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02 de mayo de 2005 Elver Dugo Taims San Juan, Puerto Rico | |
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Si Me Dejan
Por: Purruco
Especial para el TAIMS |
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Hola,
Hace un tiempito que estaba desconectado, pero ya estoy de vuelta. No es que no tuviera temas para escribir, sino todo lo contrario: había tantos que no me decidía. Me pasó como a Saddam Hussein, cuando le regalaron 50 esposas para su cumpleaños: el sabía lo que tenía que hacer, pero no encontraba por donde empezar. Ya superada esa crisis, les envío esta humilde colaboración. SSS
Purruco | |
El pasado viernes, un grupo de compañeros y compañeras de la oficina acudimos a un conocido restaurante mejicano para compartir en el Dia de la Secretaria. Nos divertíamos de lo mejor, consumiendo exquisitos manjares de la cocina mejicana. Entre copas de vino, y uno que otro comentario jocoso, transcurría una esplendorosa tarde primaveral. Afuera habían quedado los problemas del diario vivir. No teníamos interés alguno en la huelga de la universidad, el juicio de pena de muerte o cualquier otra cosa que estuviera sucediendo en esos momentos. El humo de olorosos cigarrillos, en espirales se elevaba al cielo (perdón, eso es de otro cuento). Los acordes del mariachi y sus varoniles voces prometían una tarde encantadora. Las compañeras de la oficina estaban encantadas, pues los varones las habíamos invitado en un sano compartir entre compañeros, claro está. Desde nuestra mesa, podíamos ver que los otros comensales también disfrutaban la ocasión. De pronto, un individuo de extraño aspecto, aunque bien vestido, se levantó. Vestía ropa muy elegante: traje de corte conservador aparentemente hecho a la medida, camisa "oxford" de algodón, de una blancura destellante, impecablemente planchada, desabotonada hasta el segundo botón. Llamaba la atención su desordenada cabellera: entrecana, rala y despeinada. Lo más impresionante de esta personaje eran sus fríos ojos azules. Al mirarlo no pude evitar pensar en el famoso asesino Jack el Destripador. "Si es verdad que los ojos son el espejo del alma, estos son el espejo donde el diablo se afeita", pensé. Ojos penetrantes y transparentes al mismo tiempo. Ojos que transmiten un mensaje sin recibir ninguno. Ojos que Boris Karloff, Lon Chaney ni Bela Lugosi hubieran podido imitar. Alfred Hitchcock hubiera dado un ojo de la cara por conseguir un actor con esa mirada. Con aire hitleriano el individuo ordenó al mariachi que tocara "Si Nos Dejan" de José Alfredo Jiménez. Asombrado por la desfachatez del individuo, el director del grupo accedió, sin dejar de demostrar su desagrado ante su altanería, pero hizo bueno aquello de que el cliente siempre tiene la razón, e instruyó al trompetista para que tocara la introducción. Nerviosamente, nos preparamos para escuchar una magistral interpretación. A los acordes del mariachi, el individuo, con voz desafinada, comenzó a cantar:
Si me dejan/ voy a ser presidente del senado/ si me dejan/ voy a desmantelar el capitolio/ Mc Clintock va a entender/ que nunca va a poder/ con el mesías/ y el pueblo va a saber/ lo que va a padecer/ todos los dias./ Si me dejan/ voy a canonizar a Chemo Soto/ si me dejan/ los fondos del erario yo los boto/ y así, si el gobernador/ no siente dolor/ por todo lo que hago/ si me dejan/ lo mando con Mc Clintock y O´neill/ para el carajo/ Si me dejan/ a todos los demás, yo los acabo/ ¡Si me dejan!.
El bohemio calló... (perdón otra vez, de nuevo pienso en otra historia, pero les pido que comprendan lo traumatizado que puede quedar uno ante la presencia de semejante especimen). Al terminar el intruso, un ensordecedor silencio se apoderó del lugar. La elocuencia del silencio era el premio por su desacertada intromisión. Los comensales bajaron la vista para evitar la mirada del cínico sujeto. Los integrantes del mariachi recogieron sus instrumentos y se marcharon del lugar. El insolente individuo, se percató de la estupidez cometida, y corrió hasta la puerta de salida (por lo menos le queda alguna, aunque evidentemente muy poca, capacidad de avergonzarse). Cuando el mesero se percata de que el individuo no había pagado la cuenta, hizo un ademán para detenerlo, pero un cliente le dijo que lo dejara ir, pues podía arrepentirse y quedarse. Gustosamente, todos los comensales hicimos un serrucho y pagamos la cuenta del desgraciado sujeto, no sin antes excrementárnosle en la antecesora.
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Para que leas LA DEMAGOGIA DEL MICROFONO de El Gas Parín |
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