Dicen por ahí que estamos en la “era de las comunicaciones”. Pero en realidad es cuando menos comunicación existe entre las personas. Si intentamos resolver alguna situación por teléfono, nos tropezamos de frente con una interminable cadena de voces impersonales que comienza con algo parecido a esto: “Gracias por llamar a la Autoridad De Servicios Tales. Para continuar en español marque el uno. Si desea efectuar un pago, marque el dos, si desea cancelar su servicio marque el tres, si desea hacer una reclamación marque el cuatro…” Al final de la insoportable retahíla de comandos, terminamos con los dedos entumecidos, el cerebro embotado, el problema sin resolver y ni siquiera nos han dado la oportunidad de desahogarnos con una persona de carne y hueso. ¡Y estamos en la era de las comunicaciones!
Pasamos horas interminables, inmóviles frente a una pantalla de cristal, llámese computadora, televisor o vídeo juegos. Mudos, absortos y anestesiados viajamos por el espacio sideral de nuestro yo interno. Y si algún miembro de la familia osa interrumpirnos para comunicarnos algo importante, nos molestamos, les despachamos a la ligera y regresamos prontamente a nuestro nicho de comodidad.
Conocemos miles de personas en la red y sabemos su vida y milagros, pero jamás le hemos visto la cara y ni siquiera hemos tenido la oportunidad de escuchar una sola palabra salida de su boca. Intercambiamos ideas, chistes, propuestas con gatofrito@yahoo.com, elsachulita@onelink.net, papizongote@coqui.net, yosiquemelassetodas@ahora.net, y ni siquiera sabemos si es hombre o es mujer, si es elegante o es bizco, si mellao’ o feo como un cuco, y menos aún si es joven o es viejo. ¡Y estamos en la era de las comunicaciones!
Fuimos creados seres gregarios, al igual que todos los demás seres vivientes de la creación. En el comienzo las bestias andaban en manadas, los insectos en colonias y enjambres, los peces en bancos, las aves en bandadas, los seres humanos en tribus y así sucesivamente. Fuimos nosotros quienes rompimos e interrumpimos la cadena gregaria. Sucumbimos ante la arrolladora fuerza del yo. Venció el egoísmo. Cada día nos encerramos más y más en el capullo protector de nuestro personalismo. De la tribu pasamos a la familia extendida que incluía abuelos, tíos, sobrinos y hasta el desconocido peregrino que pedía alojo. Luego la familia se fue encogiendo. Tan pronto el abuelo o la abuela dicen el primer disparate, salimos corriendo a internarlo en un asilo. Ya ni la familia nos queda. A duras penas sobrevivimos con una familia manca, donde es raro encontrar a papá, mamá, los nenes y Fido, el perro.
Nos encerramos entre rejas de acero y vivimos en urbanizaciones cercadas de muros y portones. Hasta que llega la desgracia. Y es en ese momento en que el instinto gregario sale a la superficie. Un huracán, un terremoto, un desgraciado incidente nos convierte en gente de nuevo. Y entonces nos damos cuenta que tenemos vecinos, amigos y familiares, y que afuera vive gente. Pero tan pronto pasa la crisis, regresamos a trancar a cal y canto la puerta hermética y protectora que nos devuelve al individualismo egocéntrico y aislante.
¿No era acaso la convivencia mutua entre vecinos, amigos y familiares lo que constituía, no mucho tiempo atrás, nuestra sociedad boricua? ¿No era ese compartir sueños y necesidades, metas y propósitos, alegrías y penas, desilusiones y esperanzas lo que nos convertía en una sociedad con una calidad de vida mucho mejor que la que poseemos hoy? ¿No eran acaso los pequeños sacrificios y el pasar trabajo para conseguir lo que anhelábamos lo que convertía nuestras espaldas recias para poder soportar los embates de la vida? ¿No era este estilo de vida eso a lo que nuestros padres se referían cuando nos machacaban hasta cansarnos, el ingrediente que nos convertiría en hombres y mujeres de provecho? Nos empeñamos en quitar las piedras del camino a nuestros hijos para hacerles la vida menos dura. Pero fueron esas mismas piedras con las cuales tuvimos que tropezar en nuestro caminar, las que forjaron nuestro carácter y nos hicieron personas de bien.
A nosotros, los boricuas, nos han acostumbrado a pensar en grande y a actuar en grande sin medir las consecuencias. Sufrimos de una megalomanía sin límites que nos aturde. Si planificamos algo debe ser un mega-proyecto. Si se levanta un centro comercial tiene por obligación que ser un mega-centro. Si una tubería pluvial, un mega-tubo o un super-acueducto. Ya no fabricamos parques si no son coliseos, ni carreteras si no son expresos y autopistas. No queremos comprar en el colmado de la esquina, porque no tiene un local amplio como uno de esos mega-almacenes de comestibles, cargados de tepe a tepe de productos, donde los artículos vienen ya empacados como para surtir un colmado y no para el consumo de una familia.
Propongo como experimento, el retornar a las cosas sencillas. Fabriquemos de abajo hacía arriba. Me inclino por el compromiso, por el esfuerzo, por el orgullo de sabernos útiles a los demás, por el trabajo que dignifica y por el sudor que ennoblece. Desafío a todos los que apuestan a los mega-conceptos a que evalúen los resultados y pongan en perspectiva el daño que le han ocasionado a nuestra dignidad de pueblo. Propongo como último recurso la inversión en el ser humano y no en los grandes proyectos de concreto y asfalto. Al final y a la postre, una sociedad emocionalmente enferma no podrá disfrutar de ningún proyecto por más impresionante que pretendan fabricarlo los que apuestan por el caos, porque de ello saldrá el sucio dinero que llenará sus bolsillos.
Propongo finalmente, volver a ser gente.