TINA CASANOVA
ESCRITORA
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Artículos y columnas
por Tina Casanova

Esta sección contiene varios artículos escritos por Tina Casanova, para leerlos corra la página hacia abajo

 

Al pan pan...

por Tina Casanova
desde Arriondas

 

junio de 2009

 

 
Me gusta y disfruto la irreverencia de los españoles. Tal vez porque como vengo de la América, puedo visualizar mejor la hipocresía social que permea nuestra sociedad esencialmente “americana” por no referirme a ese alto grado de influencia estadounidense que nos habita a nosotros los puertorriqueños. Si no buscamos eufemismos para referirnos a la nariz, los ojos o las orejas, ¿por qué tenemos que hacerlo al hablar de otras partes del cuerpo menos visibles pero no menos nobles e igualmente necesarias? Y mucho menos encontrarles el morbo oculto y en el cual nos refocilamos, alimentando bajos instintos privadamente, pero paseando ante los demás una sonrisa de dignidad hipócrita en el rostro. ¡Hombre! al pan, pan y al culo, culo.
 
Acá, en esta España post moderna, donde la gente se explaya en el hablar, es necesario taparnos los oídos y voltear el rostro para que nuestros oídos americanos no se escandalicen ante las “malas palabras” y nuestros ojos no vean el descaro de unos pechos femeninos y un trasero masculino en plena pantalla de televisión. Ojo, si estuviera escribiendo esta columna para ser publicada aquí en España, escribiría tranquilamente “tetas” y “culo” sin ningún empacho, y sin el menor temor a que me tilden de vulgarota. Tampoco al escribirlo me quedaría en la conciencia ese regusto de haber sido irreverente a propósito y con toda mala leche y alevosía. Sencillamente porque lo más normal del mundo es llamar a las cosas por su nombre y punto.
 
Como escritora de literatura infantil, entre otros géneros cultivados, no puedo menos que sentirme frustrada cuando cae en mis manos un libro de literatura infantil o juvenil escrito para y por europeos, entiéndase esencialmente españoles. ¡Con cuántas trabas emocionales y con cuántos patrones de ética tenemos que bregar los escritores en nuestra América reverente! Y me pregunto, ¿son más propensos a los desarreglos sociales y emocionales los niños europeos que escuchan, ven y leen constantemente llamar a las cosas por sus nombres y no tienen en sus mentes el concepto de doble moralidad tan arraigado como lo tienen los niños de nuestras sociedades americanas? O, por ponerlo de otra manera, ¿están nuestros niños americanos a salvo de los desarreglos sociales y emocionales porque hemos tenido muy en cuenta al hablar y escribir adornar con eufemismos hipócritas y cubiertos de doble sentido y morbo palabras a las cuales nosotros mismos en nuestro afán puritano le hemos puesto el sello de “obscenas”?

Palabras son palabras. El sentido de obscenidad, maldad o morbo que se les adjudica no es otra cosa que el reflejo de la maldad y la carga emocional que la hipocresía social nos graba con fuego en nuestra conciencia. No conozco otra palabra más obscena que la palabra “guerra”, sin embargo no tenemos ningún cargo de conciencia al pronunciarla. Tampoco les tapamos los oídos a los niños cuando la pronunciamos en su presencia con la boca bien abierta y la conciencia tranquila.
 
Me encanta sentarme frente a una pantalla de televisión para ver uno de esos programas de comedia donde el lenguaje fluye libre y con el único sentido que el que quieras darles como televidente; el único que existe: el sentido natural de comprender de cuál parte del cuerpo humano se está hablando. Y otorgarle a esas palabras también un solo sentido, el sentido valorativo que como persona tienes de ello. Porque esas palabras libres y aparentemente irreverentes que escucho me arrancan esta única carcajada. La carcajada honesta y exultante de ver el lado plano, honesto y jocoso de la vida y no recrearme en el otro lado, el del doble sentido, donde las palabras y las escenas no tienen otro fin que el de enviarme automáticamente en un viaje tortuoso por los vericuetos de la personalidad torcida que ocultamos con celo culpable, para sacarla luego a pasear con los vestidos elegantes de la hipocresía social. Y luego levantar la nariz, ofendidos, al escuchar una de esas llamadas malas palabras.
 
Si fuésemos más conscientes de identificar la verdadera obscenidad, tal vez fuésemos más efectivos al tratar de combatirla. Entonces tal vez podríamos sentarnos tranquilamente frente a una pantalla de televisión, con toda la familia alrededor. Y solamente podríamos taparles los ojos y los oídos a nuestros chicos y chicas cuando se muestren imágenes de cuerpos destrozados por las bombas, acribillados por la violencia de género o callejera y los niños de algún punto del planeta descalzos, con vientres hinchados y ojos de miseria, adelantando una escudilla vacía a ver de dónde les cae un pedazo de pan aunque sea viejo.
Entonces sí podríamos comprender que llamarle culo al ano no es la peor de las obscenidades.

Tina Casanova
Arriondas, junio, 2009

 

Arriondas me espera, querido

por Tina Casanova

 

8 de junio de 2008

 

 
Nosotros despertamos primero que Arriondas. Pero es cierto, nos echamos a dormir también primero que ella. Nunca podremos acostumbrarnos a este misterio. Pero tiene una explicación. Nuestro reloj natural sigue programado según nuestro tiempo, no el tiempo de Arriondas. El tiempo de Arriondas tal vez sea un tiempo que solamente pertenece aquí, una pausa estática, un espacio abierto entre el Monte Sueve y los Picos de Europa
 
Nos vamos, y al regresar, diez meses después, nada ha cambiado. El sitio, la gente, el hilo de la vida, todo sigue igual. Pero, ¿no pasa lo mismo con lo que dejamos atrás? Es como si doblaras la página del libro que vas leyendo y lo volvieras a abrir pasados diez meses. Si no olvidas el hilo de la trama, retomas la lectura sin mayores inconvenientes. Al partir de Puerto Rico es lo mismo. Te vas, regresas en dos meses y todo sigue igual. Es como dejar en pausa un programa en la tele.

Me maravilla pensar que la vida es eso, una historia que continúa a pesar de nosotros. Pongámosle de esta forma: La vida, entonces es una tejedora que teje una pieza que nunca estará terminada por completo. Sin pausas y sin treguas. Nosotros entonces seremos los espectadores mudos, que tras la ventana la vemos tejer. Si nos alejamos por unos instantes, al regresar, la pieza tejida tal vez esté más amplia, pero jamás más terminada. Para los que no se alejan de la ventana, la tejedora y su pieza siguen ahí, sin cambio y sin novedad. El cambio está entonces en el que se aleja.

