Elver Dugo
Taims
15 de mayo de 2006                                                     San Juan, Puerto Rico

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Yo también fui testigo ocular del accidente de Albita

 
Por: Anita Atina
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Anita Atina

   El día del accidente aéreo  de Albruta Rivera yo estaba con Elen "Q" Bierto.  El tuvo a cargo una parte del reportaje.  Por aquí está la parte que me correspondió a mí cubrir.
Mis lectores del Taims se sorprenderán al verme como reportera.  Déjenme explicarles.  Con eso del tranque todos los negocios se vieron afectados. La Plaza del Mercado de Río Piedras también se afectó.  Alemán, mi jefe tuvo que cerrar su puesto y quedé desempleada. Como El Taims tuvo su agosto con tanta noticia enjundiosa que reportar, me dejaron guisar en lo que el hacha iba y venía. Y por aquí voy, Anita, Reportera Guerrillera y Mondonguera reportando desde su trinchera en el Bar de Colacho: 
Resulta que Elen y yo ya nos habíamos enterado que esa noche habría una reunión de todas las legisladoras y cenadoras del Pene-Peo.  Y aparte de la serenata a Pedro el Loco también teníamos en planes espiarlas.  Sabíamos que estarían reunidas Albruta, Iris Myriam Ruin, Norma La Trepadora Burgos, Margarita Da Asco, Sarna (Chemita) Soto, Lisa (La genio) Fernández, María de Lourdes Jamón y Jennifer Chiqui-Tota, González.  A esta última le tuvieron que conseguir un escobillón de palma con palo de alfajía para que sostuviera en el aire su mantecosa humanidad.  Se dirigían hasta la Playa de Levitown, donde harían una enorme hoguera y alrededor de ella bailarían todas mientras preparaban la pócima encantada que le darían a Kenneth McKlintock.  La idea era convencerlo de que le dejara la silla de la presidencia del Cenado a Pedro El Loco y así poder tener el control completo y paralizar al país por los próximos dos años.
 
El accidente de Albruta fue el primero que ocurrió.  Luego por otras fuentes nos enteramos que la Chiqui-Tota tuvo otro accidente.  Ella, por razones obvias, no pudo elevarse muy alto. Cuando estaba bordeando la playa para aterrizar, un tiburón brincó del agua y la mordió.  Perdió su nombre.  Ahora se llama Jennifer Sin-Tota.  Porque por ahí fue que el tiburón embistió.  Amigos del Mar reportó al otro día el hallazgo de un tiburón varado en la arena de la Playa de Levittown.  Estaba muerto.  La autopsia reveló intoxicación con alguna sustancia indeterminada.  ¡Pobre tiburón, si hubiese sabido!
 
Los vecinos de Levitown avistaron esa noche un enorme resplandor en la playa y varias siluetas negras bailando y saltando alrededor de lo que parecía ser una hoguera.  Un olor nauseabundo a azufre y chamusquina se regó por toda la urbanización.  Los vecinos tuvieron que cerrar puertas y ventanas para evitar que la peste invadiera sus hogares.
 
Escondidos entre los troncos de las palmeras, Elen Qubierto y yo pudimos dar cuenta de lo que allí ocurrió.
 
Entre chillidos como de murciélagos y risotadas macabras, llevaron a cabo una especie de reunión-aquelarre.  Los planes eran interceptar a McKlintock cuando fuera a desayunar en la cafetería del Cacapitolio y ponerle en el café tres gotitas de la pócima. Con eso se aseguraban que su plan tuviera los resultados esperados.  La encomienda se la echaron en suerte y le tocó a Albruta ejecutarla.  Y Albruta que no soporta a McKlintock no sabía cómo iba a sentarse a desayunar a su lado sin levantar sospechas. Inmediatamente puso a funcionar sus artificios para poder cumplir con el plan. 
 
Convenció a Orlando el Pargo para que fuera él quien le echara las gotas en el café.  Le dijo que era un endulzador especial bueno para la diabetes y que también ayudaba a la potencia sexual.  Y el Pargo que es demasiado afrentao para decir que no, se lo arrebató de un manotazo.  Muy contento fue a sentarse con su panita fuerte para compartir aquel maravilloso endulzador.
 
En la mesa de al lado estaba sentado el Peo-Loco, haciendo que leía el periódico, pero sin perder detalle de lo que pasaba.  Resulta que El Pargo, con la temblequera que siempre tiene encima, en vez de echar las gotas en el café suyo y en el de McKlintock, la regó por el aire.  Las gotas fueron a caer precisamente en el café del Peo Loco, que sin saberlo se lo empinó de un buche.
 
Y ahí tienen nuestros lectores el resultado.  Se le desinflaron los bodrogos al Peo-Loco.  Ya ni Primitivo Aponte le hace caso.
 
Reportó para Elver Dugo Taims, Anita La Mondonguera Guerrillera

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