Y nosotros los boricuas, ¿qué hacemos abriendo el sagrado santuario de nuestros hogares a un intruso tragaldabas, glotón e insípido mamarracho que ni siquiera habla un lenguaje coherente sino mete su ridículo ¡jo, jo, jo! como muletilla apestosa a salivazos? ¿A qué viene tanto revuelo?
Santo o santurrón… ¿quién lo canonizó? ¿Qué milagro ha hecho como no sea el poder exprimir su masiva y mantecosa humanidad por el escaso roto de una chimenea? Si ni siquiera estuvo por los alrededores del pesebre de Belén aquel glorioso día en que la humanidad se vistió de fiesta para recibir el Rey de Reyes. ¿Quién lo invitó?
Sin embargo nosotros que insistimos en seguir sin rechistar al verdugo derecho al patíbulo, aceptando buenamente y enlodándonos como gusto y gana nos da con todo lo que nos atragantan desde Estados Unidos, hemos relegado a la trastienda del olvido ignominioso a los Reyes Magos,--tres santos varones--por el adefesio cachetudo de nariz rubicunda y vestimenta suspicaz.
Veamos si tengo razón. Son tres hombres, hechos y derechos, que portaban consigo el tesoro más preciado con que Dios ha premiado a la humanidad; la sabiduría. Por ello se les hizo portadores de la revelación divina de un nacimiento extraordinario y fuera de lo común. Debían por lo tanto ser personajes grandemente influyentes en sus sitios de procedencia, cargados de responsabilidades, pero lo suficientemente sabios y sensatos como para saber la urgencia del reclamo, y acudir presurosos y sin demora. Y aunque en aquel momento salieron en camellos, tuvieron la sabiduría de abandonarlos por tres briosos caballos de paso fino tan pronto arribaron a Boriquén. Además, y para hacer hincapié en su inmensa sabiduría, supieron coger de soquete a Herodes, que se quedó esperando a que regresaran a dar buena cuenta del sitio donde habían encontrado al niñito.
Aparte de José, María y alguno que otro humilde pastorcito, fueron ellos las primeras personas que posaron ojos en el recién nacido. ¡Que gran privilegio! Fueron ellos y no otros los que indudablemente tomaron turnos para arrullarlo en lo que María y José se tomaban un pequeño descanso. Fueron de seguro ellos los que se prestaron regocijados a conseguir por la aldea un pedazo de pan para calmar el hambre de unos padres exhaustos, hambrientos y preocupados. Y apuesto también a que fueron ellos los que aconsejaron a José de las malvadas intenciones de Herodes. Y en sus alforjas, ¿qué traían? Indudablemente no serían bagatelas y chucherías como carga en su apestoso saco el impostor. Nada más y nada menos que ¡oro, incienso y mirra!... regalo de reyes para un Rey.
Bochorno debería darnos nuestra monstruosa estupidez. Bochorno y el deseo inmediato de reparar el daño infligido. ¡No faltaba más!
Y no habrá manera más efectiva de subsanar tan vil atropello que restaurar inmediatamente al sitial de honor a los Tres Santos Reyes Boriqueños. Sitial del cual nunca jamás debieron ser destronados. Sitial que veníamos llamados a proteger con uñas y dientes y no lo hicimos.
Propongo de ahora en adelante echar de nuestras fiestas navideñas al traicionero y ramplón gordinflón con cara de constipación perpetua. Propongo que cada puertorriqueño se encargue de asegurarse de despachar con cajas destempladas a su lugar de origen a Santa Cló. Propongo que inmediatamente en nuestros bateyes y en nuestros hogares se distinga en sitial de honor como segunda figura de importancia en la Navidad a nuestros Tres Santos Reyes Magos. --El primer lugar corresponderá por los siglos de los siglos al Niño Emmanuel—de eso no cabe la menor duda. Y propongo a las autoridades pertinentes comenzar una exhaustiva investigación que lleve a desenmascarar de una vez por todas a ese siniestro personaje que por tanto tiempo ha usurpado nuestras fiestas Patrias.
AMÉN