Eso es Arriondas para nosotros, una tregua en la ventana de la vida. Si no tomamos esa tregua, nuestros ojos se aburren de ver la tejedora tejiendo sin treguas su pieza que nunca estará completamente terminada. O se aburren de ese programa en la tele que tampoco tendrá fin. Serán estas escapadas entonces, por compararlo con algo diferente, el salvapantallas de nuestra computadora interna. Si no tiramos el telón, si no cambiamos de paisaje, se nos funden los circuitos a fuerza de uso continuo. Este espíritu de evasión debe estar profundamente incrustado en nuestros genes. Es de lo que echamos mano automáticamente para que las neuronas de nuestro cerebro no terminen sofocadas de puro tedio.

Y Arriondas puede ser ese paraíso a donde decidimos ir cuando nos alejamos de la ventana de la vida. Pero primero me permito describir a Arriondas según mi forma de verla. Arriondas, muy bien simboliza en todos sus detalles la pieza de la tejedora. Es el paraíso. Claro, el paraíso no lo sería sin la serpiente y el pecado. Y tampoco sin los políticos y los escándalos. Aquí en Arriondas también tenemos los medios de comunicación para darnos cuenta de ello. Al grito de “abracadabra” tendremos ahí, de frente, a los Berlusconis de la vida con sus escándalos sexuales. La eterna contienda Rajoy-Rodríguez Zapatero. Las elecciones de la Unión Europea con sus políticos y su carga de cinismo y mentiras coladas. Igualito que allá, ni más ni menos.

Arriondas: un pueblito que todavía respira reposo, paz y tranquilidad. El estrés y la ansiedad de todo un año se van diluyendo en una caminata por los muchos senderos preparados que Arriondas nos ofrece; el parque La Concordia, la vereda asfaltada a orillas del Río Piloña, la otra a orillas del Río Chicu, la plaza. O simplemente recorrer las calles desiertas a las ocho de la mañana, mirando vitrinas. El abrazo del Piloña con el Sella es punto obligado. Allí, donde unen fuerzas estos dos hermosos ríos, comienza la vida. La neblina que se levanta nos espabila y ya se siente hambre. Recogemos el periódico y la barra de pan caliente en el Fornu de Andrea y corremos a preparar el café al pequeño piso en la calle Nicanor Piñole. Para cuando terminamos de desayunar y leer el periódico, Arriondas se levanta. ¡Son las diez de la mañana!

Luego decidimos si quiero escribir, o simplemente sentarme en La Tropical a tomar una copa de guindilla y tratar de arreglar el mundo con los jubilados que todavía continúan peleando la guerra civil. Una cosa lleva a la otra. Luego de escucharlos en su eterno debate, es casi obligado correr al ordenador y recoger ese rico despliegue de ideas y contradicciones. Hay que aprovechar el tiempo, porque a las dos de la tarde Arriondas se retira a dormir la siesta. Es España con su siesta el dolor de cabeza de la Unión Europea. ¿Cuándo trabajan? ¡Pero trabajan!

A las cinco los comercios abren de nuevo las puertas y hasta las nueve, la actividad continúa sin pausa. A la salida, las tabernas se llenan. Los esposos, los amigos, la familia se encuentran y ¡a las tapas! Luego a las diez, a preparar la cena y terminar las labores de rutina en los hogares.

Afuera, la tejedora incansable, sin pausas ni treguas, teje su pieza que nunca debe culminar. Pegados a la ventana, nosotros, visitantes por dos meses al año, observamos a la tejedora, pensando que en agosto, nos retiraremos de esta ventana y retomaremos aquel programa de tele que dejamos en pausa al partir de Puerto Rico.

Tina Casanova
Arriondas, Asturias
6 de junio de 2009

 

Huracán sin salchichas

por Tina Casanova

23 de octubre de 2008

   Todo esto comienza con una llamada que recibo de mi cuñada, temprano en la mañana. La conversación fue, más o menos de esta manera:
   --¿Te enteraste, nena? Viene tormenta.
   --¿Tormenta? ¿Estás segura?
   --¡Claro! Pon el “uedel chanel”, ponlo.
   --Pues te dejo, voy a ponerlo.

   De ahí en adelante se armó el trabuco. Salgo corriendo a poner el canal del tiempo, y lo primero que veo es una mantarraya amorfa arropando todo el Caribe con un ojo torvo que me mira amenazante con fanfarria de ventoleras, rayos y centellas. “¡Ea, madre, este sí que es grande” pienso, y la cabeza se me llena de cosas.

   No pierdo más tiempo, apago el televisor y me lanzo como una fragata para la alacena.
   Lo único que ha logrado sobrevivir intacto, a mi lucha existencial por ganarle horas al reloj, días al calendario y espacio al ajetreo diario, es una lata de “carne bif” y un paquete de macarrones agorgojados. ¡Ni una sola lata de salchichas! ¿Cómo pretende un mortal en su sano juicio, afrontar un huracán de tamañas proporciones sin una sola lata de salchichas en la alacena? Dejo a mi esposo, a quien mi nerviosismo ha puesto ya como un puerco espín, desmantelando la terraza al aire libre de muebles y equipo, recolectando las tormenteras y probando la planta eléctrica, y me lanzo a toda pastilla para el supermercado.

   Lo que encuentro allí es una guerra civil en pleno desarrollo. Las góndolas están prácticamente vacías. Regados por el piso, logro recoger algunos artículos, pisoteados y amogollados por la batahola humana que acaba de atacar con más poder destructivo y voraz que el que pueda traer el huracán que vi en el “weather channel”. Las colas en las cajas registradoras son monumentales. Invaden los pasillos de las góndolas y llegan hasta los refrigeradores de las carnes, dándoles la vuelta a los puestos de verduras y pasando por el área de los carritos de compra, que dicho sea de paso, el único rengo y desmantelado que quedaba, alcancé a agarrarlo yo.

   Desesperada y contagiada automáticamente por aquella febril muchedumbre, logro abrirme paso, renqueando con mi carrito de compras por entre gente. Cuando llego al puesto de las galletas, me encuentro con una lucha cuerpo a cuerpo entre dos señoronas gordas y deslenguadas por la última lata de galletas que quedaba en pie en la góndola saqueada.
   --¡Es mía, tócala y te arranco el moño!—escuché que una de ellas gritó.
   --¡Jesús!—Se santiguó otra que acertaba a pasar por allí.
   Azorada, pegué un frenazo y retrocedí. No fuera a ser que en vez de galletas, encontrara un galletazo.

