Cada día me convenzo más de que no me gusta tres carajos el inicio del siglo 21. De lo que menos me gusta es la banalidad, la vanidad y la falta de calidad en las relaciones humanas. Ah, y ni hablar de la casi erradicación del más sagrado de tododos los derechos: el derecho a la intimidad.
Sin que me quede nada por dentro, me proclamo “hombre de otra época” que no ve con buenos ojos estos “desarrollos” posmodernos. Tan de otra época soy que no tengo tolerancia para aquellos que han subordinado los ideales, las buenas batallas y la amistad a su afán por el dinero y el protagonismo.
Eso de que “amigo es un peso en el bolsillo” es dogma de fe de mucha gebnte en este infeliz y malagradecido paisito nuestro. Lo que lo hace peor es que algunos de sus más visibles y audibles exponentes son conversos, gente que vino “del otro lado”, los “Anakim Skywalkers” de la vida real hoy convertidos en prepotentes “Darth Vaders”. ¿O es que habrá peor capitalista que un exmarxista comecandela, un católico que abjuró de la teología de la liberación, o un independentista, antes radical y hoy entregado a “Amway”?
“El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos; el amor no lo reflejo como ayer”, escribió el inmenso Pablo Milanés. Y parece que algunos, con ese inevitable “ponerse viejo” de los que no se mueren jóvenes, van más allá de reflejar su amor de diferente manera. Esos y esas son los que sustituyen sus amores. Son quienes hoy aman más su posición económica, su vida de lujos y comodidades y el protagonismo constante que les exigen sus egos recrecidos que a los ideales, los sueños, las lealtades y los amigos de antes.
Para justificarse tienen un arsenal inagotable de bombas de mierda. Es así porque, en definitiva, se han convertido en unos mierderos para quienes su imagen pública – la apariencia – es mucho más importante que su esencia.
¿De qué importa haber echado por la borda los sueños y los ideales que, perdidos ya en el pasado, les permitieron dar la buena batalla? ¡Ay, deja eso, men, que con eso no pagan el Mercedes Benz, el “penthouse” del condominio o la casota en la urbanización con acceso controlado, el sastre en la Quinta Avenida de Nueva York o la marinovia joven.
Esos son los que vieron la luz del capitalismo posmoderno y los que se las siguen guillando de patriotas, de humanistas y de mecenas de las artes. Esos son los que cada día tienen menos amigos de verdad, aunque cuenten con montones de aduladores o poneros en busca de sus quince minutos de fama.
Definitivamente soy un ser obsoleto en estos primeros años del siglo 21. Me quedé como 30 años atrás. Sigo siendo independentista, nacionalista y socialista. Jamás he vendido, o alquilado, mi humorismo para lucrarme.
No soy un humorista “light”; soy hideputa y “politically incorrect”. Jamás he colaborado ni colaboraré con los enemigos de mi patria. “Por más que me paguen bien”. Allá los que lo hicieron y después se han estado cayendo de fondillo negándolo.
Mi familia me crió con el convencimiento de que el dinero NO ES lo más importante en la vida. Mi padre vivió y murió pobre de bienes materiales e inmensamente rico en dones espirituales. Eso para mí vale más que toda la opulencia y el “ego trip” en que viven esos falsos amigos y examigos de cuyo nombre no me quiero acordar.