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5 de febrero de 2007 San Juan Puerto Rico |
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Amigos lectores, nuestros "breadfruits",
Por aquí de nuevo tenemos otra colaboración de doña Tina Casanova. Nuevamente de nuevo y muy gentilmente la escritora puertorriqueña nos envió esta columna, no sin volvernos a repetir otra vez de nuevo: "Le felicito por este esfuerzo, y aunque me distancio un poco de la forma en que plantea las ideas en su línea editorial, en esencia su mensaje es el mismo que muchos de nosotros desearía poder trasmitir". Así que, disfrútenla.
Elver Dugo
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LO QUE QUEDÓ EN EL CAMINO | |
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Cuando nosotros, los adultos de este tiempo, pensamos en el camino recorrido lo hacemos a veces con nostalgia, con cariño, trayendo a la memoria retazos de escenas que nos hacen sonreír o llorar, según el sentimiento que aflore. Otras veces esas imágenes nos causan desazón y tal vez sentimientos encontrados que no sabemos cómo definir. Pero en muy pocas ocasiones nos sorprenden las emociones negativas, como la ira, la frustración o el rechazo total de esas imágenes. Lo que sí ocurre con más frecuencia es el deseo de acurrucarnos y dejarnos mecer por la dulce nostalgia de su recuerdo. |
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¿Qué oculto y mágico misterio contienen esas imágenes? ¿Podrán muchas personas de este tiempo revivir en un futuro, con tan dulce nostalgia, las imágenes pasadas de las situaciones con que la vida les regaló? Claro está, dejemos de lado a las personas que tuvieron una experiencia de vida excepcionalmente complicada, y dediquémonos en este ensayo a las familias comunes y corrientes, que son, por lo general, la mayoría. |
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Fijémonos en este cuadro, tal vez cincuenta años atrás. No ha pasado mucho tiempo: Una familia común y corriente en un campo de nuestra isla; tal vez seis, siete hijos. El padre, quien tiene que arrancar el escaso sustento de las difíciles tareas de la agricultura. La madre quedará en la casa, con todo lo que quedar en la casa significaba en aquella época. Tomemos la única tarea de lavar la ropa: remojarla un día antes en un cubo, acarrearla, pesada de humedad, hasta el río para lavarla, con un mísero pedazo de jabón azul y a paletazo limpio. Cuatro o cinco chiquillos medio desnudos, llorosos o revoltosos pegados a sus faldas. Una vez lavada y seca, preparar el almidón. Volver a secar. Rociar el día antes del planchado y dejar reposar. Y por fin, el planchado. ¿Cómo y con qué planchaba? Traer leña del monte para los carbones encendidos que necesitaría el pesado artefacto de hierro, y regresar al fogón cada cuarto de hora para mantener la temperatura suficiente. Y ni hablar de las volátiles cenizas que ensuciaban la pieza de ropa. |
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De solo pensar en perseguir a esa madre durante toda una semana en que llevaría a cabo las múltiples y difíciles tareas del hogar, terminaríamos exhaustos hasta la locura. Ningún producto enlatado, prefabricado, listo para el microondas o el horno y la estufa; nada de tuberías que suplen agua potable, nada de electricidad para hacer las labores más llevaderas, y sobre todo: muy escaso o ningún dinero para comprar las necesidades más elementales. Y ni siquiera pensar en llevar al médico a un hijo enfermo. |
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Pasando tantos trabajos y penurias, cabe preguntarnos; ¿no estaba esta señora del tiempo pasado, más propensa a perder la tabla, al desajuste mental, al tantrum que confunde el espíritu y arroja al negro abismo de la locura, ese que obliga a maltratar, a asesinar, a abusar de los propios hijos? ¿Qué elemento cambió? ¿Por qué pasan estas desgracias ahora más que antes? ¿Por qué cuando más cosas tenemos, cuando el progreso nos ha servido en bandeja de plata tantas comodidades, cuando el dinero, aunque retazado, está siempre al alcance de la mano, cuando tenemos los medios necesarios para recibir atención médica, somos tan infelices? |
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Se me ocurre una respuesta muy mía. Pueda ser que no encierre, tal vez, en ella misma todos los elementos de juicio para examinar el complejo fenómeno de la violencia, pero algo de lógico sí tiene. Antes éramos, hoy tenemos. Hemos cambiado el ser por el tener. Las personas nos dan felicidad, las cosas nos dan comodidad. Hemos cambiado las personas por las cosas. Compramos lo que no necesitamos con dinero que no tenemos para proveernos la felicidad que nunca conseguiremos. Terminamos siendo, por ese motivo, una sociedad cómodamente infeliz. |
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Recuperemos pues, eso que quedó en el camino y tornemos de nuevo la vista a las personas y no a las cosas. |
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Tina Casanova Escritora tina@ahora.net |
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