   La meta era llegar hasta la góndola de la leche UHT, la “carne bif” enlatada y, sobre todo, las salchichas. El esfuerzo que tengo que hacer para lograr vencer el hormiguero humano es sobrehumano. Hasta que por fin logro avistar la góndola. El corazón se me pone a saltar cuica dentro de la caja del pecho. ¡No queda una sola lata de salchichas en pie! A excepción de tres latas de alubias, (“¿a qué sabrán y con qué se comerán?”, me pregunto desconsolada mientras la tiro en el carrito), otra aporreada de habichuelas marca diablo y tres de frijoles negros, no queda nada en aquella góndola triste y solitaria como una maleta perdida en un andén.
   Pego un reversazo y me dirijo hasta la sección de repostería. Ya no me detengo a examinar nada. Logro echar mano de un paquete de algo, y antes de que alguna mano malhadada me lo arrebate, lo tiro en el carrito y parto corriendo a conseguir la leche. Allí tampoco tengo suerte. Lo único que logro encontrar es una lata de leche en polvo Klim. La zampo en el carrito en contra de mi voluntad y movida por la necesidad. Después de todo, dudo que pueda prepararla ya que ni una batidora tengo. Y es que me trae sentimientos encontrados la leche Klim. Cuando era niña me metía debajo de la cama, donde mi madre la escondía de los seis tragaldabas que tenía por hijos, a comérmela por puñadas. Ahí fue que aprendí, por un puro e inefable golpe de inteligencia prematura, que Klim era Milk alrevés. Me descubrí cuando quise compartir el hallazgo con mi madre y me di de narices con la varilla de guayabo que guardaba en la solera de la cocina para momentos especiales.
   --¡Con que eres tú quien se come la leche!—fueron las palabras que como colofón doloroso acompañaron la memorable azotaina. ¡Las recuerdo como ahora! Desde ese día le tomé ojeriza a la leche Klim.

   Dejando de lado mis nostálgicas elucubraciones, retomo la desenfrenada búsqueda de cualquier cosa masticable que no necesite refrigeración, que sustituya a las salchichas, que sirva el propósito noble de ayudar a resistir un disturbio atmosférico de grandes proporciones, y sobre todo, que hubiese sobrevivido al otro disturbio emocional que se estaba desarrollando allí, y que dejó las góndolas vacías y al capitalista dueño del supermercado brincando en una sola pata de felicidad.

   Para que el cuento no se haga largo, resumo que terminé en las colas para las cajas registradoras, con un paquete de panecillos viejos, un cartucho magullado de paella valenciana, una lata de alubias, una de habichuelas marca diablo y otra de frijoles negros, un paquete de baterías triple AAA para las cuales no tengo en casa ningún equipo que le sirva, y una lata de leche en polvo Klim que aborrezco. ¡Ni una sola lata de salchichas!

   Esa tarde, luego del noticiero de las cinco, exhausta, tirada en una estiba de muebles y cajas de cachivaches escucho, por la radio, al Gobernador dar la terrible noticia de que el huracán había girado súbitamente su rumbo y que ya no pasaría por Puerto Rico. En ese mismo momento suena el teléfono. Es mi cuñada.
   --¡Que chavienda! Ya no viene el dichoso huracán, y yo que tenía gente invitada para pasarlo en casa. Dominada, chicharrones con ñames, cervecitas frías y todo.

   Sobre el mostrador de la cocina, veo que la asquerosa lata de leche en polvo Klim me guiña un ojo.
 
tinacasanova@gmail.com

 

 

Entre la estufa y el ordenador

 

Este ensayo aparece publicado en la revista cibernética En Sentido Figurado en la edición de agosto de 2008

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Muevo y remuevo la olla donde hierven las habichuelas. Mientras tanto la llegada de Severiano a San Juan me da vueltas en la cabeza. Corro a la computadora y escribo una línea. Sí, debe estar ahí, frente a la bahía, desorientado y nervioso, estrujando el papel escrito con el carbón de las minas de Sotondrio. Pero… ¿Y ahora? Tiene que ser una llegada espectacular, donde la combinación irracional de dos sentimientos radicalmente opuestos choquen en su cerebro produciendo un panorama de fuegos articifiales: su incertidumbre por la situación absurda que atraviesa y el deslumbramiento de haber realizado un sueño añejo que mucho tiempo atrás había sido relegado a las remotas regiones del olvido en su cerebro.

Huelo caldo derramado. Corro a la cocina y bajo el fuego a las habichuelas. Pero es… ¡el arroz! ¡He olvidado bajar el fuego, y ya comienza a oler a ahumado! Si por lo menos pudiera ubicar a Severiano en un plano de realismo mágico que lo transportara a Carolina, así tan simplemente y que encajara en la trama como la pieza perfecta de un rompecabezas.

Revuelvo caldo, pongo la sartén, y ¡oops! el pescado aún no termina de descongelarse. Es ese el pito que no logro ubicar, el del micro anunciando el final de su faena.

¿Cómo llegará a Carolina? Tiene que llegar y caer así, sin más. Y la sorpresa del otro. “¿Mi sobrino?” preguntará asombrado. Y luego la confusión de Severiano y todo el mogollón que se formará tratando de darle veracidad a su truculenta historia.

Suena el teléfono y corro a la sala. Es una estudiante de una escuela en un remoto pueblito de la Isla. Le han dado de tarea, hacer una entrevista a un escritor y me ha escogido a mí. Quiere venir a entrevistarme mañana. Agarro la agenda, mañana no puedo, ni pasado, ni el otro pasado ni….

Regreso a la cocina. Aderezo el pescado lo coloco a vapor y,…es la década de los cuarenta. ¡La dichosa década de los cuarenta! Ya la había manoseado a mi antojo en Como paloma en vuelo y ahora tendría que volver sobre mis pasos y rastrearla con Severiano Cabal sobre mi conciencia. Asturiano, de aquella villa perdida entre las faldas del Sueve que todavía no sé cómo llamarla, apenas un mocoso de dieciséis años, inmigrante huyendo del horror de la guerra civil.

Regreso al ordenador. Garabateo dos o tres líneas, dejo el asunto fijado, el boceto, rescatar la idea antes que vuele y caiga en el vapor que sale de la olla donde se cocinan las habichuelas.

Esto de cocinar me vuelve loca. Pero es como una maldición, siempre caigo en la trampa. Me encanta cocinar, pero me revienta perder el tiempo precioso que le debo a mi conciencia frente al ordenador. Eso de tener las tramas de las novelas bulléndome debajo del moño y tener que estar parada frente a la estufa meneando las habichuelas.

