso, lanzando la nasa de la ambición al río revuelto de la tragedia. Creyendo que encarnaba al muerto, entró al mundo del espectáculo. Era tan flojo que no pegó, pero por carambola, la gente lo conoció. Por lo que le pasó al papá, por los programitas televisados y porque Jorge Castro Font era representante y no veía entonces por qué él no podía serlo, decidió buscarse un guiso en la política colándose en una papeleta de gente igual a él. Salió electo así porque sí, sin prometer ni decir nada, excepto que una vez lo escuché a través de un altoparlante diciendo "¡Vaya papito!" Tal y como le pasó en la televisión, tampoco compuso nada en la política, y su figura se fue apagando. Pero un día, ¡oh día bendito!, alguien sensible o insensible, con conocimiento o sin él, con intención o sin ella, de buena o mala fe, habló de liberar a la madrastra presa que también se estaba apagando. Entonces el hijo del muerto, o sea, el hijastro, milagrosamente dejó de apagarse y enloqueció de alegría farandulera."¡Vengan cámaras que para luego es tarde!" En conferencia de prensa boba, gritó a los cuatro vientos: "¡no la suelten, esto es una falta de respeto al pueblo, temo por mi vida, me muero de miedo, es peligrosa, me mata, me mata! Con ese sonsonete, y como si alguien fuera a creerle el paquete, por algún tiempo mantuvo la ridícula cantaleta pública. El pobre hombre-víctima se quejaba de que no había visto el expediente médico de la madrastra que mató a su papá.
Como era de esperarse, nadie hizo caso a sus falsos lamentos, y la depreciada madrastra, con mil cojeras, malestares, dolores e ilusiones, salió a la calle. La víctima, hijo del papá e hijastro de la madrastra, buscó un abogado (¡oh abogados!) para tener acceso al expediente médico de la doña. Esa peleita monga le garantizaría, por algún tiempo, la publicidad que de otra forma jamás lograría. El hijastro, que también era politicastro, no era galeno ni tenía pasión por la lectura de cosa tan ininteligible como un expediente médico, pero tenía una soberana, gigantesca, robusta e impresionante obsesión con el espectáculo y la fama.
Yo, que siempre me ilusiono con suma facilidad de esas historias profundas, conmovedoras y serias que transforman a los pueblos y los llenan de mitos y leyendas, seguí día tras día las andadas de la víctima. Si durante el día no podía leer o escuchar nada de su apasionante obsesión, encendía el televisor en las noches y lo veía en el Super Show Clásico, esperando a que dijera algo.
Así pasó el tiempo hasta que un buen día su abogado lo llamó y le dijo: "¡Oye gallo, vístete que nos vamos!" Eso mismo hizo el hombre-víctima, y se fue a ver el famoso expediente médico. Como este es un país de hipérboles, los medios de comunicación lo siguieron como séquito de lunáticos. Él enfrente, con su cabeza vacía pero con la alegría de tener nuevamente la comparsa publicitaria, entró a ver el ya mítico expediente médico de la madrastra. Lo vio, no lo entendió, lo cerró y nada pasó.
Después, me quedé esperando, esperando a que el hombre-víctima le envíe a la autoviuda aunque sean unas flores con una nota. La tarjetita podría decir algo así: "Para usted, madrastra mala. Para usted, que me ha sacado del anonimato en tantas ocasiones. Para usted, a quien le debo mi puesto y todo lo que conlleva. Para usted, a quien tanto he utilizado sin darle nada a cambio. Señora, perdone a mi padre y perdóneme a mí por lucrarme de la desgracia, que con culpas o sin ellas, ya nosotros la perdonamos. Gracias, madrastra, gracias. Su hijastro y politicastro, Robertito".
