Doy marcha atrás al reloj del tiempo y me ubico en un sitio y un espacio que quedó paralizado en mi mente y en mi corazón. Una loma, un trillo entre guabas, pomarosas y mangos, un pino bien alto, cuya cresta hace cosquillas a las panzas de las nubes, y el reguero de sus semillas, que obligan resbalar en un descuido. Entonces, el enorme glacil, donde se tiende a secar el café, la barraca en la esquina del glacil, y abajo, al final: la casa de máquina, el refugio y el pozo grande. En el centro la vieja casona. Si miro atenta, desde lo alto del glacil, descubro, a través de la ventana abierta del cuarto, y de cara al camino, a Tinita recostada en la cama de pilares, durmiendo la siesta. Y al tío Pepe sentado en el escalón de entrada, vigilando su sueño.
De todo esto no es mucho lo que queda. El tiempo, que todo lo cambia, cambió el trillo por un camino más o menos ancho, el glacil por un burdo terraplén de tierra, la querida casona en un revoltijo de zinc y tablas carcomidas de polilla, y a mi abuela Tinita y al tío Pepe, en un recuerdo dulzón y pegajoso que no me suelta ni en las cuestas.
Bajo la cuesta, cruzo el glacil con su barraca en la esquina, atravieso el batey de piedra tosca, digo adiós con la mano a los adorados fantasmas, y bajando la otra cuesta, la más larga, llego a mi casa.
Debió haber sido en la década de los cincuenta en que mi sentido del olfato se agudizaría al golpe de la florecida del café. Mis ojos se abismarían ante la grandeza del verde platanar. Fue así, oliendo y viendo, que mi personalidad se fundió, como se funde el hierro en la fragua, para formar mi yo de hoy. Y sería así, oliendo y viendo, que mis primeras memorias se asentaron en el fondo de mi alma por siempre jamás. Y fue oliendo y viendo que, tal vez, aquel primer viaje al pueblo, de la remota memoria, se quedó grabado en mí y del cual, hoy, cincuenta y tantos años después, tomo a préstamo algunos retazos para componer este escrito.
Percibo el olor a tierra mojada del trillo de barro, que me sacará a la carretera, a tomar el público para llegar al Pueblo de mi ilusión. Ese trillo enmalezado, resbaloso por la breve llovizna del sereno, sobre el cual flotaría aún la escasa niebla que el vaporizo mañanero levanta, rebotando contra los rayos del sol. Y así, dejándome guiar por el olfato, tragando a montones el olor de la maleza, del cundeamor enredado entre las mayas, de los azahares del naranjo en flor y de la florecida primera de la cosecha del café, la aventura citadina se va cuajando. A esta experiencia olfativa debo añadirle la visión de espanto: el borrachito durmiendo el marasmo de la juerga en la acera de la tienda de mi tío Francisco.
--¡Es Paco! Está borracho. Cuidado, no lo pises—debió advertir mi madre al curioso señalamiento, y al encontronazo del tufo con mi nariz. Observo el precioso chichón azuloso que, como huevo de paloma, luciría en su frente de beodo; seguro premio a su imprudente proceder.
Luego el camino real, las casas de la línea y la impaciente espera porque llegue el carro público que nos llevará finalmente al pueblo.
Veo a mi madre, su mano sobre la frente a manera de visera, escrutando la curva inmediata. Veo aparecer de momento, cualquiera de los chóferes que va mencionando. Y adivino en su mente cómo acomodar, sin que se hagan tortilla, su mochila de huevos; los que venderá en la plaza para poder comprar el mondonguito que llevará de regreso.
El auto público está ya atestado de almas. Allí los diferentes olores debieron haber marcado con fuego su ruta hasta mis sentidos. El alcoholado Superior Setenta y el Vick-Vaporub que calmarían la calentura del nene en lo que llega al hospital. La brillantina Alka, que deja tiesos y relucientes los rebeldes rizos. El aroma de Evening in Paris, Maja, Brisas del Caribe, junto con el olor de los polvos Coty y el desodorante Mum. El olor a Palmolive y Champu Drene del baño mañanero con el agua fría de la palangana, que sacude la modorra de la madrugada. El aroma a pachuli de las prendas recién extraídas del baúl y los cajones del ropero. Y los otros olores, los infames, los del ala adobada del que ve agua solamente los sábados.
Y al llegar… el excelso, el Alfa y el Omega, el olor de olores, el que repta y se desplaza por las aceras para venir a mi encuentro. El que se mete por el ventanal abierto del carro público, cancelando todos los anteriores. ¡El aroma del café tostado de la Casa Pintueles!
Y así, con fanfarria de bocinazos, de gritos pregoneros… (¡Lleva el bacalaito, el sorullo, la arepaaaa… llévaloo!), del repique de las campanas llamando a la misa mañanera, y el glorioso aroma del café tostado metido en los sentidos, culminará feliz, mi primer viaje al pueblo. Pero antes hacemos la visita obligada; la parienta del pueblo, quien nos esperaría con la tacita de café recién colado, una buena refacción de galletas de soda y su tajadita de queso de bola; María Santos: la que a cambio de chinas, huevos y plátanos del campo, seguro nos regalará los ejemplares de viejas ediciones del Vanidades, con las novelas por capítulos de Corín Tellado, innegable fuente inspiradora que revolcaría en mi alma este vicio de amasar palabras e inventar historias.