Corro de nuevo a la computadora y escribo dos líneas más. El carro público, no hay otro remedio. El carro público que llevará a mi personaje a enfrentarse con su destino. Ahí va, montado en un carro público rumbo a Carolina en busca de un hombre que jamás ha visto en su vida. Y con la imagen de una niña atrevida en la oscuridad de un hórreo en Gijón atravesada en su cerebro.

Escucho el grito de mi padre procedente del piso de abajo. Tiene noventa y dos años y como si tal cosa. Bajo el fuego a la olla de las habichuelas y corro escaleras abajo a atender la demanda. De nuevo la gotera. Forcejeo con la llave del fregadero y logro atajar la gotera que lo vuelve loco. Se tranquiliza y regresa a su siesta. Y yo corro escaleras arriba, machaco ajos en el pilón antiguo, aún cuando tengo el sofrito que compro en el mercado. Jamón, pimiento y ajíes, ¡ah! los benditos ajíes, herencia de nuestros jíbaros, esos mal llamados indios y peor catalogados taínos por el ignorante invasor. Es ese el secreto de mis habichuelas, pero nadie lo sabe: ajo fresco y ajíes dulces. Es la carta en la manga de mi habilidad culinaria.

El fregadero que pare trastes. ¡Dios! ¿Es que todos los fregaderos del mundo tienen la capacidad de parir trastes? ¿O es solamente el mío? Friego y refriego, y mientras más friego, más trastes aparecen. Vasos, calderos, platos y cubiertos se acomodan con sus caras sucias en fila india y aparecen de nadie sabe donde.

Me seco las manos y regreso al ordenador. No hay forma en que pueda enfrentar a Severiano con su destino en este momento. No se me ocurre otra cosa que dejarlo en el carro público y cerrar el capítulo con la descripción del pueblo de Carolina. No hoy, me digo en voz alta para tranquilizar mis ideas, no hoy.

El olor a pescado me viene a buscar y me devuelve a la cocina. Apago la estufa y retiro las habichuelas del fuego. Le echo el chorrito de aceite de oliva, ese es el otro secreto, y las muevo un instante. Meneo el arroz y pelo los plátanos maduros. El pescado ya está en su punto. Y suena el teléfono de nuevo. Me lo acomodo al cuello, entre el hombro y la oreja y continúo trasteando en la cocina.

Y es ahí, precisamente, en una frase que deja escapar sin saberlo, la persona al otro lado de la línea. Con el teléfono aún acomodado entre la oreja y mi hombro, escuchando sin oír la cháchara al otro lado del hilo, tecleo una línea, una sola línea que salvará el escollo entre Severiano Cabal y mi angustia existencial.
tinacasanova@gmail.com
 
Y con los loquitos, ¿qué hacemos?
 
Siempre hemos escuchado el refrán que dice “de poetas y de locos, todos tenemos un poco”. Y aquí, en nuestra querida Borikén, tenemos cantidades industriales de ambas cosas.

Si bien es cierto que los poetas están al palo, también es muy cierto que cada día la población con condiciones de conducta antisocial aumenta. Y ni hablar de los oficialmente declarados mentalmente incompetentes, o sea loquitos de remate.

Vemos a diario en la prensa la triste noticia que un policía ha tenido que lidiar en la calle con querellas sobre personas mentalmente discapacitadas que agreden a familiares o que se convierten en una amenaza para la seguridad pública.

Y a esos policías les tiramos sobre sus espaldas la infame responsabilidad de disponer de los loquitos, invariablemente, acribillándolos a tiros, porque el llamado “estado” no les ha dejado otra alternativa.

Cuando uno de estos individuos, cansados de amedrentar familiares, vecinos y público con el cual tiene contacto diario, es por fin llevado ante un tribunal, la situación se resuelve de esta manera: un psiquiatra ha informado que el acusado está fuera de sus cabales, que está mentalmente incompetente para ser sometido a un juicio criminal. Entonces el tribunal determina, como cuestión de hecho y derecho, que el acusado se encuentra no procesable permanentemente y ordena el archivo del caso al amparo de la Regla 247-B de Procedimiento Criminal. Y ¡hala!, para la calle que va el susodicho.
Y como oficialmente está por encima de la ley, ahora no tiene reparos en dar rienda suelta a sus demonios internos, y ¡sálvese quien pueda, y Dios que reparta suerte! Y a los policías que se encarguen de lincharlo tan pronto el individuo se salga de sus casillas.

Y nosotros nos preguntamos: si el individuo que, a todas luces no está en sus cabales y hay leyes que lo protegen de ser procesado judicialmente, está loquito de atar, le han tocado el violón, está “mas tostao’ que caja de corn flakes”, está pasado de rosca, anida guayabitos en la azotea, o como quieran llamarle, ¿no es lo más lógico que lo ingresen en un manicomio y le den tratamiento para su condición? ¿Y quién sino el mismo juez que lo ha echado de patitas a la calle y con permiso “permanente” para hacer con impunidad lo que se le pegue en ganas, sería el llamado a despachar una orden de ingreso inmediato a una institución para enfermos mentales? De todas maneras, a ese mismo juez le tocará luego producir esa orden si es que un familiar lograra completar los pasos para obligarlo a recibir tratamiento.
Conozco a una pobre señora que está pasando por este mismo calvario con un hijo loquito.

En una ocasión y obligada por las tropelías cometidas por el hijo, logró conseguir los papeles necesarios para ingresarlo en el Hospital Psiquiátrico. A las dos semanas el individuo estaba de nuevo en la calle. Y esta vez más rebelde que nunca con la madre que lo ingresó. Ha amenazado con matarla si intenta de nuevo ingresarlo en la institución. Y yo me pregunto: ¿se atreverá esa pobre señora intentarlo por segunda vez, a sabiendas que en dos o tres semanas su hijo estará de nuevo en su casa? ¡Yo no lo intentaría! Ahí anda todavía ella soportando atropellos sin nada que se pueda hacer, hasta que el hijo la mate o cometa un disparate en la calle y tengan que tomarse otras medidas drásticas e irremediables.

Es cierto que las personas enfermas mentales tienen leyes que las protegen y eso es bueno, es de sociedades civilizadas. Pero, y al resto de la población y a los familiares y a los vecinos de estos “incordios”, ¿qué leyes los protegen? Y a los policías que tienen que liarse todos los días con ellos, ¿qué leyes los protegen? Y quiero que quede claro, no estoy aquí hablando de los policías que abusan del poder y cometen sus atropellos, que de esos también tenemos nuestra ración, sino de los policías decentes que se ven obligados en defensa propia y en defensa de cualquier otro ciudadano a lidiar con casos de esta índole.