Y luego de nosotros perdonarlos a los tres, que baje el telón y que jamás vuelva a subir.
| | | |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Quebrada Salada |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
|
La Quebrada Salada del Pepino casi atraviesa el corazón del pueblo. Es el regalo juguetón, limpio, fresco, transparente y cristalino que nos da el vientre de la Sierra de Hoyamala. Desde que echa a andar, busca a las hermanas aguas del Río Culebrinas para, juntas, al igual que el río de Julia, viajar hasta lejanos y extraños confines del mundo o para ser represadas, entubadas y consumidas. Hace 40 años la Autoridad de Acueductos, ahora Compañía de Aguas, se empeñó en deshonrar el hermoso riachuelo ultrajando su cauce al convertirlo en viaducto de excrementos, desperdicios y podredumbres. Si usted da un voltión por el recodo de Pueblo Nuevo (comunidad olvidada por todos los gobernadores, alcaldes y otros aparatos elegidos por el democrático voto nuestro de casi todos los días) podrá observar que la enorme y grotesca tubería de acero (y su registro), que transporta las aguas crudas del pueblo, siempre está rota, por lo que vacía sus inmundicias en la Quebrada Salada, violando su cauce con aguas usadas (bien contaminadas con todo tipo de desperdicios) que como afluente de excreta llegan hasta el río y desde ahí hasta sabe Dios qué aguas, témpanos y tierras.
Hace 23 años que soy vecino del lugar, y desde entonces, estoy peleando con la Autoridad (curiosamente, su oficina colinda con mi casa y con la quebrada) para que no sean tan desalmados y desconsiderados, y resuelvan el problema. Cuando no llueve y la fetidez se intensifica, el volumen de la querella sube, y convirtiéndose en insulto que "in crescendo" va desde irresponsables, transgresores, desgraciados, sucios, puercos, lechoniles y toda clase de expresión que en algo describa el macabro proceder de la dirección de esa Compañía de Aguas que se empeña en contaminar su apellido.
La Autoridad ha recibido mil quejas, querellas y lamentos, pero no ha hecho nada. La Junta de Calidad Ambiental y Recursos Naturales (esas limpias, seriezotas y simpáticas agencias que se entretienen y vanaglorian multando a todo el que tiene el cerdito de Navidad amarrado a dos o tres metros del margen de una quebrada porque la contamina y que proclaman, denuncian, gritan y patalean endemoniadas cada vez que alguien le toca los afluentes de su gran tubo sin inaugurar) tampoco han hecho un pepino “angolo”. Eso sí, son muy formales notificándole el número de querella, el cual va a parar al tubo roto ya que no le sirve para nada ante tanta excusa tonta, pueril y trivial.
Para vergüenza de la casa, y para que pelearan entre sí, yo que los quiero tanto, recurrí a los cucos federales a través de la EPA. Pues con la EPA, ¡wepa! Los malditos que se jactan de pujar tanto, que dicen que mandan y van, que hacen temblar a todos con su inglés, tribunales y poderes, tampoco tienen solución para los cochiniles y coprológicos asuntos de la Autoridad. Me he cansado de pedir que se arregle un tubo roto que está tan sucio que nadie se atreve a tocarlo.
Ante la irresponsabilidad de la Autoridad, y por aparentemente no haber solución al problema, recomiendo a los buenazos del gobierno, municipio o cualquiera de sus esparadrapos: que nombren personal para que atienda las descargas de la tubería en estricto orden jerárquico. Aunque sea por un tramo, no permitamos que la mezcla nos confunda y el batimiento nos quite la identidad. Antes de que las tuberías descarguen en la Quebrada Salada, que el personal gubernamental designado para tan ingente labor, identifique, seleccione, analice, clasifique, dirija, proteja y dé tránsito a todos los excrementos que la Autoridad lanza a la quebrada después de darle pon en el tubo roto. Al fin y al cabo, en este país tan lleno de discrímenes, diferencias y prejuicios, no se debe permitir que los excrementos de langostas y cortes finos, se mezclen en la licuadora de la quebrada con poterías, frituras y hamburguesas, y, finalmente, reciban trato igual. Ya que nadie hace nada cuando los pobrecitos se escocotan en la quebrada, al menos deben brindarle alguna atención y orden para que los desperdicios del alcalde y demás politiquitos, de los ricos y de los aspirantes a aristócratas, tengan un mejor acomodo, privilegio, salida y corrida hasta el bendito río que tanto quiere y protege la Junta de Calidad Ambiental y Recursos Naturales. También sería bueno que una u otra pieza sea encarpetada por su origen sedicioso por aquello de conservar la tradición. Finalmente, no sé si las heces fecales se puedan rotular, pero recomiendo que se coloquen identificaciones con el nombre de los autores más importantes para establecer alguna diferencia en el único lugar donde, según Víctor Hugo, todos convergemos y nos confrontamos.
