La novela comienza en 1993 pero habrá de recorrer varios siglos, en un ir y venir entre pisos de nuestra historia que sorprende al lector la facilidad con la que rápidamente se adapta uno a cambiar de canales. Así por ejemplo vamos del 1993 hacia principios de siglo y hacia el 1511, a nuestras raíces taínas. En ese recorrido vivimos el vacío de Sara en su matrimonio y decepción de su marido Raúl con eventos mágicos que seguirán repitiéndose a través de toda la novela y que tienen un hilo común: la música que dice la autora es asunto del alma. Qué profundidad y sensibilidad demuestra Tina con esa aseveración. Ese éxtasis que ocurría en el areyto de los taínos.
A través de personajes como el Jefe Amino, su esposa Guarén, Bayomán, el amor de Anacauí quien fue brutalmente violada por un burdo español vamos conociendo cómo se fue trastocando la vida sana y ritual de un pueblo pacífico pero con valores profundos y tradiciones de vida en comunidad. Descubrimos un lugar mágico, sagrado, que es Chimborazo y de donde emana toda la trama de la novela. Conocemos de los desmanes de la colonización, de la brutalidad hacia hombres y mujeres taínos y poco a poco en ese ir y venir entre épocas nos sorprende descubrir que es cierto que han sobrevivido los taínos en nuestro pueblo; que hay lugares cuyos nombres tienen su origen en los taínos, alimentos que aún hoy día comemos y que se remontan al origen mismo de nuestros taínos. Para el lector será evidente que la autora ha hecho su asignación y ha profundizado en la historia de los taínos, al punto de que vemos a Tina Casanova en el personaje de Juanmanuel, el historiador ensimismado en su cátedra, en Sara, mujer que reconstruye su vida como un rompecabezas, llenando vacíos después de encontrar su propio yo y sobre todo el verdadero amor en Juanmanuel; en Mina Lastra, la escritora que olvida todo excepto sus novelas. Simpatizamos con el viejo Max, arqueólogo amigo íntimo de Juanmanuel y quien nos mantiene en un misterio cuya solución unirá las vidas de Bruno, el hombre huraño y guardián de Chimborazo, con Juanmanuel y Sara.
Del siglo XVI saltamos a 1994 y luego a 1830 con María, la chica de 14 años que se fue con su primer amor, Chebo, y que luego se convertiría en ese prototipo de la mujer puertorriqueña, noble, generosa, ingenua y quien habría de amar y tener hijos que cuidaría aún sola después que su marido Chebo le abandonara y se vengara de su infidelidad con Felo, matando a este último. Tienen que leer la novela para saber qué le sucede a Chebo.
Y como en una película saltamos cien años y llegamos a otra familia fascinante que a mediados del siglo XIX partía de Canarias hacia Borikén, Leandro Torrado era el patriarca de dicha familia, su esposa Catalina, sus tres hijos y Rosa la novia de uno de sus hijos. Su historia pudo haber sido un retrato de lo que muchos inmigrantes Canarios experimentaron al llegar a la isla. Trabajaron fuerte y se hicieron de fortuna, cosechando el fruto de las tierras y el trabajo de los peones desamparados que no tenían título de propiedad y que habían vivido desde siempre en su tierra. Vinieron a Chimborazo y allí hicieron su vida. Tina nuevamente nos seduce con su manera de tejer historias, vidas, romances, tristezas y sobre todo siempre la música y lo mágico de Chimborazo, tierra sagrada de los taínos. Quien podrá olvidar cómo Anselmo Cosme logró entrar como polizonte a Rosa y cómo fue el visionario que convenció a Leandro de que esta tierra es un tesoro, que el café era el futuro, el almacén de víveres, la panadería.
Quién iba a pensar que de esta aventura aprenderíamos la raíz de varios apellidos tales como Rivera, Peña, Llanos. Tienen que leer la novela para que conozcan si es cierto o no lo que Tina nos narra. Al menos es una manera curiosa de explicar por qué hay tantos de esos nombres en la isla.
Pero si hay algo que me maravilla es la personificación de cosas para describir un sentimiento, una experiencia, un evento. Veamos algunos ejemplos:
Un atardecer sofocante le salió al paso.
La sorpresa le extendió la mano y la invitó a entrar.
El sol había terminado de zambullirse.
El aroma de asado que se introducía debajo de las sábanas haciendo cosquillas en las narices.
La nevera bostezaba de hambre.
La muerte se olvidó de mi. (Dice Amalia para resaltar su edad. ¡Maravillosa frase!).