Al Departamento de Salud, Departamento de la Familia, a AMSSCA, a los jueces de los tribunales o cualquier otra entidad que tenga que ver con este problema les aseguro que es una situación desesperante que amerita urgentes decisiones. En sus canchas está la bola.
 
 
Tina Casanova
Escritora
tinacasanova@gmail.com
*Publicado en:
Periódico El Nuevo Día, San Juan, Puerto Rico
Lunes, 7 de Abril de 2008

 

¿Por qué escribo?

TINA CASANOVA

Ponencia ofrecida en el Museo de Arte de Puerto Rico con motivo de la aceptación del primer lugar en la primera edición del Certamen Barco de Vapor de Ediciones SM Puerto Rico, otorgado a Tina Casanova.

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En innumerables ocasiones, especialmente en las escuelas, los chicos me preguntan por qué escribo. Y siempre les doy la misma respuesta: Escribo porque leo. Inmediatamente me hacen otra pregunta: ¿y por qué lee? La respuesta ha sido siempre la misma; leo porque quiero soñar. La conclusión que he sacado de estas preguntas y respuestas la comparto aquí esta noche con ustedes. Leo porque tengo sueños y escribo para forjarme un mundo nuevo hecho de pedacitos de sueños amasados con palabras.

En mi experiencia personal estos dos conceptos, leer y soñar, están tan ligados el uno al otro como lo está la sangre a las venas, el aire a los pulmones y los sentimientos al corazón. Porque leer, escribir y soñar, jamás ha podido ni podrá ser desasociado de mi vida.

No recuerdo con dolor ni con reproche las estrecheces que me rodearon de niña, porque mi espíritu estaba saciado. Tampoco logro acomodar en la lista de prioridades de mi primera juventud todas las necesidades materiales insatisfechas que sufrí porque en esa etapa las necesidades del espíritu también habían sido satisfechas por la palabra. La palabra me acompañó en todas las etapas de mi vida y creció alas a mi imaginación con las cuales pude volar por encima de la miseria misma. Esa palabra viva y vibrante que es, y debe ser, como la sangre que corre por las venas y hace latir el corazón. Aquí les muestro brevemente cómo con la palabra pude desde niña fabricarme un mundo nuevo, distinto y mejor del que tenía para entonces. Y luego, a través de la escritura, continuar forjando mundos mejores para mí y todo el que me lee.

Me autodenomino alfarera de la palabra. La palabra en mis manos se hizo vida para otros y sueños para mí. Desde pequeña comprendí que la palabra es como el barro. Con ella, entre mis dedos, amasándola y dándole la forma correcta, podía construirme un mundo nuevo y mejor. Y desde que hice ese descubrimiento ya mi vida fue otra.

Vengo del campo, de caminar descalza, de pisar rocíos mañaneros y desangrar cundeamores. Vengo de la estrechez cotidiana, donde el hambre del estómago puede a veces confundir las rutas del espíritu. Pero una vez que hice mía la palabra, ya todo fue diferente. En una mochila metí mi equipaje de sueños y me fui a viajar. Viajé a tiempos remotos y a tiempos futuros. Viajé a países reales y a países imaginarios. Conocí que detrás de la guardarraya de mi microespacio el mundo era inmenso e interesante. Escandinavia, Lejano Oriente, China, Japón, Inglaterra, España, Rusia, Estados Unidos, países de Sudamérica; nada se me resistía. Con los ojos de la imaginación bien abiertos iba, llevada de la mano de León Tolstoi, Fedor Dostovyeski, Lewis Caroll, Stendhal, Hemingway, Alejandro Dumas. Con Hugo Wast recorrí las inmensas Pampas y escalé los fríos Andes. Víctor Hugo me paseó por Francia. Benito Pérez Galdós, Armando Palacios, Azorín, Miguel de Cervantes, Leopoldo Alas me invitaron a conocer la Gran Vía, Oviedo, Sevilla, Málaga. Y aun cuando ni siquiera había tenido la oportunidad de visitar la zona urbana del pueblo donde nací y me criaba, ya conocía la Isla completa de la mano de Enrique Laguerre, Zeno Gandía, Cayetano Coll y Toste, René Marqués, Miguel Meléndez Muñoz y muchos otros.

Hoy en día, ya puedo viajar con maletas de verdad y en aviones supersónicos, pero la pasión por la palabra es un maleficio que jamás me ha querido abandonar. Y prefiero continuar de trotamundos. Y no hago nada por tratar de ignorar las manos amigas que aún me convidan. Las de viejos amigos y las de otros nuevos: García Márquez, Vargas Llosa, Isabel Allende, Pérez Reverte, Saramago, Rosario Ferré. Son tantas y tantos que si me diera por enumerarlos nos amanecemos aquí. Esas manos amigas siempre estarán ahí, entre dos carpetas de cartón, seduciendo incitadoras, para juntos, con la imaginación como única brújula por delante hurgar mundo y gente. Y a esa tentación jamás he podido resistirme.

La palabra me marcó de por vida. Y ya, contaminada con ella, intoxicada de palabra hasta la coronilla, no me ha quedado otro remedio que dejarla escapar. De momento me encuentro sin proponérmelo encerrando entre dos carpetas, mágicos mundos amasados por mí misma con el bendito barro de la palabra. No podemos olvidar que "en el principio solo existía el verbo, y el verbo se hizo carne". Ahora soy yo quien juega a ser pequeño Dios. Escribo para fabricarme y fabricar para otros la vida que nos falta. Escribo para parir las personas que no han sido. Escribo para proveerme los mundos que nunca serán. Escribo para barrer telarañas que puedan ocultar y corromper nuestro pasado colectivo y confundir nuestra memoria de pueblo. Escribo para seguir y perseguir las rutas y los trillos que mi jíbaro abrió con pie noble y descalzo y evitar que el progreso pueda convertirlos en avenidas de corrupción y mediocridad. Escribo para sembrar esperanzas en algún terreno baldío de nuestro espíritu que pueda servir de tierra fértil donde germine la hierba mala del caos y el desasosiego. Escribo para despertar las conciencias adormecidas de los pueblos colonizados y atropellados. Escribo para denunciar y combatir la mediocridad institucionalizada que amenaza con arroparnos. Escribo para salvarme de esa misma mediocridad que denuncio. Escribo para esculpir sonrisas en los rostros amargos de mi pueblo. Escribo para salvar a otros de los mismos males que la palabra de otro autor me salvó un día. Escribo como catarsis contra mis propios demonios internos. Escribo para multiplicarme y leo para poder alimentar mi banco de memoria.