Quizá algún día, tomando un poco de agua fresca de tubería, nos tropecemos con el nombre de alguien conocido, o tal vez visitando el Polo Norte y para nuestra sorpresa y alegría, encontremos un papelito que diga: "este es de Mon Medina y Salas, alcalde".
| | | |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Pesas y Medidas |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
|
El Estado no puede pensar que usted es ladrón. La honradez, al igual que la buena fe, se presume. Pero si el gobierno no educa para la honradez, sentirá la necesidad de alterar la presunción. Eso hizo cuando hace un fracatán de años aprobó la Ley de Pesas y Medidas creando una presunción de incorrección, ilegalidad o inexactitud ciudadana. La ley exige que su romana, báscula, balanza, envase, metro o yarda cumpla con los ajustes y calibración oficial y hasta le cobran por ello. En este lío métrico decimal en que vivimos, el gobierno siempre lo está velando para que no se haga el listo y altere la romana o corte menos de la cuarta de tabaco vendido.
Como nos encanta colocar sellos, marbetes y cualquier embeleco que certifique que nos han estado velando, fisgoneando, persiguiendo y chavando, no hay aparato que mida algo, que no tenga el sello de "Inspeccionado por el Departamento de Asuntos del Consumidor". Milagrosamente a los que miden y pesan a ojo de buen cubero, no le han tatuado un sello en la frente.
Recuerdo a los inspectores de Pesas y Medidas. Eran como embajadores del rey, y se sentían tan importantes como los post masters, pensionados federales o banqueros de pueblo pequeño. En maletín negro, traían papeles mugrosos y sellos oficiales de goma, con puño torneado en madera, para dejar constancia de la presencia oficial. Con mucha seriedad y soberbia, tipo agente abusador de Rentas Internas o drogas y narcóticos, examinaban los equipos. Luego de un largo silencio y profundo respirar del dueño del colmado, puesto de verduras, cafetín o bomba de gasolina, el hombre sacaba un marbete de un paquete amarrado con una bandita de goma y como si fuera una medalla de honor, lo adhería al artefacto. Cuando esos angelitos llegaban, todo el mundo se temblaba encima. Conocí a uno (que luego fue todo un honorable representante en la legislatura) que si el dueño del negocio no le regalaba algo de mercancía, o le cobraba la que antes se llevó, no aprobaba pesas ni medidas y hasta amenazaba con arrestar, confiscar y multar. Al igual que algunos procuradores, fiscales y jueces, creían ser la pulcritud y perfección andante, siempre dispuestos a aceptar el reto de lanzar la primera piedra. Del honorable representante tan solo les diré que algún tiempo después estuvo preso, precisamente por extorsionar a algunos dueños de negocios que, desesperadamente pedían protección gubernamental.
Calibrar no es otra cosa que invertir las presunciones culpando y castigando por adelantado con la noble excusa de proteger al consumidor. Sin embargo, ¿se han preguntado quién nos protege de los robos del gobierno? No hay Procurador del Ciudadano, Contralor, David Noriega con toda y su cinta azul o fiscal federal chismoso, que lo haga. Robo del gobierno ocurre cuando nos hacen pagar dos veces un boleto de tránsito porque se nos perdió el comprobante de pago y la maldita ordenadora de Obras Públicas, curiosamente olvidó que usted había pagado. No logro explicarme cómo en la pantalla del D.T.O.P. nunca aparecen pagos dobles que generen un crédito para el ciudadano. Lo mismo ocurre con el Centro de Recaudación de Ingresos Municipales. Bajo pena de embargo de propiedad, se paga doble y hasta triple. Pero éstos son robos rudimentarios, sin clase, que se quedan pálidos ante otros que son obras de arte del tumbe gubernamental. Estos hurtos que todos sufrimos y nadie percibe, se hacen a través de los contadores del gobierno. ¿Se ha percatado de que el Estado, ese santo varón que nos protege de los malos, mantiene en la pared de su casa un sospechoso aparato (que para mayor burla es transparente) que mide la energía eléctrica que su hogar consume sin que nadie le ponga un sello de inspección? Curiosamente, esos artefactos tienen un tornillito dentro de la pelota de cristal que a un lado dice "F" y al otro dice "S". ¿No le parece que "F" es la inicial de "fast" y "S" de "slow" y que el tornillito es para ajustar la velocidad del anillo electrificado que da vueltas sin cesar y que en su incesante peregrinar parece que nos saca la lengua? ¿Quién regula el aparato, la Autoridad? ¿Quién le pone el sello de aprobación? ¿Quién dice que mide bien? ¿Interviene el Departamento de Asuntos del Consumidor? A menos que crean que su cuenta debe dejar más de lo que está dejando, en cuyo caso los que roban lo acusarán de robo, ¿cuántas veces usted ha visto a los empleados de la Autoridad calibrando su contador? Debemos presumir que el desgaste por el tiempo (todas las cosas se desgastan) hace que la ruedita corra más rápido marcando mayor consumo, porque si fuera al revés, lo cambiarían semanalmente, y se lo cobrarían a usted. Hay que ser bien cándido para pensar otra cosa. Y el contador de agua, ¿quién lo ajusta y regula? ¿Será ese honrado negocito francés, que desinteresadamente las administra, quien calibra perfectamente su contador? ¿En beneficio de quién usted cree que lo calibra, de usted o de ellos? ¿Para facturar de más o de menos? ¿Por qué no lo certifican en el aparato? ¿Es privada la calibración de las cosas públicas? ¿Habrá otros intereses encubriendo este gran robo? ¿Quién corrobora la calibración?
