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Decía Pito Pérez, hijo de la fecunda imaginación de José Rubén Romero (es una pena que hayan muerto), en su Vida Inútil: “Pobrecito del Diablo, qué lástima le tengo, porque no ha oído jamás una palabra de compasión o de cariño”. Como alguien tiene que defenderlos porque los pobres huérfanos se han convertido en depósito de todo excremento realengo, yo, desde esta, también vida inútil, digo casi lo mismo: “Pobrecitos legisladores, qué lástima les tengo, porque no han oído jamás una palabra de compasión o de cariño”. Esas almas en pena, son los sacos de la práctica de golpes de la boxeadora y sabia lengua del pueblo, única arma que no tiene desgaste. Escogidos para expiar nuestras miserias, despiadadamente los apaleamos como se nos antoja, no dejándole pasar ni una. Hiperbolizamos e hinchamos sus ineficiencias, imbecilidades y disparates recurrentes. Cuando no tenemos tema, los mencionamos con pasión como si fueran juego de pelota, y cuando hay que renegar, los execramos. Son símbolos de la corrupción y para muchos, son la corrupción misma, y “misma” está bien usada.
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