Hice mía la palabra. Me adueñé de ella. Ella me poseyó y yo he convivido con ella como si fuera mi segunda piel. Por ella y con ella aprendí a identificarla. La experiencia con la palabra me enseñó que así como puede ser barro noble, arcilla milagrosa para construir, también puede ser lodo, fango que arrastra y destruye. La lectura y el conocimiento que con ella llegan me enseñaron a conocer la palabra. Me enseñaron a diferenciar la palabra arcilla de la palabra Iodo. Y he aprendido a clasificarla de esta manera:

La palabra poncho - aquella que oculta las enaguas rotas de la injusticia social y el desenfreno de los que poseen el poder.

La palabra saeta - la que hiere el pudor y la moral de los pueblos.

La palabra bálsamo - la que puede llevar alivio a las almas que padecen injusticias.

La palabra lápida - la que entierra esperanzas y asfixia los intentos de una segunda oportunidad.

La palabra camaleón - la que en su hueca retórica hipnotiza e insensibiliza las conciencias.

La palabra camino - la que descubre rutas y hace crecer alas a los pasos tambaleantes de la frustración y el desánimo.

La palabra red - la que atrapa e inmoviliza al ignorante para utilizarlo en malsanos propósitos.

Y entre ellas me tomo la libertad de decir aquí una palabra obscena, la más obscena entre todas ellas: la palabra GUERRA. La que siempre estará presente en las mentes de los ególatras con delirios de grandeza y corazones de piedra.

Me propongo y sugiero no olvidar nunca que las universidades forman profesionales, pero que los libros forman seres humanos. Y si con esta manía de amasar palabras puedo forjar un mundo nuevo para todo el que me lee, aunque solamente sea en el sentido utópico de la palabra, daré por buenos todos y cada uno de los gigantes que mi quijotesca misión ha tenido que derribar en este camino que el destino escogió para mí.

Tina Casanova
©Derechos reservados

 
Rescatemos nuestra conciencia ciudadana*
 
   Desde hace poco a esta parte se ha estado escuchando una frase un tanto inquietante en los medios noticiosos: “¿Qué nos pasa Puerto Rico?”. La escuchamos como quien oye caer la lluvia en el tejado y seguimos corriendo contra la corriente de este torbellino que nos traga y que se llama “brega”. Seguimos “bregando” porque la “brega” no se puede interrumpir. Y así nos van pasando los días por encima y nos hacemos viejos, bregando, siempre bregando.

   Dicen por ahí que estamos en la “era de las comunicaciones”. Pero en realidad es cuando menos comunicación existe entre las personas. Si intentamos resolver alguna situación por teléfono, nos tropezamos de frente con una interminable cadena de voces impersonales que comienza con algo parecido a esto: “Gracias por llamar a la Autoridad De Servicios Tales. Para continuar en español marque el uno. Si desea efectuar un pago, marque el dos, si desea cancelar su servicio marque el tres, si desea hacer una reclamación marque el cuatro…” Al final de la insoportable retahíla de comandos, terminamos con los dedos entumecidos, el cerebro embotado, el problema sin resolver y ni siquiera nos han dado la oportunidad de desahogarnos con una persona de carne y hueso. ¡Y estamos en la era de las comunicaciones!

   Pasamos horas interminables, inmóviles frente a una pantalla de cristal, llámese computadora, televisor o vídeo juegos. Mudos, absortos y anestesiados viajamos por el espacio sideral de nuestro yo interno. Y si algún miembro de la familia osa interrumpirnos para comunicarnos algo importante, nos molestamos, les despachamos a la ligera y regresamos prontamente a nuestro nicho de comodidad.

   Conocemos miles de personas en la red y sabemos su vida y milagros, pero jamás le hemos visto la cara y ni siquiera hemos tenido la oportunidad de escuchar una sola palabra salida de su boca. Intercambiamos ideas, chistes, propuestas con gatofrito@yahoo.com, elsachulita@onelink.net, papizongote@coqui.net, yosiquemelassetodas@ahora.net, y ni siquiera sabemos si es hombre o es mujer, si es elegante o es bizco, si mellao’ o feo como un cuco, y menos aún si es joven o es viejo. ¡Y estamos en la era de las comunicaciones!

   Fuimos creados seres gregarios, al igual que todos los demás seres vivientes de la creación. En el comienzo las bestias andaban en manadas, los insectos en colonias y enjambres, los peces en bancos, las aves en bandadas, los seres humanos en tribus y así sucesivamente. Fuimos nosotros quienes rompimos e interrumpimos la cadena gregaria. Sucumbimos ante la arrolladora fuerza del yo. Venció el egoísmo. Cada día nos encerramos más y más en el capullo protector de nuestro personalismo. De la tribu pasamos a la familia extendida que incluía abuelos, tíos, sobrinos y hasta el desconocido peregrino que pedía alojo. Luego la familia se fue encogiendo. Tan pronto el abuelo o la abuela dicen el primer disparate, salimos corriendo a internarlo en un asilo. Ya ni la familia nos queda. A duras penas sobrevivimos con una familia manca, donde es raro encontrar a papá, mamá, los nenes y Fido, el perro.

   Nos encerramos entre rejas de acero y vivimos en urbanizaciones cercadas de muros y portones. Hasta que llega la desgracia. Y es en ese momento en que el instinto gregario sale a la superficie. Un huracán, un terremoto, un desgraciado incidente nos convierte en gente de nuevo. Y entonces nos damos cuenta que tenemos vecinos, amigos y familiares, y que afuera vive gente. Pero tan pronto pasa la crisis, regresamos a trancar a cal y canto la puerta hermética y protectora que nos devuelve al individualismo egocéntrico y aislante.

   ¿No era acaso la convivencia mutua entre vecinos, amigos y familiares lo que constituía, no mucho tiempo atrás, nuestra sociedad boricua? ¿No era ese compartir sueños y necesidades, metas y propósitos, alegrías y penas, desilusiones y esperanzas lo que nos convertía en una sociedad con una calidad de vida mucho mejor que la que poseemos hoy? ¿No eran acaso los pequeños sacrificios y el pasar trabajo para conseguir lo que anhelábamos lo que convertía nuestras espaldas recias para poder soportar los embates de la vida? ¿No era este estilo de vida eso a lo que nuestros padres se referían cuando nos machacaban hasta cansarnos, el ingrediente que nos convertiría en hombres y mujeres de provecho? Nos empeñamos en quitar las piedras del camino a nuestros hijos para hacerles la vida menos dura. Pero fueron esas mismas piedras con las cuales tuvimos que tropezar en nuestro caminar, las que forjaron nuestro carácter y nos hicieron personas de bien.