Ya que la corrupción galopante nos ha truncado la poca confianza que le teníamos a los gobernantes, nos deben permitir inspeccionar, calibrar y sellar los contadores que instalan en nuestra propiedad. Cada vez que descubramos algún tumbe gubernamental, procesaremos al responsable, en corte de pueblo, y se condenará como ellos condenan a cualquier hijo de vecino que se apropie ilegalmente de alguna propiedad pública. Tal vez así logremos detener un poco el pillaje oficial. Por algún lado se empieza.
| | | |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Jorgito |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
|
Hace varios años, pocos, me encontraba con unos amigos ayudando a construir una verja en hormigón. Tarea difícil. Bajo un picante sol, había que hacer, a pulmón, el maldito bizcocho de arena, piedra, cemento y agua. Ese día, sábado en la tarde, único disponible para confraternizaciones de mezclas y conversatorios de resumen semanal, ocurrió lo que siempre ocurría en la cofradía: como todos teníamos ideologías distintas, entre palazo y palazo comenzamos a discutir. Antes de que se chavara la mezcla, que temerosa de nuestras discordias, amenazaba escapar por los desniveles del piso, de que las palas se levantaran más de lo debido, y con la noble intención de mandarnos a callar, uno de los amigos encendió el radio sintonizándolo en Radio Raíces, La Voz del Pepino. Como estábamos en época de elecciones, que en este país es la quinta estación del año, había un programa político pagado, de los que las emisoras no necesariamente se solidarizan con ellos. Uno de esos queridos compueblanos que viven de los candidatos sirviendo de alicates profesionales como voces oficiales en las campañas (para luego del triunfo pasar factura cebada) con las palabras estereotipadas que todos conocemos y que parecen sacadas de un libro de recetas (échele tanto de ésto y de aquello), presentaba a la más grande atracción de taquilla del momento. Aquella última alcapurria de la vitrina de Queco el de Cuchilandia, era nada más y nada menos que Jorge de Castro Font, Ñañito. Aparentemente, el presentador pensó que soltaríamos las palas y nos sentaríamos a la sombra de un guayabo a escuchar las iluminadas palabras del tremendo tribuno de frenillos en el alma y la lengua, porque en su vehemente invitación insistía en que prestáramos atención a aquél Ricky Martin de la política.
La verdad es la verdad, y la verdad es que, aunque no le hicimos caso a la voz oficial, cuando el aspirante a prohombre comenzó su perorata, soltamos las palas, y la mezcla inconclusa, que valientemente nos soportaba, por poco fragua en plena plazoleta. Con excepción de Carlos Romero, jamás de los jamases habíamos escuchado un mensaje de político de baquelita que tuviera tanto disparate junto. El conato de orador con elocuencia de narrador hípico, sin ningún recato, pudor o vergüenza, se atrevió a parlotear públicamente en un digo sin decir pero creyendo que decía. Nunca imaginé que en un mensaje hablado, si es que aquello era hablar, cupiera tanta arrogancia, inexactitud, falta de intelecto, de conocimiento y sensibilidad. No había profundidad, pero abundaba la oscuridad. El hablador con ínfulas de tribuno, comenzó su bembeteo con una autopresentación. En espectacular ejercicio esquizofrénico, habló de él en tercera persona, tal y como lo hacía el cantante español Rafael Martos en sus años de gloria, aleteos y locuras. Se introdujo asimismo (¿?) hablando de la grandeza de sus antepasados, entre los que mencionó a gente buena de mi pueblo. Después del preámbulo casi sin fin (en el que enzalzaba a su parentela de una supuesta sangre azul, riquezas de dinero, conocimientos, relevancia y patriotismo) nos dejó caer un "y aquí estoy yo representando a mi gloriosa familia por doble estirpe", insinuando que era la purísima reencarnación de todo lo bueno de su ascendencia, como si fuera un embajador de ultratumba.
