En innumerables ocasiones, especialmente en las escuelas, los chicos me preguntan por qué escribo. Y siempre les doy la misma respuesta: Escribo porque leo. Inmediatamente me hacen otra pregunta: ¿y por qué lee? La respuesta ha sido siempre la misma; leo porque quiero soñar. La conclusión que he sacado de estas preguntas y respuestas la comparto aquí esta noche con ustedes. Leo porque tengo sueños y escribo para forjarme un mundo nuevo hecho de pedacitos de sueños amasados con palabras.
En mi experiencia personal estos dos conceptos, leer y soñar, están tan ligados el uno al otro como lo está la sangre a las venas, el aire a los pulmones y los sentimientos al corazón. Porque leer, escribir y soñar, jamás ha podido ni podrá ser desasociado de mi vida.
No recuerdo con dolor ni con reproche las estrecheces que me rodearon de niña, porque mi espíritu estaba saciado. Tampoco logro acomodar en la lista de prioridades de mi primera juventud todas las necesidades materiales insatisfechas que sufrí porque en esa etapa las necesidades del espíritu también habían sido satisfechas por la palabra. La palabra me acompañó en todas las etapas de mi vida y creció alas a mi imaginación con las cuales pude volar por encima de la miseria misma. Esa palabra viva y vibrante que es, y debe ser, como la sangre que corre por las venas y hace latir el corazón. Aquí les muestro brevemente cómo con la palabra pude desde niña fabricarme un mundo nuevo, distinto y mejor del que tenía para entonces. Y luego, a través de la escritura, continuar forjando mundos mejores para mí y todo el que me lee.
Me autodenomino alfarera de la palabra. La palabra en mis manos se hizo vida para otros y sueños para mí. Desde pequeña comprendí que la palabra es como el barro. Con ella, entre mis dedos, amasándola y dándole la forma correcta, podía construirme un mundo nuevo y mejor. Y desde que hice ese descubrimiento ya mi vida fue otra.
Vengo del campo, de caminar descalza, de pisar rocíos mañaneros y desangrar cundeamores. Vengo de la estrechez cotidiana, donde el hambre del estómago puede a veces confundir las rutas del espíritu. Pero una vez que hice mía la palabra, ya todo fue diferente. En una mochila metí mi equipaje de sueños y me fui a viajar. Viajé a tiempos remotos y a tiempos futuros. Viajé a países reales y a países imaginarios. Conocí que detrás de la guardarraya de mi microespacio el mundo era inmenso e interesante. Escandinavia, Lejano Oriente, China, Japón, Inglaterra, España, Rusia, Estados Unidos, países de Sudamérica; nada se me resistía. Con los ojos de la imaginación bien abiertos iba, llevada de la mano de León Tolstoi, Fedor Dostovyeski, Lewis Caroll, Stendhal, Hemingway, Alejandro Dumas. Con Hugo Wast recorrí las inmensas Pampas y escalé los fríos Andes. Víctor Hugo me paseó por Francia. Benito Pérez Galdós, Armando Palacios, Azorín, Miguel de Cervantes, Leopoldo Alas me invitaron a conocer la Gran Vía, Oviedo, Sevilla, Málaga. Y aun cuando ni siquiera había tenido la oportunidad de visitar la zona urbana del pueblo donde nací y me criaba, ya conocía la Isla completa de la mano de Enrique Laguerre, Zeno Gandía, Cayetano Coll y Toste, René Marqués, Miguel Meléndez Muñoz y muchos otros.
Hoy en día, ya puedo viajar con maletas de verdad y en aviones supersónicos, pero la pasión por la palabra es un maleficio que jamás me ha querido abandonar. Y prefiero continuar de trotamundos. Y no hago nada por tratar de ignorar las manos amigas que aún me convidan. Las de viejos amigos y las de otros nuevos: García Márquez, Vargas Llosa, Isabel Allende, Pérez Reverte, Saramago, Rosario Ferré. Son tantas y tantos que si me diera por enumerarlos nos amanecemos aquí. Esas manos amigas siempre estarán ahí, entre dos carpetas de cartón, seduciendo incitadoras, para juntos, con la imaginación como única brújula por delante hurgar mundo y gente. Y a esa tentación jamás he podido resistirme.
