Yo tuve un sueño infeliz y no quise hacerlo una canción.
Me encontraba caminando por las calles de San Juan tranquilamente en calma, mirando las vitrinas y ¿disfrutándome? lo que parece ser un atractivo turístico del municipio: el olor a orine en los zaguanes cuando pasaba frente a ellos.
No se como demontres, cuando doblé la esquina de la calle del Cristo y me dispuse a bajar por la calle Fortaleza, me sentí como si estuviera en París. Y en el París revolucionario, momentos en que las multitudes le habían tumbao las cholas a Luis XVI y a Marie Antoinette, con todo y pelucas. Porque, como si hubiese sido de la nada, aparecieron miles de personas - con gorritos como los que usaban los "enfants de la patrie" en ese evento histórico que fue la Revolución Francesa - que se desbordaban corriendo calle abajo. Cuando le pregunté que hacia donde se dirigían a uno de ellos que me prestó momentáneamente por un instante la atención, éste me contestó: "¡Vamos a la toma de La Bastilla! ¡Síguenos!", me dijo a mí sólo porque la persona que andaba conmigo, de alguna forma misteriosa, había desaparecido.
Definitivamente se había formado en las calles un titingó de más envergadura que el que mis ojos veían con la vista.
Entre la multitud paisana empecé a identificar a varias figuras públicas, o mejor dicho con mejoría, a politiquitos de nuestro diario vivir.
Uno de los primeros que me pasó por el lado fue la inmundicia inmunda de Edu Inmundo y su "equipo de asesores".
Por el mismo medio de la encendida calle antillana iba Anibalín Avecesdos Vilá en compañía Eduardo Bathia (que por más que trata, no batea mucho) y varios veleteros populares corriendo desenfrenadamente cuesta abajo sin frenos en su forma peculiar de hacerlo: tres pasitos para alante y cuatro para atrás
A todos les preguntaba hacia donde se dirigían y cada uno me respondía lo mismo que me había respondido el primero: "¡A la toma de la Bastilla!"
Seguí el rumbo que llevaba la multitud, mientras me pasaban por el lado varios personajes a quienes conocí por su olor: a Carlos Pez-que-era, por su olor a pescao abombao; el intenso olor a ñoña identificaba a Ñoña Miriam quien, "topless" - con sendas pecosas pintadas en los colgantes senos -, lucía un nauseabundo g-string con los colores de la bandera norteameriKKKana.
Cual alucinante Don Quijote le advertí a mi acompañante - que había aparecido nuevamente de la nada - sobre la descomunal manada de elefantes que, en ruidosa y tsunámica estampida, venía tras nuestros pasos, y cuando pareció que nos dejarían aplastadamente aplastados en la calle, nos pasaron por el lado y - ¡gran poder de Dios! - así como los gigantes del Quijote se convirtieron en molinos, los elefantes no eran tales, sino más bien eran Iris Miriam "Dumba" Ruiz, Juan Eugenio "El Lelo" Hernández Cuchinito, la catadora de vinos Jennifer "J Go" (de Gorda) González, Chancho Parga, el gusano excubano Roberto Arango y Víctor Gordito Ni Tan San Ni Tan Inocencio. Yo mismo no salía de mi atolondrado patidifusismo al ver como todos esos elementos cabían a la misma vez en la misma calle.
Hasta Chemo Jones Soto, el chupacabrísimo alcalde de Canóvanas, y su hija, la chupacabrita cenadora Lornna Chemojoncita Soto, se dirigían a la toma de la Bastilla, así me lo hicieron saber. Al lado de ellos cabalgaba El Corcel de Belcebú y Asesino de Maravilla, Carlos Letreros Barceló, rebuznando asmáticamente improperios a tutiplén, mientras llevaba en su lomo a Leogartijito Díaz, a Ramón Luis "Chicharrón Volao" Rivera, padre, y a Juan Aubín, el Manzano de Manatí.
¡Coño!", pensé yo calladamente por lo bajito para que nadie de los que me podían escuchar me oyeran, y me pregunté, "¿Será posible que todos los ciudadanos y politiqueros se hayan logrado un consenso con seso y vayan a demoler las estructuras de la colonia para cogobernarla?"
De repente me había adelantado a la multitud de politiqueros que venían a ver la toma de la Bastilla y me encontré frente a una tarima ubicada al lado norte del Cacapitolio, que se me parecía a la prisión francesa que fuese derribada por los ciudadanos al comienzo de la revolución: la Bastilla.
La tarima estaba rodeada de gente decente perteneciente a la sociedad civil que habían llegado antes que los politiqueros y que habían sido decisivos en lograr la toma de la Bastilla. Y en la tarima apareció el Loco más Loco que haya parido lo que lo haya parido, Pedro Robeyó. (El que apareciera Robeyó, que yo me le ensuciara en quien le hubiera parido y que yo vomitara fueron una sola cosa).
Fue entonces que ocurrió el suceso esperado: la toma de la Bastilla.
En la tarima aparecieron dos loqueros con una inmensa pastilla de Lithium y se la dieron a El Pedrófugo quien se la tomó mientras la multitud con los susodichos gorritos que usaban "les enfants de la Patrie" le aplaudía freneticamente no solo en el momento de la "toma" de la "pastilla" por parte del exROBERNADOR sino cuando se lo llevaron, amarrado en una camisa de fuerza, para un manicomio privado en la Isla de Desecheo, donde lo pondrían a pastar con los cabros salvajes que allí habitan y los que irían con él (Rivera Schatzlatán, Frances Rodríguez, Letrero Barceló, Leogartijito y demás basura anexionista). Allí llevaría el título de Cabro Mayor, o séase que se sea siendo: el cabrón de más alta jerarquía en la susodicha Isla Cárcel, por lo cual no tendría que estar robándole puestos a nadie, ya que a más ninguno de los animales allí encerrados se le permitiría ser más cabrón que el Cabro Mayor. Si se les permitiría ser cabroncitos, si ya no lo eran.
Entonces pasó lo inesperado: ¡me desperté, coñajo!
Esto precisamente fue lo infeliz del sueño que era, precisamente eso, un sueño - aunque con grandes rasgos de pesadilla - y ¡mecachindei, me desperté sin poderme disfrutar un rato más el encierro del Cabro Mayor junto sus cabros y cabras en la cárcel de Desecheo!
Aunque me gocé la toma de la pastilla.
PD en secreto murmurado: Cuando me desperté caí en cuenta que todos los personajes del sueño hablaban con acento árabe y por eso decían que iban a la TOMA DE LA BASTILLA, en vez de la PASTILLA.