Realmente, el tipo fue un buen chiste que sirvió de catalizador entre cuatro amigos con puntos de vista eternamente distintos. Por primera vez, las opiniones en la cofradía de disidentes, eran iguales. Todos creíamos y comentábamos lo mismo: que el hombre estaba ebrio, que estaba cualquier otra cosa, que era narcisista, mediocre, idocio, embustero y hasta tusa y patán creo que lo llamamos. Nadie le dijo loco porque loco no era y a los locos se les respeta. Definitivamente, y que me perdone Allan Kardec, la herencia de espíritus evolucionados, pulidos y buenos, que según su autopresentación los traía "de paquete", salieron huyendo al inicio de su palabreo, o sabe Dios por qué designio, instantáneamente, se le borró la evolución y comenzó en cero en el Pepino. De todos modos, el arlequín borrachito logró que los que tanto discrepamos nos pusiéramos de acuerdo, y felizmente, termináramos la verja. Con gran simbolismo y solemnidad, le hicimos una pequeña tarja al tribuno de pacotilla grabando su nombre con un clavo mohoso en el cemento fresco de un muro de la verja.
Este pobre hombre es lo más gracioso. Por poco nos morimos de la risa cuando habló de su gran experiencia legislativa por haber revalidado en varias ocasiones, como si ser elegido por coger pon, fuera una designación divina y no una busconería de esquina. En el trabajo legislativo, la experiencia es de un año, lo demás es repetir el grado. Ese don sin dones, motorista con pose de Gardel, discípulo de Carlos y Pedro y aspirante a Peña Clown, en un difícil trabalengua dice que no es de aquí ni de allá pero que prefiere a los otros aunque sus lealtades están con los primeros y se desvive por aquella pero se inclina a la otra. Además de disparatero, se comporta como nene riquito que quiere llevarse el bate, la bola y el guante, porque por flojo no lo dejaron jugar a la presidencia de la Cámara de Representantes. Es gracioso, y para los que disfrutamos de sus interpretaciones, es como un Chavo del Ocho para adultos. De la mezcla para acá ha pasado algún tiempo y gracias a Jorgito, no se nos ha caído la mini fraternidad. Cada vez que asoma alguna disputa, alguien habla de los chistes de Jorgito y se forma la bachata.
| | | |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Los Asociados |
|
Por: Ramón Edwin Colón Pratts |
|
|
|
Los eufemismos son la forma suave de decir cosas que, diciéndolas como se deben decir, resultan malsonantes. Así me lo explicó la primera maestra que de ellos me habló. Es la expresión fina y cachendosa usada al referirnos a lo que nos desagrada por ser excesos, vicios o actos u objetos subjetivamente repugnantes. Al borracho, le decimos mareadito; al irresponsable, distraído; al ladrón, listo y al alcahuete, cooperador. Aunque su utilización casi siempre tiene propósitos nobles, también los utilizamos para intentar tapar prejuicios como cuando al negro lo llamamos quemadito. El eufemismo es como un sinónimo degenerado, pero no un total farsante. Se puede utilizar cuando la expresión resulta en sonido feo, disonante o como dicen los lingüistas, cacofónico. En eso no hay problema. El problema lo tenemos cuando pretendemos criminalizar hermosas palabras insinuando en ellas alguna maldad porque a nuestros prejuicios y ocultas intenciones, no les caen bien.