La palabra me marcó de por vida. Y ya, contaminada con ella, intoxicada de palabra hasta la coronilla, no me ha quedado otro remedio que dejarla escapar. De momento me encuentro sin proponérmelo encerrando entre dos carpetas, mágicos mundos amasados por mí misma con el bendito barro de la palabra. No podemos olvidar que "en el principio solo existía el verbo, y el verbo se hizo carne". Ahora soy yo quien juega a ser pequeño Dios. Escribo para fabricarme y fabricar para otros la vida que nos falta. Escribo para parir las personas que no han sido. Escribo para proveerme los mundos que nunca serán. Escribo para barrer telarañas que puedan ocultar y corromper nuestro pasado colectivo y confundir nuestra memoria de pueblo. Escribo para seguir y perseguir las rutas y los trillos que mi jíbaro abrió con pie noble y descalzo y evitar que el progreso pueda convertirlos en avenidas de corrupción y mediocridad. Escribo para sembrar esperanzas en algún terreno baldío de nuestro espíritu que pueda servir de tierra fértil donde germine la hierba mala del caos y el desasosiego. Escribo para despertar las conciencias adormecidas de los pueblos colonizados y atropellados. Escribo para denunciar y combatir la mediocridad institucionalizada que amenaza con arroparnos. Escribo para salvarme de esa misma mediocridad que denuncio. Escribo para esculpir sonrisas en los rostros amargos de mi pueblo. Escribo para salvar a otros de los mismos males que la palabra de otro autor me salvó un día. Escribo como catarsis contra mis propios demonios internos. Escribo para multiplicarme y leo para poder alimentar mi banco de memoria.
Hice mía la palabra. Me adueñé de ella. Ella me poseyó y yo he convivido con ella como si fuera mi segunda piel. Por ella y con ella aprendí a identificarla. La experiencia con la palabra me enseñó que así como puede ser barro noble, arcilla milagrosa para construir, también puede ser lodo, fango que arrastra y destruye. La lectura y el conocimiento que con ella llegan me enseñaron a conocer la palabra. Me enseñaron a diferenciar la palabra arcilla de la palabra Iodo. Y he aprendido a clasificarla de esta manera:
La palabra poncho - aquella que oculta las enaguas rotas de la injusticia social y el desenfreno de los que poseen el poder.
La palabra saeta - la que hiere el pudor y la moral de los pueblos.
La palabra bálsamo - la que puede llevar alivio a las almas que padecen injusticias.
La palabra lápida - la que entierra esperanzas y asfixia los intentos de una segunda oportunidad.
La palabra camaleón - la que en su hueca retórica hipnotiza e insensibiliza las conciencias.
La palabra camino - la que descubre rutas y hace crecer alas a los pasos tambaleantes de la frustración y el desánimo.
La palabra red - la que atrapa e inmoviliza al ignorante para utilizarlo en malsanos propósitos.
Y entre ellas me tomo la libertad de decir aquí una palabra obscena, la más obscena entre todas ellas: la palabra GUERRA. La que siempre estará presente en las mentes de los ególatras con delirios de grandeza y corazones de piedra.
Me propongo y sugiero no olvidar nunca que las universidades forman profesionales, pero que los libros forman seres humanos. Y si con esta manía de amasar palabras puedo forjar un mundo nuevo para todo el que me lee, aunque solamente sea en el sentido utópico de la palabra, daré por buenos todos y cada uno de los gigantes que mi quijotesca misión ha tenido que derribar en este camino que el destino escogió para mí.
Tina Casanova
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