   A nosotros, los boricuas, nos han acostumbrado a pensar en grande y a actuar en grande sin medir las consecuencias. Sufrimos de una megalomanía sin límites que nos aturde. Si planificamos algo debe ser un mega-proyecto. Si se levanta un centro comercial tiene por obligación que ser un mega-centro. Si una tubería pluvial, un mega-tubo o un super-acueducto. Ya no fabricamos parques si no son coliseos, ni carreteras si no son expresos y autopistas. No queremos comprar en el colmado de la esquina, porque no tiene un local amplio como uno de esos mega-almacenes de comestibles, cargados de tepe a tepe de productos, donde los artículos vienen ya empacados como para surtir un colmado y no para el consumo de una familia.

   Propongo como experimento, el retornar a las cosas sencillas. Fabriquemos de abajo hacía arriba. Me inclino por el compromiso, por el esfuerzo, por el orgullo de sabernos útiles a los demás, por el trabajo que dignifica y por el sudor que ennoblece. Desafío a todos los que apuestan a los mega-conceptos a que evalúen los resultados y pongan en perspectiva el daño que le han ocasionado a nuestra dignidad de pueblo. Propongo como último recurso la inversión en el ser humano y no en los grandes proyectos de concreto y asfalto. Al final y a la postre, una sociedad emocionalmente enferma no podrá disfrutar de ningún proyecto por más impresionante que pretendan fabricarlo los que apuestan por el caos, porque de ello saldrá el sucio dinero que llenará sus bolsillos.

   Propongo finalmente, volver a ser gente.
 
*Publicado en:
Elver Dugo Taims, 15 de diciembre de 2006
Periódico El Nuevo Día, martes 23 de enero de 2007
 
 
 
 
Y los Reyes Magos ya no son lo que eran**
 
   "Ahora es igual que los otros
   el que fue nuestro gran día
   ¡Ay! ¡Madre Melancolía!
   ¡Que ya no somos nosotros!" 
 
   Así dice uno de los versos del poema Elegía de Reyes de uno de nuestros más insignes poetas, Virgilio Dávila. Sobre lo que escuetamente denuncia el poeta en sus versos, tal vez ahora más que nunca, sería urgente y necesario un llamado a la reflexión. ¿Qué pasó con lo que éramos que ya no somos? ¿Dónde fue a parar eso que éramos…, dónde? ¿Qué pasó con Nuestros Santos Reyes Magos? Hemos permitido que un estrafalario, cachetudo y simplón personaje atacuñado tan a la trágala por obra y gracia de la explotación comercial de Estados Unidos se nos cuele por la puerta abierta de nuestra insensatez.
 
   ¿Qué gracia tiene el gordinflón intruso que tan fuera de lugar se exhibe en su claustrofóbico atuendo invernal en un pueblo caribeño? ¿Qué busca el tal Santa Cló colándose por entre los portones enrejados y las puertas y ventanas que, por obra y gracia de pillos y criminales, han de permanecer cerradas a cal y canto en los hogares borincanos? ¿No sería más cómodo quedarse allá, en sus invernales hábitats donde el hueco de las chimeneas estará siempre accesible a sus furtivos menesteres? ¿A qué dañarnos nuestras fiestas folclóricas navideñas con su retahíla de renos arrastrando un trineo que seguramente quedará destrozado al minuto de rozar con el asfalto sin nieve de nuestras carreteras y autopistas? Pero no, ahí tendremos que tragarlo año tras año. Y peor que eso, cada año llega más temprano.

   Y nosotros los boricuas, ¿qué hacemos abriendo el sagrado santuario de nuestros hogares a un intruso tragaldabas, glotón e insípido mamarracho que ni siquiera habla un lenguaje coherente sino mete su ridículo ¡jo, jo, jo! como muletilla apestosa a salivazos? ¿A qué viene tanto revuelo?

   Santo o santurrón… ¿quién lo canonizó? ¿Qué milagro ha hecho como no sea el poder exprimir su masiva y mantecosa humanidad por el escaso roto de una chimenea? Si ni siquiera estuvo por los alrededores del pesebre de Belén aquel glorioso día en que la humanidad se vistió de fiesta para recibir el Rey de Reyes. ¿Quién lo invitó?

   Sin embargo nosotros que insistimos en seguir sin rechistar al verdugo derecho al patíbulo, aceptando buenamente y enlodándonos como gusto y gana nos da con todo lo que nos atragantan desde Estados Unidos, hemos relegado a la trastienda del olvido ignominioso a los Reyes Magos,--tres santos varones--por el adefesio cachetudo de nariz rubicunda y vestimenta suspicaz.
 
   Veamos si tengo razón. Son tres hombres, hechos y derechos, que portaban consigo el tesoro más preciado con que Dios ha premiado a la humanidad; la sabiduría. Por ello se les hizo portadores de la revelación divina de un nacimiento extraordinario y fuera de lo común. Debían por lo tanto ser personajes grandemente influyentes en sus sitios de procedencia, cargados de responsabilidades, pero lo suficientemente sabios y sensatos como para saber la urgencia del reclamo, y acudir presurosos y sin demora. Y aunque en aquel momento salieron en camellos, tuvieron la sabiduría de abandonarlos por tres briosos caballos de paso fino tan pronto arribaron a Boriquén. Además, y para hacer hincapié en su inmensa sabiduría, supieron coger de soquete a Herodes, que se quedó esperando a que regresaran a dar buena cuenta del sitio donde habían encontrado al niñito.
 
   Aparte de José, María y alguno que otro humilde pastorcito, fueron ellos las primeras personas que posaron ojos en el recién nacido. ¡Que gran privilegio! Fueron ellos y no otros los que indudablemente tomaron turnos para arrullarlo en lo que María y José se tomaban un pequeño descanso. Fueron de seguro ellos los que se prestaron regocijados a conseguir por la aldea un pedazo de pan para calmar el hambre de unos padres exhaustos, hambrientos y preocupados. Y apuesto también a que fueron ellos los que aconsejaron a José de las malvadas intenciones de Herodes. Y en sus alforjas, ¿qué traían? Indudablemente no serían bagatelas y chucherías como carga en su apestoso saco el impostor. Nada más y nada menos que ¡oro, incienso y mirra!... regalo de reyes para un Rey.

   Bochorno debería darnos nuestra monstruosa estupidez. Bochorno y el deseo inmediato de reparar el daño infligido. ¡No faltaba más!