Por encargo de los Reyes Magos, fui por unos regalitos para Manolete, un querubín que habla con los ojitos y que vino a relevar a una cansada abuela que lo esperó por años para pasarle el "batón" de la existencia. Entré a una tienda donde los Reyes almacenan lindos sueños de niños. Una parroquiana que se encontraba en gestiones similares resbaló en el piso mojado. Simultáneamente, con la caída redonda, espectacular, dramática, descompuesta y poco artística, llegó una empleada que, histérica, destemplada y con voz distinta a la que usan para anunciar perfumes y ropa interior para damas, gritó llamando a un asociado de limpieza. Como si el grito hubiese frotado la lámpara de Aladino, apareció de la nada un flaco joven uniformado como la muchacha. Con la sutileza del príncipe que despertó a la princesa levantándola del lecho en que yacía, el caballero de esta historia levantó a la doña asegurándose de que todas sus partes estuviesen adecuadamente ordenadas. Por prestidigitación, apareció un cubo, un mapo despeinado y como vallas, dos rótulos amarillos escritos en inglés. Comenzó su obra de secado y limpieza con destreza sin igual mientras entre mapeada y mapeada, con cariñosa voz de nana, se disculpaba con la princesa del resbalón. Fue tal su entrega y arte en el manejo de la situación de urgencia y atención a la ya tranquilizada e involuntaria acróbata fracasada, que sin percatarme, y al igual que todos, estaba aplaudiéndole al joven.
Luego me acerqué a los anaqueles que exhibían a granel todo tipo de anhelos infantiles y no encontrando el que buscaba, me dirigí a la señora que antes gritó por el asociado de limpieza. Utilizando un micrófono que inundó toda la tienda, y con expresión chorreada, pidió que un asociado de los juguetes pasara por el anaquel número tres. Llegó una joven llena de gracia indicando que la había llamado la asociada de piso y me resolvió el problema. Al preguntarle dónde pagaba, la joven indicó que el asociado de cobro estaba en la parte posterior cerca del asociado de seguridad. Pagué y para dejar constancia de mi admiración por la acción del joven que en forma tan magistral actuó en la monumental caída, le dije al cajero que de mi parte felicitara al conserje por su eficiente y amorosa gestión.
Precisamente, ahí, terminando mi función de mandadero de los Santos Reyes Magos, se dañó la cosa. Molesto, el señor me increpó con un ¿a quién usted se refiere? Obviamente, le contesté que al joven que había mapeado y atendido la caída de la doña. Me contestó que allí no había ningún conserje, que (en todo caso) lo que había era un asociado de limpieza. Finalmente me amonestó indicándome que "a la gente se le respeta no importa el trabajo que haga". Para que sirviera de disculpa, intenté explicar, pero en la medida en que trataba de abundar, sentía que iba perdiendo el apoyo de los que estaban en fila, que poco solidarios, lo que le importaba era salir del lugar.
¡Asociados sin sociedad! Cogí la juyilanga. En la huida pensé que estamos embadurnados de prejuicios de cogote a pies. El trabajo honrado es el pago que hacemos por el milagro de existir. Si no podemos llamar a alguien por su nombre, no es ofensivo nombrarlo con el título de su empleo. Ser conserje, cajero, dependiente, carpintero, vigilante o vendedor, nada tiene de malo, al contrario. Lo que es perverso y mefistofélico es usar el eufemismo de asociado aplicándolo al que pierde el cuero trabajando para los millonarios dueños de las grandes compañías. Ese nuevo embeleco de la sicología que atenta contra valores de orden superior, es una engañifa cuya única intención es crear en el empleado la ilusión de titularidad y pertenencia para el duérmete nene laboral. De "ñapa", es una falta de respeto a los que producen riquezas ajenas con sudor, dedicación y esfuerzo. Independiente de que ganen alguna acción corporativa, los empleados no son socios de los dueños de las mega tiendas, no los conocen ni nunca se sentarán a disfrutar una cena de Navidad con ellos.
No hay necesidad de cambiar los nombres de los trabajadores insinuando de paso que las únicas personas de valor son los dueños, accionistas o "asociados". El empleado será socio cuando el dueño de la mega tienda lo llame y le diga: "Oiga señor conserje, no voy a engañarlo más con falsos títulos. En adelante, dividiré las ganancias con usted. Deme la mano, señor ASOCIADO DE MANTENIMIENTO, hoy cenamos juntos y muchas felicidades".
| | | |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Patrocina a nuestros auspiciadores.
Ellos hacen posible que recibas el TAIMS gratis. | |
| | |
|
| | | | | |
|
|
All articles herein copyright; "Elver Dugo Taims".
|
|
|
|
|