   Y no habrá manera más efectiva de subsanar tan vil atropello que restaurar inmediatamente al sitial de honor a los Tres Santos Reyes Boriqueños. Sitial del cual nunca jamás debieron ser destronados. Sitial que veníamos llamados a proteger con uñas y dientes y no lo hicimos.

   Propongo de ahora en adelante echar de nuestras fiestas navideñas al traicionero y ramplón gordinflón con cara de constipación perpetua. Propongo que cada puertorriqueño se encargue de asegurarse de despachar con cajas destempladas a su lugar de origen a Santa Cló. Propongo que inmediatamente en nuestros bateyes y en nuestros hogares se distinga en sitial de honor como segunda figura de importancia en la Navidad a nuestros Tres Santos Reyes Magos. --El primer lugar corresponderá por los siglos de los siglos al Niño Emmanuel—de eso no cabe la menor duda. Y propongo a las autoridades pertinentes comenzar una exhaustiva investigación que lleve a desenmascarar de una vez por todas a ese siniestro personaje que por tanto tiempo ha usurpado nuestras fiestas Patrias.
 
   AMÉN
 
** Publicado en:
Revista Biekesí, edición año 6, Nún 11, 2006
Elver Dugo Taims, 2 de enero de 2007
 
LO QUE QUEDÓ EN EL CAMINO***
 
   Cuando nosotros, los adultos de este tiempo, pensamos en el camino recorrido lo hacemos a veces con nostalgia, con cariño, trayendo a la memoria retazos de escenas que nos hacen sonreír o llorar, según el sentimiento que aflore. Otras veces esas imágenes nos causan desazón y tal vez sentimientos encontrados que no sabemos cómo definir. Pero en muy pocas ocasiones nos sorprenden las emociones negativas, como la ira, la frustración o el rechazo total de esas imágenes. Lo que sí ocurre con más frecuencia es el deseo de acurrucarnos y dejarnos mecer por la dulce nostalgia de su recuerdo.
 
   ¿Qué oculto y mágico misterio contienen esas imágenes? ¿Podrán muchas personas de este tiempo revivir en un futuro, con tan dulce nostalgia, las imágenes pasadas de las situaciones con que la vida les regaló? Claro está, dejemos de lado a las personas que tuvieron una experiencia de vida excepcionalmente complicada, y dediquémonos en este ensayo a las familias comunes y corrientes, que son, por lo general, la mayoría.
 
   Fijémonos en este cuadro, tal vez cincuenta años atrás. No ha pasado mucho tiempo: Una familia común y corriente en un campo de nuestra isla; tal vez seis, siete hijos. El padre, quien tiene que arrancar el escaso sustento de las difíciles tareas de la agricultura. La madre quedará en la casa, con todo lo que quedar en la casa significaba en aquella época. Tomemos la única tarea de lavar la ropa: remojarla un día antes en un cubo, acarrearla, pesada de humedad, hasta el río para lavarla, con un mísero pedazo de jabón azul y a paletazo limpio. Cuatro o cinco chiquillos medio desnudos, llorosos o revoltosos pegados a sus faldas. Una vez lavada y seca, preparar el almidón. Volver a secar. Rociar el día antes del planchado y dejar reposar. Y por fin, el planchado. ¿Cómo y con qué planchaba? Traer leña del monte para los carbones encendidos que necesitaría el pesado artefacto de hierro, y regresar al fogón cada cuarto de hora para mantener la temperatura suficiente. Y ni hablar de las volátiles cenizas que ensuciaban la pieza de ropa.
 
   De solo pensar en perseguir a esa madre durante toda una semana en que llevaría a cabo las múltiples y difíciles tareas del hogar, terminaríamos exhaustos hasta la locura. Ningún producto enlatado, prefabricado, listo para el microondas o el horno y la estufa; nada de tuberías que suplen agua potable, nada de electricidad para hacer las labores más llevaderas, y sobre todo: muy escaso o ningún dinero para comprar las necesidades más elementales. Y ni siquiera pensar en llevar al médico a un hijo enfermo.
 
   Pasando tantos trabajos y penurias, cabe preguntarnos; ¿no estaba esta señora del tiempo pasado, más propensa a perder la tabla, al desajuste mental, al tantrum que confunde el espíritu y arroja al negro abismo de la locura, ese que obliga a maltratar, a asesinar, a abusar de los propios hijos? ¿Qué elemento cambió? ¿Por qué pasan estas desgracias ahora más que antes? ¿Por qué cuando más cosas tenemos, cuando el progreso nos ha servido en bandeja de plata tantas comodidades, cuando el dinero, aunque retazado, está siempre al alcance de la mano, cuando tenemos los medios necesarios para recibir atención médica, somos tan infelices?
 
   Se me ocurre una respuesta muy mía. Pueda ser que no encierre, tal vez, en ella misma todos los elementos de juicio para examinar el complejo fenómeno de la violencia, pero algo de lógico sí tiene. Antes éramos, hoy tenemos. Hemos cambiado el ser por el tener. Las personas nos dan felicidad, las cosas nos dan comodidad. Hemos cambiado las personas por las cosas. Compramos lo que no necesitamos con dinero que no tenemos para proveernos la felicidad que nunca conseguiremos. Terminamos siendo, por ese motivo, una sociedad cómodamente infeliz.
 
   Recuperemos pues, eso que quedó en el camino y tornemos de nuevo la vista a las personas y no a las cosas.
 
Tina Casanova
Escritora
tina@ahora.net
*Publicado en:
Elver Dugo Taims, 5 de febrero de 2007
BIBLIOGRAFIA COMPLETA DE LA AUTORA
TRILOGIA DE NOVELA HISTORICA
 
Sambirón - 1997, 5 ediciones
Como paloma en vuelo  - 1999, 2 ediciones
Cinco Marías y un Angel - 2001, 2 ediciones
NOVELAS
 
CUENTOS Y LEYENDAS
 
El jardín del Búho Sabio - Cuento infantil, 2001
Al final del arcoiris - Cuento infantil, 2002, 2 ediciones
Señor Oruga - Fábula juvenil, 2004
Relatos y leyendas de Borinquen - Cuento juvenil, 2001, 2 ediciones
Cuentos de Puerto Rico - Antología de cuentos infantiles por tres autoras
El Bosque Santo y los Animalitos Frailes - libro de cuento para niños para conmemorar el centenario de la llegada de los frailes Capuchinos a Puerto Rico

Pepe Gorras - Novela juvenil, 2008 (Primer premio de Novela Juvenil BARCO DE PAPEL 2007 - Ediciones SMPR)

AUDIOLIBROS
 
Sambirón, el Audilibro - La novela en 14 cassettes. Narrada por Malín Falú.
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